Capítulo III Elizondo Bajo la Lluvia.
Elizondo apareció entre la niebla como un recuerdo antiguo. Casas de piedra y madera, tejados rojizos cargados de musgo, balcones llenos de geranios marchitos y banderas desgastadas por el viento. El río Bidasoa cruzaba el pueblo en silencio, apenas un murmullo bajo los puentes de piedra.
Frantxo aparcó junto a la plaza. Lloviznaba. Esa lluvia fina, persistente, que parecía no mojar, pero se colaba en los huesos y en el alma. La gente caminaba rápido, con las cabezas gachas, como si la humedad no fuera lo único que calaba.
Salió del coche y se ajustó la cazadora. Sentía las miradas. En los pueblos pequeños, el forastero es un salpicón en el cristal limpio. Pero aquí no era solo desconfianza… era algo más denso. Miedo. Reticencia. El tipo de silencio que precede al entierro.
Entró en la taberna, junto a la plaza. Madera vieja, olor a café recalentado, chimenea apagada.
Un par de hombres con txapela negra como el carbón lo miraron de reojo, sin levantar la copa.
En la pared, junto a los carteles de bertsolaris y fiestas ya pasadas, colgaba un recorte amarillento: "Ataques al ganado en Legasa. Vecinos preocupados. Piden respuestas."
La tabernera, una mujer de cabello gris y mirada dura, le sirvió un café sin preguntar. Frantxo bebió en silencio. Esperó. Sabía que en los pueblos, las palabras caen solas si se tiene paciencia.
Al rato, un hombre mayor se le acercó. Rostro surcado por las arrugas, manos de madera vieja, ojos pequeños e inquietos.
Tú no eres de aquí —dijo, sin preámbulos.
Frantxo lo miró. —Vengo a ver a la familia y a trabajar me temo.
— ¿A cazar? Frantxo no respondió, pero el hombre sonrió, sin alegría.
—Aquí… no se caza lo que anda suelto. Aquí, si molestamos a los que duermen en el bosque… ellos nos cazan a nosotros.
Frantxo se mantuvo inmóvil. El hombre siguió: —En Legasa, en la Sima Legarrea, algo se ha despertado. Los perros no se acercan. Las vacas huyen. Y los mayores… recordamos. Algo en el bosque no es un cuento. Es la carne del monte. Y la carne… tiene dientes.
El silencio se hizo espeso. Fuera, la lluvia tamborileaba contra los cristales. La niebla se pegaba al suelo.
Frantxo dejó el café, sacó un billete y lo dejó en la barra. — ¿Dónde está la sima? —preguntó, sin adornos.
El viejo lo miró como quien ve a un hombre caminar hacia su propia tumba. —Al sur de Legasa. Más allá de los caseríos. Atravesando el bosque hacia Gaztelu. Pero si vas… que Jaungoikoa te proteja. Frantxo se colocó la cazadora y salió.
La lluvia seguía cayendo. Los cuervos sobrevolaban los tejados. Y en algún lugar, entre los hayedos que abrazaban el valle, algo lo esperaba. Sin prisa. Sin miedo