Las Raíces del Baztán (El Exterminador 2) Capítulo XII Rastros Hacia el Mendaur.
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Capítulo XII Rastros Hacia el Mendaur.

Las primeras luces del día se abrían paso a duras penas entre la niebla del valle. La lluvia menuda, persistente, seguía cayendo como un castigo suave y constante. El Baztán se desperezaba lento, pero el monte no dormía.

Frantxo observó el Mendaur desde la carretera.

La montaña se alzaba imponente, recortada contra las nubes bajas, sus laderas cubiertas de bosque y, en la cima, apenas visible entre la bruma, la silueta desgastada de la Ermita de la Trinidad.

Antiguo refugio. Antiguo vigilante. O eso decía la leyenda.

El Suzuki Jimny avanzaba con dificultad por los caminos embarrados, mientras las ruedas patinaban en los tramos más empinados.

Frantxo no conducía al azar: seguía unas huellas que no eran suyas, ni de ganado, ni de pastores.

Eran enormes, profundas, con cinco dedos bien marcados en el barro y separados por una distancia que escapaba a toda lógica.

Eran huellas de zarpas. De algo que no debía estar allí.

Los rastros ascendían bordeando la ladera del monte, serpenteando entre los hayedos y helechos, siempre hacia arriba, con un destino claro: la ermita.

Frantxo detuvo el coche en un pequeño claro, dejó el motor encendido al ralentí y se quedó quieto, escuchando con atención.

Pero el bosque no hablaba. Solo se oía el agua corriendo entre las piedras.

Ningún pájaro cantaba, ni un grillo, ni el viento.

El Baztán, silencioso, parecía contener la respiración.

Con gesto decidido, bajó del vehículo. A la altura del embalse se colgó la mochila, ajustó el cuchillo al cinto, y guardó la linterna en el bolsillo.

El aire estaba saturado de humedad, con olor a musgo, a madera mojada, pero también a otra cosa menos natural: un aviso sutil, un aroma denso que insinuaba peligro.

A medida que ascendía, la pendiente se volvía más exigente.

Las ramas le rozaban el rostro, el barro se le adhería a las botas, y el bosque parecía cerrarse a su paso.

Las huellas seguían presentes, nítidas, como si acabaran de ser impresas.

Eran tan frescas que parecían guiarlo, aunque Frantxo no podía evitar pensar que más que una guía, eran una invitación.

Una trampa. En un claro más arriba, el sendero le ofreció una visión brutal: un cuerpo destrozado, desmembrado y abierto como si hubiera sido partido por garras.

No era un animal. Era un hombre. Tal vez un pastor, o algún excursionista. Resultaba imposible identificarlo.

La escena era espantosa. La carne desgarrada, la ropa convertida en jirones, los huesos asomando entre restos de sangre seca y hojas.

Y junto al cadáver, sobre la tierra removida, no había marcas de cuchillo ni mordidas humanas.

Eran señales claras: colmillos. Zarpas. Grandes, afiladas, hambrientas.

Frantxo se arrodilló junto al cuerpo, examinó el terreno, y lo comprendió sin lugar a dudas.

Los Basajaun no eran leyendas. No estaban en los cuentos. Estaban allí. Y estaban cazando.

Alzó la vista hacia la cima. La silueta de la ermita se dibujaba entre la bruma, como un faro sombrío en medio del monte.

Tal vez allí encontraría respuestas. O quizás solo más muerte.

Pero Frantxo no era de los que retroceden cuando el miedo aparece.

El cazador siempre sube. El miedo, por costumbre, se queda abajo.