Las Raíces del Baztán (El Exterminador 2) Capítulo XXII No Hay Paz en el Baztán.
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Capítulo XXII No Hay Paz en el Baztán.

El valle parecía dormido, cubierto por esa calma frágil que envuelve los días después del miedo.

Los caseríos volvían a abrir sus postigos con manos que aún temblaban, como si la luz pudiera disipar lo que habían vivido.

El humo de las chimeneas se enroscaba lentamente en el aire frío de la mañana, llevando al cielo el olor de la madera quemada y del hogar recobrado.

Los niños, con la mirada clavada en los rincones, asomaban apenas tras las esquinas, tanteando un mundo que ya no era el mismo.

El ganado regresaba a los prados, ajeno al temblor que aún palpitaba bajo la tierra.

Pero Frantxo no se dejaba engañar. Había descendido demasiado hondo.

Había sentido el pulso oscuro que latía bajo las raíces.

Sabía que el Baztán no olvida, que no perdona, y que nunca, nunca está en paz.

Los Basajaun se habían retirado, tal vez heridos, tal vez ocultos de nuevo en sus simas y túneles.

Pero no estaban muertos. Nunca lo están del todo.

Siempre queda uno. Siempre hay un ojo que no se cierra, una garra que aún araña la roca, una sombra que no se disuelve con el alba.

En Donamaria, el anciano de la torre lo esperaba con la verdad masticada desde hace generaciones.

Se acercó sin solemnidad, con esa sabiduría callada de los que ya han visto bastante.

—Los hombres matamos al lobo, al oso, al zorro…

—dijo, señalando con la barbilla el monte cubierto de bruma—.

Pero lo que duerme en las entrañas… eso no se mata.

Solo se contiene. Solo se respeta. Frantxo asintió despacio, sacando del bolsillo un puro Habano.

Era el momento. Lo encendió con una chispa breve, y el humo le supo a tierra mojada y resignación.

Sabía que el trabajo estaba hecho. Por ahora.

Pero las imágenes no lo abandonaban. Seguían adheridas al pensamiento como la niebla al bosque.

Los ojos rojos, fijos en la oscuridad. Las zarpas dibujando sombras imposibles.

El corazón vivo y palpitante en lo más profundo de la sima.

Y sobre todo, aquella espiral grabada en la frente del Basajaun más grande. El símbolo antiguo. El aviso.

Frantxo fumó hasta el final, luego apagó el resto entre los dedos.

Preparó el coche sin palabras. Las ruedas rompieron el barro seco del camino y la silueta del Baztán empezó a encogerse en el retrovisor.

Pero no lo soltaba. Porque el valle no se abandona del todo.

Se queda pegado en los huesos, en los sueños, en las cicatrices.

Uno puede marcharse, sí, pero algo de él se queda allí… y algo del Baztán se viene con uno.

Mientras el motor rugía y la carretera serpenteaba hacia el sur, solo una certeza lo acompañaba, firme como una sentencia. En el Baztán no hay paz. Solo treguas. Solo pausas entre rugidos. Hasta que la montaña, herida, vuelva a sangrar. Y entonces, sus criaturas… volverán a despertar.