Capítulo XXIII La Tierra Nunca Olvida.
Los kilómetros se sucedían bajo los neumáticos del Jimny como un rumor constante, monótono, casi hipnótico.
La silueta del valle se desdibujaba en los espejos, empequeñecida por la distancia, pero su peso seguía ahí, adherido al pecho de Frantxo como un lodo invisible.
Aunque los montes quedaran atrás, el Baztán no se marchaba tan fácilmente.
Iba con él, enredado en los pliegues de la memoria, en el olor a hoja mojada, en la sangre seca aún pegada a sus dedos.
Frantxo conducía sin decir una palabra, los ojos clavados en el asfalto húmedo, pero el pensamiento anclado en la sima, en las hayas retorcidas que crujían como huesos, en los ojos rojos que ya no sabía si recordaba… o seguía viendo.
El teléfono vibró sobre el salpicadero. Número oculto.
Como siempre. No dudó en responder. —Habla —dijo, como si esa única palabra bastara.
Al otro lado, la misma voz femenina que lo había contactado días antes.
Firme, pero desgastada por el cansancio.
Una voz que conocía el miedo, pero también la necesidad de seguir adelante.
— ¿Todo ha terminado? —preguntó. Frantxo no respondió de inmediato.
Su mano, casi sin pensarlo, rozó el colgante de madera que colgaba de su cuello: el Eguzkilore, la flor solar, la que dicen que protege del mal.
Pero la tierra, lo sabía bien, no se detiene por supersticiones. La tierra no entiende de amuletos.
—He hecho lo que debía —dijo al fin, sin añadir más.
Sin explicaciones. Sin consuelo. Hubo un breve silencio.
— ¿Y los Basajaun? —insistió la voz. Frantxo tragó saliva, como si las palabras costaran ya más que las heridas.
Miró de reojo el retrovisor. La niebla seguía allí, abrazando las cumbres, pegada a los árboles.
El Baztán no se rendía. El Baztán respiraba.
El Baztán… esperaba. —La tierra nunca olvida —murmuró, apenas un susurro.
Luego colgó, sin esperar respuesta, sin querer darla.
Volvió a poner la mano en el volante y dejó que el coche siguiera tragando carretera.
El horizonte se abría al sur, amplio y húmedo, con nuevos pueblos asomando como fantasmas entre colinas.
Otros lugares. Otros nombres. Pero las heridas…
las heridas siempre eran las mismas. Y mientras el motor rugía suavemente y la civilización comenzaba a despuntar entre curvas, Frantxo supo que aún no había acabado.
Porque en su espalda, como un murmullo persistente, el susurro del monte lo seguía.
Iluntasuna… oscuridad. Ama Lur… madre tierra. El Baztán no olvida. Y el cazador… Tampoco.