Capítulo XXI El Silencio Después del Grito.
El Baztán amanecía envuelto en una bruma espesa que se aferraba a los hayedos como si no quisiera soltarlos, como si quisiera retener el último aliento de la noche.
La niebla aún reptaba entre las ramas, pero algo en el aire había cambiado: ya no rugía la montaña, ya no crujían los árboles como huesos rotos bajo una fuerza ciega.
El silencio, denso como plomo, pesaba sobre el valle con una calma engañosa, como si el mundo contuviera la respiración.
Frantxo descendía por el sendero que nacía junto a la sima, con paso lento, sintiendo bajo sus botas la vibración persistente de una tierra que aún no había decidido si dormía o solo fingía estar en paz.
El barro se mezclaba con la ceniza y el polvo, formando una costra que se aferraba al suelo como el recuerdo reciente del horror.
No quedaba rastro de los Basajaun, ni de los ojos rojos clavados en la sombra, ni de los gruñidos que cortaban el alma: solo helechos que se mecían en una brisa leve, y el murmullo distante del río, como si también él quisiera hablar en voz baja.
Cuando Frantxo llegó a Donamaria, lo esperaban en la plaza sin que nadie hubiese tenido que avisar.
Estaban todos: los ancianos de rostro curtido, los niños que ya sabían guardar silencio, las mujeres con la mirada erosionada por la espera.
No había sonrisas, ni aplausos, ni palabras grandes.
En pueblos como aquel, las victorias no se celebran con ruido.
Se reconocen en silencio, como se reconoce al que vuelve del monte con las botas sucias y los ojos distintos.
El anciano de la torre, aquel que siempre miraba más allá del bosque, se adelantó sin prisa y se detuvo frente a él.
Su voz fue un susurro seco, apenas un soplo de duda.
— ¿Se acabó? —preguntó, pero en sus ojos había algo más que esperanza: había miedo.
Frantxo no respondió enseguida. Levantó la vista hacia la montaña, donde la niebla seguía colgando como una advertencia.
El Baztán no rugía, pero seguía allí, respirando bajo la tierra, esperando. —Por ahora —dijo, sin más.
El anciano asintió, no porque le bastara la respuesta, sino porque entendía lo que no se decía.
Los demás también lo comprendieron sin necesidad de palabras.
La montaña no olvida. Solo se retira. Solo observa.
Solo duerme. Frantxo dejó caer la mochila al suelo con un suspiro.
Su cuerpo dolía con cada movimiento, la ropa hecha jirones hablaba del combate, pero sus ojos…
sus ojos seguían vivos, como si aún estuviera dentro de la caverna, enfrentando lo que otros solo se atreven a imaginar.
El valle había respirado hondo, había sangrado su propio barro, y durante una noche interminable sus criaturas habían caído una a una bajo la furia.
Pero no todo había terminado. Porque la herida seguía allí, abierta, invisible, como una grieta bajo la piel que aún no muestra su fiebre.
Los ancianos lo sabían sin decirlo, las madres lo presentían en los gestos de sus hijos, y hasta los más pequeños, aunque no pudieran nombrarlo, lo sentían en el corazón.
El Baztán estaba en calma. Pero esa calma era solo una pausa. Un murmullo antes del trueno. Porque en el silencio más profundo, en ese donde nadie se atreve a respirar, es donde se esconde siempre el próximo grito.