Capítulo XIX El Corazón de la Sima.
El hedor en la caverna era insoportable. A sangre seca. A podredumbre. A tierra enferma. El aire, pesado y denso, se pegaba a la garganta como un veneno invisible.
Frantxo avanzó con lentitud, cada paso medido con precisión, como si el suelo pudiera traicionarlo o como si cada movimiento formara parte de un ritual ancestral que no debía alterarse.
Frente a él, entre las sombras espesas de la caverna, los Basajaun permanecían inmóviles, agazapados en la penumbra, con esos ojos rojos flotando en la oscuridad como brasas encendidas, fijos, inhumanos, y, sobre todo, carentes de miedo.
Ellos sabían por qué estaba allí. Sabían que él también lo sabía. Y, aun así, no retrocedían.
Más allá del nido de huesos, ramas y pieles secas, el suelo descendía suavemente hacia un pozo natural, un hueco abierto en el centro mismo de la cueva, tan negro y profundo que parecía conectar con las entrañas del mundo.
Desde sus paredes brotaba un murmullo sordo, apenas un suspiro vibrante que recorría la piedra como un lamento contenido.
Era un sonido difícil de describir, más parecido a una respiración agónica o a un dolor antiguo que se arrastraba por la montaña entera.
Frantxo se acercó al borde con la linterna temblando en su mano, como si algo en su cuerpo supiera lo que estaba a punto de ver antes que su mente pudiera procesarlo.
Cuando la luz descendió, su estómago se contrajo al instante: en el fondo del pozo se abría un agujero tallado en la roca, profundo y antinatural, cuyas paredes estaban cubiertas de marcas que no eran obra del azar ni del tiempo.
Eran símbolos. Espirales vascas entrelazadas con trazos imposibles, como si alguien —o algo — hubiese querido dejar constancia de un lenguaje anterior al lenguaje mismo.
Y allí, en el centro de todo, latía una masa negra y viscosa, viva pero sin vida aparente, una cosa imposible de definir con palabras humanas.
No era carne, ni era piedra. Era ambas. Era una raíz o un tumor, una fusión oscura de materia y propósito.
Frantxo comprendió de inmediato que no estaba ante un simple nido, ni siquiera ante un santuario.
Aquello era un útero. Una herida viva en la tierra.
Un lugar donde no solo nacían los Basajaun, sino donde eran gestados, donde crecían, donde tal vez dormían entre eras.
Recordó entonces las palabras que había oído en boca de los más viejos del lugar, frases dichas entre susurros, como si al pronunciarlas se pudiera provocar su cumplimiento: “La tierra está herida… y cuando sangra, los guardianes se despiertan.” No eran solo bestias.
Eran hijos del Baztán. No nacían. Emergían.
Y cada uno de ellos era una sentencia. No protegían al ser humano ni luchaban por equilibrio.
Protegían el monte. Y castigaban al hombre cuando este se olvidaba de la montaña.
Frantxo sintió el nudo en la garganta. Sabía exactamente lo que debía hacer, y eso era lo más difícil: debía destruir el corazón, cortar la raíz, acabar con el origen mismo de la amenaza.
Pero alrededor, los ojos rojos no habían desaparecido.
Eran doce. Quizás más. Lo rodeaban en silencio, expectantes, pacientes, como si también ellos entendieran que lo que estaba a punto de ocurrir cambiaría algo en lo profundo del mundo.
Porque el Baztán, herido o no, no se deja matar sin resistirse.
Apretó los puños, sintiendo la humedad de su propia piel mezclada con el temblor de la adrenalina.
No había salida posible. No cuando el cazador había llegado tan hondo en la guarida de la bestia.
No cuando la montaña lo miraba desde dentro.
La batalla había empezado antes de que él lo supiera. Y ahora… ya no quedaba marcha atrás.