Las Raíces del Baztán (El Exterminador 2) Capítulo XVIII A las Profundidades.
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Capítulo XVIII A las Profundidades.

La boca de la Sima de Legarrea se abría ante él como un bostezo oscuro en mitad del bosque. La niebla se enroscaba en los helechos, pero la entrada a la sima era un vacío limpio, negro, absoluto. Ningún animal rondaba cerca. Ni pájaros, ni insectos, ni rastro de vida.

Frantxo ajustó la mochila con un gesto automático, pero esta vez no era la curiosidad lo que lo impulsaba a internarse en la sima.

Revisó el cuchillo, la linterna y el arma con la precisión de quien sabe que cada error puede costar la vida.

No bajaba como un explorador ni como un testigo.

Bajaba como cazador. La noche anterior había bastado para entenderlo: los Basajaun no solo acechaban desde el monte, sino que se multiplicaban bajo tierra, ocultos en la raíz misma del Baztán, donde se escondía su verdadero corazón.

El descenso comenzó sin palabras. La cuerda crujía bajo su peso y cada metro hacia el fondo parecía alejarlo de todo lo que era humano.

Las paredes húmedas devolvían su respiración como si la cueva exhalara junto a él.

La linterna, por más que luchaba, apenas lograba abrir la oscuridad a su paso, como si la negrura fuera densa y viva, como si se cerrara detrás de él con rencor.

A medida que descendía, el aire se volvía más pesado, frío y espeso, impregnado de un hedor rancio: un aroma a pelo mojado, a carne descompuesta, a tierra recién removida como si algo grande hubiese escarbado para salir.

Los cuentos hablaban de la sima como un lugar sagrado, donde San Miguel castigó a los Goñi, donde los pecados se enterraban bajo piedra…

pero todo eso eran mentiras piadosas. Nada queda enterrado para siempre. Nada duerme sin soñar con volver.

Cuando al fin tocó fondo, la linterna reveló una caverna amplia, húmeda, con estalactitas deformadas como garras suspendidas en el aire.

En el suelo se extendían marcas imposibles de ignorar: zarpas profundas, surcos arrastrados, huesos dispersos en todas direcciones.

Y al fondo, como si la tierra misma lo hubiese vomitado, un túnel negro como la boca de un lobo, desde el cual emergía un sonido bajo, gutural y vibrante, como si algo muy antiguo respirara con odio acumulado.

Frantxo apretó el arma y respiró hondo. No era momento de dar marcha atrás.

El cazador no huye cuando está en el umbral de la presa.

Dio un paso, y luego otro. Cada pisada se amplificaba por la piedra como un tambor de guerra.

El aire se espesaba aún más. Las paredes se estrechaban, como si quisieran tragárselo.

Y entonces, tras avanzar en esa garganta de roca, lo encontró.

La caverna final se abría como un útero antiguo, una herida viva dentro de la montaña.

En sus paredes, símbolos tallados por manos que no eran humanas: espirales, bestias, figuras peludas de ojos vacíos, representaciones de los Basajaun como dioses primitivos y demonios tutelares.

En el centro del espacio, un nido grotesco hecho de ramas, barro, pieles, huesos humanos y animales entrelazados como una ofrenda de horror.

Y dentro del nido, estaban ellos.

Las criaturas. Más grandes de lo que había imaginado.

Más torcidas. Peludas como osos, pero con la postura de hombres deformes.

Lo miraban sin moverse, los ojos rojos como brasas, los colmillos brillando en la penumbra con un hambre silenciosa.

Allí, en el centro de la tierra, el Baztán latía con un pulso oscuro y antiguo, y Frantxo se encontraba, por fin, en el epicentro.

En la cuna de la bestia. En la raíz profunda del mal.

La caza, ahora sí, empezaba de verdad.