Capítulo XIII La Ermita de la Trinidad.
El sendero final hacia la Ermita de la Trinidad era poco más que una grieta escalonada en la montaña. La roca se alzaba desnuda, resbaladiza por la lluvia, y la niebla lo devoraba todo, como si el cielo mismo se hubiera agachado a lamer el valle.
Frantxo subía lento, con el pulso contenido, los ojos atentos a cada sombra entre las rocas. No había pájaros, ni grillos, ni el eco del viento. Solo su respiración y el rumor de la montaña, grave y profundo, como un latido antiguo.
La ermita apareció de pronto entre la bruma. Pequeña, solitaria, con los muros de piedra gris oscurecidos por el musgo y los siglos. La cruz de hierro torcida en lo alto parecía más un aviso que una promesa de salvación.
Frantxo rodeó lentamente el edificio, sintiendo cómo las piedras sueltas crujían bajo sus botas.
El aire era gélido, y el silencio que lo envolvía tenía un peso físico, como si todo el monte contuviera el aliento.
Frente a él, una puerta de madera vieja, astillada y vencida por el tiempo, mostraba signos apenas visibles.
Eran símbolos tallados, algunos reconocibles como cristianos, pero otros mucho más antiguos, más primitivos.
Espirales grabadas con rudeza, rostros deformes de mirada desproporcionada, y figuras peludas de ojos grandes decoraban la madera como un mensaje cifrado.
Frantxo supo al instante a qué hacían referencia.
Basajaun. Empujó la puerta con cautela, que se abrió con un quejido seco.
El interior estaba vacío, frío y despojado.
Solo quedaban las paredes de piedra desnuda y un altar carcomido por la humedad y el abandono.
En las paredes interiores, más símbolos emergían del musgo y el polvo.
Algunos eran tallados con esmero en tiempos antiguos, pero otros no tenían ese origen.
Eran más recientes, hechos con garras, con fuerza, con furia.
Marcas profundas, arañazos salvajes. Huellas de algo que no debería caminar en ese lugar, ni existir ya en este mundo.
Una advertencia grabada con brutalidad sobre la piedra sagrada.
Frente al altar, en el suelo, descansaba un pequeño montón de restos: huesos astillados y pelo oscuro mezclado con tierra húmeda.
No era un simple hallazgo. Era un mensaje.
Ofrenda, señal, rastro o castigo. Frantxo se agachó con cuidado, aspirando el aire saturado de olor a bestia y a bosque profundo.
No había engaño en ello. El olor era real, y los cuentos que hablaban de Basajaun no eran invenciones. Estaban aquí.
No rezaban. No pedían. Cazaban. Vigilaban.
Tal vez castigaban a quienes traspasaban sus dominios.
Frantxo salió de la ermita y se detuvo ante el paisaje.
Desde lo alto, el Baztán se extendía ante sus ojos como una inmensa garganta de niebla y verdor.
Los caseríos dispersos parecían piezas de un tablero perdido, el río se enroscaba entre las montañas, y los hayedos ocultaban sombras que sabían mirar.
Se quedó inmóvil, respirando hondo, sintiendo el peso del valle sobre los hombros, un peso más antiguo que cualquier frontera o creencia.
El verdadero peligro no vivía en las alturas.
Se escondía abajo, en lo oculto, en la tierra, en esas bocas negras que se abrían bajo los pies de los hombres que dejaron de temer.
El Baztán seguía vivo. Y respiraba con un ritmo lento y monstruoso.
Los Basajaun no eran un mito enterrado. Se movían entre raíces, entre grietas, entre los olvidos. Y el cazador, Frantxo, ya no podía dar marcha atrás. Porque hay lugares donde las preguntas se responden solas. Y hay montes donde las respuestas muerden.