Capítulo XV Cerco en el Valle.
La madrugada se arrastraba lenta sobre el Baztán. Ni las luces de Legasa, ni las de Donamaria rompían la oscuridad que empapaba el valle. El pueblo entero estaba en silencio, encogido, como un animal acurrucado antes del zarpazo.
Frantxo aparcó junto a la fuente. El agua seguía corriendo, murmurando viejas letanías que nadie quería escuchar. Las ventanas de las casas seguían cerradas. Los postigos, atrancados. Los perros… ni rastro de ellos.
La gente sabía. Y la gente tenía miedo. No lo decían en voz alta, pero se notaba en los postigos cerrados antes del anochecer, en los pasos apresurados cuando la niebla bajaba por el valle, en los perros que ya no ladraban.
Frantxo empujó la puerta de la taberna abandonada, donde el aire olía a madera húmeda, a soledad acumulada, a un miedo antiguo que se aferraba a cada viga como si el edificio mismo recordara lo que rondaba allá afuera.
En las paredes, los viejos carteles descoloridos de fiestas pasadas temblaban con cada corriente de aire, como si quisieran echar a volar y escapar del peso del valle.
Sobre la mesa carcomida desplegó su equipo con gesto meticuloso, casi ceremonial: linternas recargadas, el cuchillo bien afilado, cuerda trenzada, munición suficiente para un infierno corto, y dos bengalas rojas, último recurso o primer aviso, según se torcieran las cosas.
Frantxo no creía en la suerte ni en la ayuda divina; creía en estar preparado, en que el cazador que no respeta a la presa acaba siendo parte del monte.
Y el Baztán no perdonaba a los imprudentes.
Fue entonces cuando escuchó los pasos allá afuera.
No eran pasos salvajes ni torpes; eran leves, casi arrastrados, como si quien caminara llevara mucho más peso del que su cuerpo pudiera soportar.
Abrió la puerta sin apuro y allí estaba: el anciano de la torre Jauregia, boina calada, mirada de quien ya lo ha visto todo y voz ronca de siglos mal dormidos.
Se miraron sin necesidad de palabras, pero el viejo habló de todos modos.
—No podrás con ellos solo —dijo, sin juicio, sin reproche, como quien afirma que va a llover.
Frantxo no pestañeó. Ya había caminado con la muerte antes.
—Nunca lo hago. Pero lo intento.
El viejo asintió, como si aprobara más el intento que el resultado.
Habló entonces del valle, de cómo se cerraba como un puño de piedra cada noche, de cómo los Basajaun bajaban a cazar mientras los caseríos temblaban con las luces apagadas, esperando no ser los siguientes.
Y luego, con la calma de quien entrega lo último que le queda, sacó un pequeño amuleto de madera: una espiral tallada a mano con un símbolo solar en el centro.
—Eguzkilore —murmuró—. Flor del sol. Aquí dicen que protege. Que aleja lo que no debería estar entre nosotros.
Frantxo sostuvo el amuleto un momento, dudando. No creía en talismanes. Tampoco creyó en monstruos hasta que los vio desgarrar carne bajo la luna. Se lo colgó al cuello, sin decir nada más. La noche se acercaba con pasos lentos pero firmes, como todo lo que es inevitable.
Los Basajaun acechaban desde las sombras del monte. El valle, cercado por su propio silencio, se preparaba para una noche más. Y Frantxo, sin héroes ni leyendas a las que aferrarse, afilaba su voluntad.
La caza no había terminado. La caza, apenas comenzaba.