Capítulo XI Los Ojos de la Niebla.
Frantxo emergió de la sima cuando la noche ya se había cerrado sobre el Baztán como un sudario. La niebla se había espesado hasta ser casi sólida. No había luna, ni estrellas. Solo el resuello de la tierra, el crujir de las ramas y el latido insistente de su propio pulso.
Frantxo sabía que no estaba solo. La humedad del bosque se le adhería a la piel como una advertencia antigua, y cada gota que resbalaba de las hojas parecía arrastrar consigo un susurro, como si los árboles recordaran secretos olvidados.
Entre ese murmullo vegetal, emergía algo más profundo: un gruñido apenas perceptible, una vibración gutural que no venía del viento, sino de algo vivo, escondido, despierto.
Avanzó entre los árboles con pasos medidos, abriéndose camino a través de los helechos que le rozaban las rodillas como si quisieran retenerlo.
La linterna oscilaba en su mano, pero la niebla se encargaba de devorar su luz a pocos metros, dejando todo a merced de las sombras.
Fue entonces cuando los vio: dos puntos rojos, fijos, suspendidos en medio de la bruma, sin parpadear, como si el bosque lo observara desde una conciencia propia.
Estaban a la altura de un hombre, quizá más altos, inmóviles, imperturbables.
Frantxo se agachó lentamente, sin alterar el ritmo de su respiración, con el cuchillo frío y firme en la mano.
A su alrededor, el monte entero parecía contener el aliento, como si la vida hubiera quedado atrapada entre árboles centenarios.
Los ojos seguían allí, observando con calma tensa, evaluando.
No eran de lobo. No eran de hombre. Eran de otra cosa. Y él lo sabía.
Había aprendido que el miedo toma mil formas, y que no siempre grita; a veces, simplemente mira.
Pero esos ojos no mentían, no vacilaban.
El silencio se quebró por un crujido a su izquierda, y luego otro a su derecha.
Más ojos se encendieron entre la niebla.
Tres. Cuatro. Cinco. Frantxo tragó saliva con cuidado, comprendiendo que la historia del Basajaun solitario era solo eso: un cuento incompleto.
Porque en Baztán, hasta los monstruos caminan en manada.
Retrocedió un paso, lento y sin brusquedad.
Los ojos no reaccionaron, pero el gruñido se volvió más profundo, como si la tierra misma lo exhalara desde sus raíces.
De pronto, una sombra cruzó el claro a una velocidad inhumana, grande, cubierta de pelo, las zarpas apenas tocando el barro antes de fundirse nuevamente con la niebla.
Los ojos no se movieron, seguían allí, como si nunca hubieran dejado de mirar.
Frantxo no corrió. Sabía que correr sería invitar al final, ofrecerles la espalda a unas criaturas que nacieron del bosque mismo.
Giró sobre sus talones y comenzó a retroceder con pasos firmes, sin dejar que el miedo se le subiera a la garganta.
Los ojos lo siguieron, no con urgencia, sino con la certeza de quien ya ha ganado.
Como si supieran que el valle era una trampa natural. Que cuando el Baztán muerde… no suelta.
Alcanzó su coche sin mirar atrás. El motor rugió con un sonido áspero y las luces rasgaron la niebla como cuchillas. Pero los ojos seguían allí, suspendidos entre la espesura, esperando. No con prisa. No con furia. Solo esperando.