Capítulo VIII Gaztelu y la Sima Prohibida.
Gaztelu se escondía entre las montañas, abrazado por los hayedos, como si la misma tierra intentara tragárselo. Apenas una docena de casas, un par de caminos de piedra y silencio. Mucho silencio.
Frantxo lo observó al anochecer. Las chimeneas humeaban, pero las calles estaban vacías. Las persianas bajadas. Los perros, enmudecidos. Los pocos rostros que asomaban tras los visillos se retiraban rápido, como si temieran que la mirada trajera consigo la desgracia.
El Suzuki Jimny lo había aparcado junto a la vieja fuente. El agua corría, fresca, pero turbia, arrastrando hojas y barro. Seguiría a pie. Nadie salió a recibirlo. Nadie hacía preguntas. Cuando el bosque despierta, los hombres se atrincheran.
Caminó hacia la plaza pequeña, donde una Ostatua “posada” cerrada se pudría bajo las lluvias. En la pared, un cartel desgastado en euskera: Ez hurbildu Legarreara. Ez hurbildu Simara. No te acerques a Legarrea. No te acerques a la Sima.
Frantxo repasó las letras con los dedos. Viejas. Pero recientes las marcas de barro en el suelo, las huellas grandes, irregulares, que subían hacia el monte.
Preguntó a un anciano sentado en un portal. Mirada baja, boina calada, los dedos agarrotados en el bastón. —La sima —dijo Frantxo—. ¿Dónde?
El viejo no alzó la vista. Sus labios temblaron, resecos. —La sima… es herida de la tierra. Y la tierra… cuando sangra, escupe monstruos. Su voz se apagó en un suspiro, cargado de miedo y resignación. —Allí abajo… no manda el hombre. Manda la ama lur… y manda la oscuridad.
Frantxo no insistió. Ya conocía ese miedo. El mismo que olía en los pueblos del sur cuando los bichos cayeron del cielo. El miedo a lo que no se controla. A lo que no se entiende.
Alzó la vista hacia el monte. El sendero subía, en zigzag, entre el bosque, perdiéndose en la niebla. La Sima de Legarrea. El agujero en la tierra donde, según los ancianos lugareños, dormían los pecados de los hombres… y sus castigos.
Frantxo se ajustó la mochila. Iba solo. Pero no se sentía solo. Desde los hayedos, los ojos lo seguían, unos grandes y antiguos. Rojizos como brasas bajo la niebla. La noche había caído.