Las Raíces del Baztán (El Exterminador 2) Capítulo VI La Torre de DonaMaria.
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Capítulo VI La Torre de DonaMaria.

La torre se alzaba sobre la bruma como un faro de piedra vieja y orgullo herido, .Jauregia, la llamaban. La Torre de Donamaria. Siglos observando el valle, silenciosa, con sus muros grises cubiertos de musgo y cicatrices del tiempo.

Frantxo se detuvo al pie de la colina. El coche jadeaba a su espalda. El pueblo era pequeño, apenas un puñado de caseríos dispersos, todos con las ventanas cerradas y los postigos echados. El silencio flotaba en el aire, pesado como el cielo encapotado.

Ascendió por el sendero empedrado que subía hacia la torre. Las piedras resbalaban bajo sus botas mojadas. El viento traía olor a leña y a miedo.

La puerta de la torre crujió al empujarla. Dentro, penumbra. Muebles viejos. Humedad en las paredes. Y un hombre.

Alto, delgado como un espino seco, barba blanca y ojos hundidos.

Vestía de negro, con el aire de quien ha visto demasiado y ha decidido no hablar…

salvo que sea necesario. —No sueles ver forasteros en Donamaria —dijo, sin levantar la voz.

Frantxo se quedó junto a la puerta, escaneándolo.

—No suelo venir mucho. Me han llamado. Pero tampoco soy forastero ya. Soy el sobrino de…Pilartxo...

Tranquilo lo sé, solo te ponía a prueba, asintió aquel extraño como si todo encajara en un rompecabezas que llevaba años formando. —La Sima de Legarrea… has oído. No era una pregunta.

Frantxo asintió. — ¿Qué sabes?

El viejo caminó hacia la ventana. La abrió apenas, dejando entrar la luz grisácea del día y el sonido lejano del viento en los árboles.

—Los Señores del Bosque… no son solo cuentos para asustar niños.

Son carne. Son piedra. Son los huesos del monte que caminan cuando los hombres se olvidan de respetar la tierra.

Se giró. Los ojos, hundidos, parecían dos pozos vacíos.

—Y alguien… alguien ha despertado su hambre.

Frantxo frunció el ceño. — ¿Quién? —No importa el nombre. Solo importa que la tierra está herida… y las heridas, sangran. Se acercó más, bajando la voz. —Ve a la sima. Mira con tus propios ojos. Pero cuidado, aquí, el monte no perdona. Ni a los locos… ni a los valientes.

Frantxo se mantuvo inmóvil un segundo. Luego asintió, seco. Salió de la torre. La bruma se enroscaba en las calles. Los cuervos planeaban sobre los tejados. La sima lo esperaba.

Y con ella, lo que acechaba bajo el Baztán. Grande. Salvaje. Antiguo como las piedras. Y hambriento.