Las Raíces del Baztán (El Exterminador 2) Capítulo X Bajo Tierra.
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Capítulo X Bajo Tierra.

La entrada a la Sima de Legarrea se abría en mitad del monte como una boca negra, rota en la piedra, devorando la niebla. No había senda, ni cartel, ni advertencia oficial. Solo el bosque cerrado, el barro y el silencio.

Frantxo se detuvo al borde. La linterna tembló un segundo en su mano antes de encenderse, lanzando un haz de luz pálida que apenas arañaba la oscuridad del agujero.

El aire que salía de allí abajo era frío, húmedo, y traía consigo un olor denso, casi animal.

A tierra mojada, a musgo… y a algo más. Algo rancio. A sangre seca y miedo antiguo.

A su alrededor, las ramas crujían levemente. No viento. No animales. Algo se movía, muy lejos… o demasiado cerca. Frantxo no perdió el tiempo. Ajustó la mochila, comprobó el cuchillo y la linterna, y se deslizó dentro.

La sima era estrecha al principio. Las paredes, de roca húmeda y resbaladiza, lo obligaban a encogerse, a arrastrarse. Los ecos de su respiración rebotaban, deformados, como si no estuviera solo. Poco a poco, la grieta se abría, descendiendo en espiral, tragándolo en las entrañas de la montaña.

Las leyendas hablaban de esa sima como una prisión.

Decían que allí abajo, en la oscuridad más profunda, quedaron atrapados los pecados de los Goñi-Sagardia.

Pero otros relatos iban más allá: no solo los pecados descansaban allí…

también lo que los vigilaba. Los Basajaun.

Los guardianes. O quizás, los monstruos.

Frantxo avanzaba con cautela, atento a cada paso. El suelo era traicionero, cubierto de barro espeso y piedras sueltas. En las paredes, las marcas no mentían: arañazos profundos, garras enormes, imposibles de pertenecer a un animal corriente. El aire se volvía denso. La oscuridad no estaba sola.

Un olor fuerte se instaló en su nariz. Carne podrida, pelaje húmedo, humedad rancia. Y algo más. Un sonido grave, casi imperceptible, que no venía de él. Era un gruñido lejano, antiguo… y hambriento. Un eco de algo que no dormía desde hacía tiempo. Algo que no quería testigos.

Llegó a una sala natural, estrecha, con las paredes húmedas y el techo bajo.

Su linterna iluminó el suelo: huesos. No de ciervos ni de jabalíes.

Humanos. Algunos blanqueados por los años, otros frescos aún.

Frantxo se agachó y rozó uno. Estaba limpio, roído.

Las marcas eran inconfundibles: colmillos, zarpas, hambre.

Nadie en Legasa hablaba de aquello. Nadie en Donamaria se atrevía a preguntar. Pero el Baztán no olvida. El gruñido volvió, más cerca, más profundo. Aquello no eran cuentos. Frantxo apagó la linterna por un momento. Cerró los ojos y escuchó. A veces, para el cazador, ver es lo de menos.

Lo verdaderamente importante es saber cuándo te están acechando. Y allí abajo, en esa sima húmeda y olvidada, bajo la tierra del Baztán, acechaban. No solo a él. A todos. Desde hacía siglos.