Las Raíces del Baztán (El Exterminador 2) Capítulo IV Viejas Lenguas y Viejas Mentiras.
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Capítulo IV Viejas Lenguas y Viejas Mentiras.

El camino hacia Legasa serpenteaba entre montes envueltos en niebla. Frantxo avanzaba lento, con el motor del Suzuki rugiendo bajo la humedad persistente. A ambos lados, los hayedos se cerraban como una catedral de troncos retorcidos y ramas susurrantes.

Los carteles, viejos y descoloridos, marcaban los caseríos dispersos: Aritzakun, Ziga, Oronoz… Nombres antiguos, palabras que sonaban a piedra y madera húmeda. Las mismas que se repetían en los cuentos que los aldeanos susurraban junto al fuego.

Recordó las palabras del viejo en la taberna.

La carne del monte. No era la primera vez que escuchaba leyendas.

En el sur, en El Jardín, las abuelas también hablaban de cosas que se mueven entre la maleza, de luces en la noche, de señales que no conviene ignorar.

Pero aquello había sido real. Los bichos, las muertes, el fuego.

Y si aquello fue cierto… ¿por qué no iban a serlo las viejas historias del Baztán?

Frenó junto a un caserío abandonado. Los postigos rotos golpeaban al viento.

La puerta colgaba de un solo gozne. Entró.

El suelo crujía bajo sus botas. El aire olía a humedad, a madera podrida…

y a algo más. En el suelo, marcas. No de botas.

No de pezuñas. Huellas grandes, profundas. Dedos largos. Garras.

Frantxo se agachó, las tocó. Aún frescas. No hacía ni un día que algo había pasado por allí. Algo grande. En la pared, trazos torpes, hechos con barro o sangre. Palabras en euskera arcaico. Difusas, casi borradas: Ez sartu. “No entres”.

Frantxo sonrió, sin humor. Demasiado tarde.

Volvió al coche y retomó el camino. A medida que se acercaba a Legasa, el bosque se hacía más denso. La carretera se transformaba en pista de tierra. El móvil, sin cobertura. El viento arrastraba susurros que no pertenecían a ningún animal.

Los abuelos de la zona lo tenían claro: las palabras son armas. Las leyendas, advertencias. Pero con los años, los hombres se creen más listos que el monte. Hasta que el monte despierta.

Frantxo ajustó la mochila en el asiento del copiloto. Dentro, linterna, cuchillo, munición.

Y en algún lugar, bajo la tierra o entre los árboles, los ojos rojos lo observaban. Sin prisa. Sin miedo. Esperando.