Capítulo IX Pecado o Maldición.
La subida hacia la sima era dura. El sendero, apenas marcado, se perdía entre los helechos y las hayas torcidas. La niebla colgaba como un velo sucio, y el suelo, blando y resbaladizo, parecía querer tragarse los pasos de Frantxo.
Avanzaba sin prisa, atento, el cuchillo al cinto, la linterna colgando del pecho. El bosque lo observaba. Lo sabía. Cada crujido de rama, cada soplo de viento entre las hojas, tenía intención. Nada en el Baztán es casual.
Cerca de la sima, junto a un claro, las ruinas de un viejo caserío asomaban entre las zarzas.
Muros caídos, vigas podridas, el techo hundido por las lluvias y los años.
En la piedra de la entrada, apenas visible, un nombre grabado a cincel: Familia Goñ…
ardia. No pudo leer más estaba medio borrado no por la erosión había sido a apropósito algo pasó con esa familia...
Alrededor del caserío, símbolos tallados en la piedra: cruces torcidas, espirales, marcas de protección que el tiempo y la maleza apenas respetaban. Frantxo inspeccionó los restos. El aire olía a madera vieja… y a algo más. A tierra removida. A sudor rancio. A pelo mojado.
Dentro del caserío, entre los escombros, encontró las huellas. Grandes. Desiguales. Zarpas. Como las del hayedo. Como las del ganado destrozado. Como las de los cuentos.
Algo ó alguien habían estado allí. Quizá nunca se habían ido.
En una esquina del claro, medio oculto entre piedras rotas y raíces viejas, algo brilló débilmente.
Frantxo se agachó y lo recogió: un colgante oxidado, con la figura casi irreconocible de San Miguel.
El protector. El arcángel que, según los mayores, había encerrado los pecados del valle bajo tierra, sellándolos con oración y fuego.
Frantxo lo giró entre los dedos, con gesto lento.
Aquel trozo de metal había estado allí mucho tiempo.
La verdadera pregunta no era quién lo había perdido…
sino quién, o qué, había abierto de nuevo la prisión.
¿Qué fuerza se atrevía a romper un sello tan antiguo?
Guardó el colgante en el bolsillo, sin decir palabra.
El claro estaba envuelto en niebla espesa, que se arremolinaba alrededor de sus piernas como si tuviera voluntad propia.
Pesada, densa, con olor a tierra húmeda y secretos viejos.
Frantxo avanzó entre los helechos, y pronto vio lo que ya temía: más arriba, en la ladera, la boca de la sima lo esperaba.
Era oscura. Abierta como una herida mal cerrada. Como una boca hambrienta. De su interior salía un aliento frío, profundo, que no pertenecía al mundo de los vivos. Allí dentro aguardaban los Señores del Bosque. La leyenda. El castigo enterrado por generaciones enteras… y ahora suelto de nuevo.
Frantxo inspiró hondo y apretó los puños.
Los cuentos no habían logrado matarlo en El Jardín.
Había sobrevivido a la oscuridad, al fuego, y a criaturas peores que las pesadillas.
Aquí tampoco iba a caer. No si podía evitarlo.
Porque el miedo se enfrenta de pie. Y él ya venía con los colmillos afilados.