Las Raíces del Baztán (El Exterminador 2) Capítulo XVII Los Ancianos Recuerdan.
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Capítulo XVII Los Ancianos Recuerdan.

El humo de las bengalas y la pólvora flotaba aún en el aire cuando amaneció. La niebla no se había ido, pero el primer sol arañaba las copas de los hayedos, tiñéndolo todo de un gris enfermizo.

La Torre Jauregia había resistido el asedio, pero en el ambiente no flotaba ninguna victoria.

Nadie sonreía, nadie celebraba. Las criaturas se habían retirado entre los árboles, sí, pero no había en sus pasos el peso de la derrota, sino la sombra de una advertencia.

El Baztán no perdona, dijeron algunos. Solo espera.

Y cuando espera, lo hace como lo hace el invierno: con paciencia y sin piedad.

Frantxo estaba sentado en el porche de la torre, con la espalda cargada y los pensamientos más pesados que las armas.

A su alrededor se reunían los viejos del valle, hombres de manos curtidas por el trabajo y los inviernos, ojos hundidos por los años y bocas secas de tanto callar.

Mujeres de semblante duro, que ya no lloraban, que solo apretaban los labios como si con eso pudieran contener siglos de palabras prohibidas.

El primero en hablar fue el anciano que custodiaba la torre, una figura encorvada pero firme, que alzó la voz con la gravedad de quien ya ha visto esto antes.

“No es la primera vez”, dijo, sin levantar la mirada.

Frantxo no respondió, solo lo miró, dándole espacio.

“Hace décadas. Nadie quiere recordarlo. Nadie se atreve a decirlo en voz alta… pero ocurrió.”

La voz del anciano bajó como un susurro que arrastraba polvo y miedo antiguo.

Se inclinó hacia delante, como si no bastara con decirlo y hubiera que escarbar en la memoria.

“Los Basajaun nunca desaparecieron. Solo dormían. Solo vigilaban.” Otro hombre, de rostro surcado como tierra vieja, intervino con un tono grave: “Se ocultaron cuando el hombre cubrió la tierra con iglesias, con caminos, con ruido. Cuando creyó que el valle era suyo.”

—Pero nunca se fueron —añadió otro, encendiendo un cigarro con dedos temblorosos que parecían de papel—. Solo esperaban. Hace años, en la Sima de Legarrea, algo despertó. Los Goñi… su maldición… la sangre en las cuevas…

Frantxo los escuchaba sin interrumpir, como si cada palabra colocara otra piedra en el muro que empezaba a ver con claridad.

La sima, el caserío abandonado, los huesos en la oscuridad, los ojos entre la niebla.

Todo encajaba. La leyenda y la carne. El mito y la muerte.

No eran historias para asustar niños. Eran advertencias.

— ¿Por qué ahora? —preguntó, rompiendo el silencio.

Los viejos se miraron entre ellos, pero nadie respondió. El silencio duró lo justo para hacerse incómodo, hasta que una mujer anciana, con el cabello blanco como la ceniza y los ojos azules de hielo, habló con voz rasgada por los años. “El hombre ha herido la tierra.”

Todos guardaron silencio otra vez, pero esta vez no por miedo, sino por respeto. Ella continuó, más bajo aún: “Se talan los bosques. Se abren carreteras. Se escupen venenos en el río. La ama lur, la Madre Tierra, sangra. Y cuando sangra… los que la protegen… se despiertan.”

La mujer clavó los ojos en Frantxo, como si lo viera por dentro. “Tú puedes matarlos, forastero. Puedes enfrentarte a sus colmillos, a sus garras. Pero el monte…” Hizo una pausa que no necesitaba palabras. “El monte no olvida.”

Frantxo se incorporó con lentitud, como quien sabe que no hay descanso, solo tregua.

La caza seguía. Las bengalas, las armas, la estrategia…

todo seguía. Pero ahora lo sabía: el enemigo no era solo carne peluda que acechaba entre ramas.

El verdadero enemigo era el propio Baztán. Y a ese… a ese no se le mata.

A ese solo se le sobrevive..