Las Raíces del Baztán (El Exterminador 2) Capítulo VII Los Susurros del Bosque.
31%

Capítulo VII Los Susurros del Bosque.

La carretera hacia Legarrea se retorcía entre montes y valles como una serpiente de asfalto agrietado, pronto será una pista poco asfaltada para convertirse en tierra.

A cada curva, la niebla se hacía más espesa, engullendo los árboles, ocultando los caseríos dispersos que se aferraban a las laderas como si temieran caerse.

Frantxo conducía con calma, atento. Los ancianos le habían enseñado que el Baztán no se recorre deprisa. Aquí todo se movía a su ritmo: la niebla, el río, los susurros entre las hayas. Y los susurros, esa noche, eran demasiados.

Detuvo el coche en un claro junto al bosque. El hayedo se alzaba oscuro y espeso, un muro vivo de troncos, musgo y ramas que se entrelazaban como dedos deformes. El viento traía un murmullo que no era solo aire.

Escuchó. No el canto de los pájaros. No el crujir de las hojas. Era otra cosa. Un murmullo bajo. Profundo. Como un idioma olvidado que se colaba entre los troncos.

Frantxo cogió la linterna y el cuchillo. Se adentró en el bosque. Los helechos le rozaban las piernas. El barro se pegaba a las botas. La humedad se metía en los huesos.

A medida que avanzaba, los susurros crecían. No tenían dirección. No venían de un punto concreto. Estaban en todas partes. En las ramas. En las raíces. En el aire. Palabras en euskera antiguo, rotas por los siglos. Ez sartu… itzuli… iluntasuna… No entres… vuelve… oscuridad…

Pero Frantxo no era de los que daban la vuelta.

Sabía que si el miedo no se enfrentaba de frente, terminaba por clavarte los colmillos en la espalda.

Había aprendido a no fiarse de los caminos fáciles, y menos aún de los que llevaban de regreso.

Así que siguió avanzando, con el cuchillo cerca y los sentidos alerta.

Al poco, el bosque se abrió en un claro oculto entre los árboles.

En el centro, un círculo de piedras viejas cubiertas de musgo descansaba como si llevaran siglos esperando algo.

La tierra estaba marcada. Había símbolos tallados con precisión antigua: espirales, líneas rotas, figuras de gigantes agazapados con garras.

Algo que hablaba en el idioma del miedo.

El viento calló. Los susurros se extinguieron como apagados por una mano invisible.

Y con ellos, todo sonido. No se oían pájaros, ni grillos, ni hojas agitadas.

Ni siquiera el murmullo constante del bosque.

Un silencio espeso cubría el claro, como una campana que lo aislara del resto del mundo. Algo estaba mal.

Frantxo cruzó el borde del círculo. La tierra, contra toda lógica, estaba caliente. No solo eso: vibraba. Un pulso lento, profundo, subía desde el subsuelo, como una respiración contenida. Allí abajo, algo esperaba. Algo grande. Algo que dormía envuelto en raíces y oscuridad.

Los Basajaun no eran cuentos. Eso lo sabía ya. Los susurros no mentían. Y la iluntasuna, esa oscuridad antigua que se enreda en los bosques del Baztán, no era ausencia de luz. Era presencia. Presencia de algo que observa, que acecha, y que tarde o temprano, despierta para devorar.

Frantxo se agachó, apoyó la palma sobre la tierra tibia y dejó escapar una sonrisa sin alegría. El Baztán tenía hambre. Y él… él había venido preparado.