Las Raíces del Baztán (El Exterminador 2) Capítulo XIV El Despertar de la bestia.
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Capítulo XIV El Despertar de la bestia.

La noche se cerró sobre el valle como un puño. La niebla se tragó los caseríos, las montañas, los caminos. Solo el rumor del río y el crujir apagado de los árboles recordaban que el mundo seguía ahí fuera.

Frantxo conducía de vuelta hacia Legasa, los faros del Jimny apenas arañando la oscuridad densa que se enroscaba entre los hayedos. La visita a la ermita no le había traído respuestas. Solo más preguntas. Y la certeza de que el mal que anidaba en el Baztán no era solo superstición.

La radio seguía muda, atrapada en un silencio que parecía extenderse más allá del coche, como si el propio aire hubiese decidido callar.

El móvil tampoco ofrecía consuelo; sin cobertura, era apenas un trozo inútil de plástico en medio del monte.

Frantxo mantenía los ojos en el camino, sintiendo cómo el entorno se cerraba poco a poco, cuando lo vio: un bulto solitario en mitad de la pista, inmóvil, oscuro, desparramado en el barro como un cadáver sin dueño.

Frenó en seco, bajó del coche con la linterna en mano y avanzó despacio, con esa mezcla de determinación y desconfianza que solo se activa cuando el miedo todavía no ha alcanzado la garganta.

El aire era denso, helado, impregnado de ese olor ya conocido a tierra revuelta, madera húmeda y pelo mojado, una combinación que le despertaba la alerta como un zarpazo invisible.

Se acercó al bulto mientras la luz temblorosa iba desvelando la silueta.

Era un ternero, o lo que quedaba de él, porque el cuerpo había sido abierto desde el cuello hasta el vientre, como si una mano brutal lo hubiera desollado con una precisión monstruosa.

Las costillas sobresalían como cuchillas oxidadas, las entrañas habían desaparecido, arrancadas con saña, y las patas se retorcían en ángulos grotescos, como ramas secas después de una tormenta.

Todo aquello gritaba violencia, una violencia antigua, animal, pero deliberada.

Y entonces, en el barro, estaban las marcas.

Aquellas malditas marcas que ya no necesitaban explicación.

Zarpas de un tamaño imposible, dedos alargados como garras de escultor macabro, huellas profundas que no podían pertenecer a criatura conocida.

Había colmillos, arañazos, desgarrones. Era una firma salvaje, como si aquello que había matado lo hubiese hecho sabiendo que alguien vendría a mirar.

Frantxo tragó saliva y, aunque sentía el corazón subido a la garganta, su mirada seguía quieta, fija, casi fría.

Los Basajaun ya no se escondían entre los árboles, ya no eran sombras al borde del ojo ni susurros que se perdían entre ramas.

Ahora caminaban, visibles, audaces, como si el monte entero les perteneciera y estuvieran dispuestos a demostrarlo una vez más.

Entonces lo oyó. El crujido de ramas, primero a su derecha, seco y cercano, luego a su izquierda, más profundo, más grave, como si algo enorme se moviese entre los árboles.

Frantxo se giró despacio y alzó la linterna justo cuando, al frente, entre la niebla, los ojos aparecieron: altos, rojos, vivos, fijos en él como faros antiguos que no iluminaban, sino que juzgaban.

Dio un paso atrás, lento, sin perder de vista aquella mirada inhumana que lo perforaba con un peso imposible.

Y fue entonces cuando el rugido llegó: no un alarido, ni un grito, sino un sonido denso, bajo, como un suspiro animal que arrastraba siglos de silencio, una advertencia que vibró en el pecho más que en los oídos.

Los Basajaun estaban allí, demasiado cerca.

No huyó. No todavía. Subió al coche con movimientos precisos y pisó el acelerador sin mirar atrás, mientras el motor rugía entre la niebla que se retorcía bajo los faros como un animal asustado.

La carretera se volvía más estrecha, los árboles parecían acercarse, como si el monte quisiera tragárselo entero.

Y sin embargo, en el retrovisor, los ojos seguían allí. Rojos. Inmóviles. Observándolo como quien conoce el final antes de que empiece la historia. No corrían. No necesitaban hacerlo. Sabían que el valle era suyo. Y que el cazador… Ya no tenía escapatoria.