Capítulo V Algo en los Halledos.
El hayedo se cerraba sobre la pista de tierra como un túnel de ramas viejas. El sol, o lo poco que quedaba de él, apenas se filtraba entre las hojas. Solo sombras verdes, humedad, y ese olor a tierra mojada que lo impregnaba todo.
Frantxo detuvo el coche a un lado del camino. Los neumáticos hundieron el barro con un suspiro ahogado. Más adelante, la pista estaba cortada. Un árbol caído, desgajado de raíz, bloqueaba el paso.
Bajó, cerró la puerta sin apuro y observó el tronco. No era obra de tormenta. Ni de podadores. El corte era irregular, como si unas manos… o unas garras enormes… hubieran desgajado el haya desde la base.
Se adentró a pie. Los helechos se enroscaban en sus botas. Los pájaros callaban. Solo el viento, arrastrando susurros entre las copas. Y bajo ellos… el bosque respirando.
Los hayedos del Baztán tienen alma vieja, caprichosa. Y a veces, enfadada.
Caminó un par de kilómetros entre el musgo y los troncos retorcidos. No necesitaba mapas. Seguía las señales: ramas rotas, huellas en el barro, pedazos de pelo largo y oscuro enganchados en las zarzas. Y silencio. Un silencio pesado, antinatural.
De pronto, el hedor. Fuerte. Ácido. A sangre rancia y carne podrida. Frantxo se agachó tras un arbusto. Más adelante, entre los claros, los restos de una vaca.
El cuerpo destrozado. Las costillas abiertas como las de un muñeco de trapo. Las entrañas esparcidas. Las patas retorcidas en ángulos imposibles. Y sobre todo, las marcas. Zarpas. Enormes. Cinco dedos. Uñas largas. Nada que hubiera visto antes… salvo en pesadillas.
Frantxo despertó sin apuro, como si el bosque mismo le hubiese concedido ese instante de calma antes de la tensión.
Se incorporó lentamente, y su mano, por costumbre o por advertencia, buscó el cuchillo que llevaba al cinto.
Alrededor, el hayedo parecía dormido, envuelto en brumas suaves y ramas que crujían apenas con el viento.
Pero bajo aquella serenidad, algo latía. Algo más antiguo que el propio bosque.
Sus ojos repasaron cada rincón, escudriñando entre los troncos húmedos y los helechos agitados.
No se veía nada, pero el viento traía consigo un susurro extraño, como si alguien hablara en euskera arcaico desde muy lejos, o desde demasiado cerca.
Frantxo conocía ese murmullo. Era un aviso.
Una advertencia que no venía de humanos.
Porque en el Baztán, las historias no se contaban para dormir. Se contaban para recordar.
Lo sintió. No lo vio ni lo escuchó, pero lo sintió.
Allí, entre la espesura, había algo. Una presencia inmóvil y pesada como una piedra, pero viva.
Algo que respiraba sin emitir sonido, que observaba sin ojos visibles.
No era bestia corriente. Era grande, denso, y su existencia parecía estar tejida con la misma materia del mito.
Hecho de carne y leyenda. De colmillos y silencio.
De raíces antiguas que aún sangraban tierra.
No eran solo cuentos. No en el Baztán. Aquí, cada sendero tenía memoria, y cada sombra podía ocultar a uno de ellos.
Frantxo escupió al suelo, se subió la cremallera de la chaqueta con gesto seco y retomó el paso.
Iba porque aquello que habitaba el bosque debía ser enfrentado.
El mal no se combate desde la distancia.
Se rastrea. Se caza. Y se mira a los ojos antes de hundir el cuchillo.
Y ese mal, ese latido extraño entre árboles torcidos y piedras grabadas con signos olvidados, estaba cerca.
No lo suficiente como para verlo, pero sí para olerlo.
Demasiado cerca para ignorarlo. El camino había sido cortado con troncos de árboles y restos de enseres alguien no quiere que nada pase o que nada salga...
de pronto una idea, entraré desde Donamaria por Gaztelu.