Las Raíces del Baztán (El Exterminador 2) Capítulo XVI La Torre Resiste.
65%

Capítulo XVI La Torre Resiste.

Los gritos llegaron al pueblo como un disparo en mitad de la niebla. Frantxo ya estaba listo. El anciano de Donamaria había dicho que los Basajaun se mueven de noche, como lobos entre las hayas, pero esta vez no venían a acechar. Venían a derribar puertas.

El camino hacia la Torre Jauregia era una serpiente de barro y piedra. Las luces del Jimny rebotaban contra los troncos húmedos, y a cada curva, el rugido grave de la montaña parecía crecer.

Cuando Frantxo llegó, supo al instante que no hacía falta preguntar.

La escena hablaba por sí sola: un puñado de vecinos, armados con escopetas oxidadas y palos torcidos, se atrincheraban junto a la vieja torre como si las piedras les ofrecieran algo más que refugio.

Las casas cercanas permanecían cerradas a cal y canto, sin una rendija de luz, sin un solo perro ladrando.

Y allí, justo en el límite donde el bosque se tragaba el mundo, brillaban los ojos.

Eran rojos, fijos, inmóviles como carbones al rojo vivo en mitad de la niebla.

Docenas de ellos, observando sin parpadear.

Frantxo bajó del coche sin vacilar y se acercó al primero que salió a su encuentro: un joven con la cara pálida y los labios partidos por el miedo, que apenas pudo articular palabra.

— ¿Cuántos sois? —preguntó, midiendo con la mirada el valor más que la cantidad.

—Pocos. Los demás… no se atreven —respondió el chico, bajando la vista, avergonzado.

Frantxo asintió. No había reproche en su gesto.

No todos nacen para quedarse cuando lo oscuro avanza.

Entre los árboles, las sombras se deslizaban con lentitud, grandes y peludas, demasiado grandes para ser confundidas con lobos o jabalíes.

Eran presencias conscientes. Se movían como quien juega, como quien mide cada paso antes del salto.

Jugaban con los hombres. Como hace el lobo cuando huele miedo.

Sin decir más, Frantxo abrió la mochila y sacó las bengalas rojas. Las sostuvo un instante en la mano, dejando que todos las vieran. La señal no era solo de luz; era de decisión.

—Cuando las lance, no dudéis. Fuego, ruido, luz. Es lo único que puede frenarlos —dijo con voz firme, sin necesidad de gritar.

Los hombres tragaron saliva. Uno murmuró una oración en euskera. Otro apretó la culata con los nudillos blancos. Y entonces, sin aviso, el rugido se alzó como un trueno seco en mitad de la garganta de la montaña. Un sonido tan profundo que pareció partir la tierra.

De entre la niebla salió el primero.

Medía más de dos metros, y su cuerpo, aunque vagamente humanoide, se curvaba en ángulos imposibles, como si la propia naturaleza lo hubiera parido con rencor.

Iba cubierto de pelo oscuro y áspero, y sus ojos ardían como brasas.

Los colmillos asomaban entre los labios abiertos en un gesto que no era sonrisa ni amenaza.

Era hambre. Garras largas como cuchillos. Era un Basajaun.

Frantxo encendió la primera bengala sin titubear.

La luz roja rasgó la oscuridad como una herida abierta, y entonces los hombres dispararon.

No con puntería, sino con desesperación.

El bosque se llenó de gritos, disparos y humo, mientras las criaturas retrocedían unos pasos, gruñendo, confundidas, pero no vencidas.

No huyeron.

Sabían esperar. Sabían que los hombres se agotan, que el miedo consume más rápido que el hambre. Pero Frantxo no era cualquier hombre. Él venía de otra guerra, de otras noches sin esperanza, y había aprendido que el miedo solo se combate con fuego, con sangre, con decisión sin tregua.

La torre resistió. Esa noche.

Pero el Baztán… El Baztán solo había empezado a morder.