Las Raíces del Baztán (El Exterminador 2) Capítulo XX Basajaun.
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Capítulo XX Basajaun.

El aire tembló como si una fuerza invisible se hubiese despertado, y bajo los pies de Frantxo, el suelo vibró con la cadencia sorda de un tambor ancestral que anunciaba el regreso de algo prohibido.

Desde el fondo del pozo, envuelto en la penumbra y la neblina caliente que brotaba como aliento de una herida profunda, emergió la criatura.

No era como los otros Basajaun: se alzaba más grande, más antigua, con una silueta que, aunque recordaba vagamente a la forma humana, había sido deformada por el tiempo y por la tierra misma.

Su cuerpo, cubierto por un pelo denso y oscuro, parecía hecho de raíces y rocas moldeadas con furia.

La piel gris, tensa como cuero sobre una arquitectura de músculos imposibles, latía como si en su interior algo más estuviese vivo.

Sus ojos, dos carbones incandescentes, se clavaron en Frantxo con una conciencia brutal que iba más allá del instinto.

Pero fue el rostro, o lo que quedaba de él, lo que le heló la sangre: una espiral marcada a fuego, una cicatriz imposible que repetía el símbolo de los antiguos, el mismo grabado en la piedra, en la carne, en los sueños de los viejos.

Frente a él estaba el verdadero Basajaun.

El primero. No solo un guardián, sino el castigo encarnado. El Baztán hecho carne.

Los demás retrocedieron con gruñidos bajos, reverentes, como si su sola presencia fuese ley.

Frantxo no necesitó preguntarse nada. No era un animal.

Era la montaña caminando. Y lo hacía hacia él.

Avanzó sin prisa, sin temor, con la respiración convertida en vapor denso que llenaba la caverna, con las zarpas como cuchillas vivas listas para la sentencia.

Frantxo desenfundó su cuchillo, sabiendo que era inútil, sabiendo que aquello no se podía cortar ni con metal ni con fe.

Pero no era un hombre de rezos. Era un hombre de actos. Y el acto había comenzado.

El rugido del Basajaun llenó la gruta como una ola de piedra quebrándose.

Las paredes retumbaron, el corazón oscuro del pozo palpitó con más violencia, como si aplaudiera el combate.

Entonces, la bestia se lanzó. Frantxo, instinto puro, se tiró al suelo, rodó entre huesos rotos y ramas secas, mientras las garras abrían el aire donde antes estaba su cabeza.

En el mismo giro, sacó la bengala y disparó.

La luz estalló en rojo furioso, tiñendo las paredes de sangre.

Los Basajaun aullaron, retrocedieron, cegados por la claridad repentina. Todos menos uno.

El primero avanzaba aún. Lento. Firme. Imparable.

Frantxo retrocedió, paso a paso, sintiendo el borde del abismo detrás.

No quedaba otra opción. Solo una salida.

O una entrada. Quemar el origen. Cerrar la herida.

O ser tragado por ella. La criatura rugió de nuevo y cargó.

Frantxo saltó hacia el borde del pozo con todo su peso, lanzó la segunda bengala al corazón palpitante que brilló durante un segundo, como si hubiese abierto los ojos…

y luego estalló en un chorro de luz, calor y piedra.

La caverna tembló entera. El suelo se partió como un pan maldito.

El Baztán rugió como una madre desquiciada.

Los Basajaun chillaron de terror y huyeron entre la sombra, desordenados, por primera vez sin orden ni propósito.

El grande, el primero, tropezó en su furia, y cayó.

Cayó al centro mismo de la herida. Fue devorado por aquello que lo había parido.

Frantxo, cubierto de polvo y sangre ajena, rodó por el suelo hasta detenerse junto a una piedra.

Jadeaba. Tosía tierra. La montaña se derrumbaba.

Y sin embargo, sonreía.

Había cumplido su parte. Tal vez no hubiese cerrado la herida. Tal vez no hubiese salvado el mundo. Pero por primera vez en mucho tiempo, la tierra sangraba. Y con ella… también sus monstruos.