Capítulo II Camino al Norte.
La carretera se estiraba como una cicatriz gris sobre la tierra verde. A cada kilómetro, el paisaje se retorcía más: montañas que se alzaban como muros, hayedos espesos, caseríos dispersos, viejos como el musgo que los cubría. El Baztán no se entregaba fácil. Se dejaba adivinar, pero no entender.
Frantxo conducía en silencio. El viejo Suzuki Jimny devoraba los kilómetros mientras la radio soltaba interferencias y canciones en euskera que apenas reconocía. Había dejado atrás la llanura de Navarra, el asfalto recto, y ahora ascendía, serpenteando por las faldas del valle.
La niebla se descolgaba de los montes como un manto, ocultando la cima del Mendaur, que asomaba en el horizonte como un coloso dormido. La ermita de la Trinidad, decían, coronaba su cumbre, vigilante, como si pudiera contener lo que se agitaba bajo el bosque.
Recordó las palabras de la mujer al teléfono. Legasa, Donamaria, Elizondo…Viejos nombres de piedra y leyenda.
Frantxo no era hombre de fe. Ni de rezos.
Pero aprendió en El Jardín que no hacía falta creer para que lo imposible te golpeara la puerta.
Había visto cómo los cuentos se colaban entre la maleza, cómo las historias de ancianos tomaban carne.
Y aquí, en este valle encerrado entre montes, los cuentos llevaban siglos fermentando en la oscuridad.
Frenó al llegar a un mirador. El valle se abría bajo él como un cuenco verde, cubierto de niebla. Elizondo, al fondo, asomaba sus tejados rojos entre los árboles. Caseríos dispersos, viejos cementerios, torres de piedra que se resistían al paso del tiempo.
Frantxo bajó del coche. El aire olía a humedad, a madera mojada y algo más… algo rancio, terroso, como si la montaña exhalara su propio aliento. Los cuervos cruzaban el cielo, negros como augurios.
—Baztán —murmuró. La palabra le supo a hierro y a barro.
Se quedó mirando el valle unos minutos. Sabía que no tardaría en oler la podredumbre. En los pueblos pequeños, los secretos se entierran… pero la tierra los devuelve. Y aquí, la tierra estaba viva. La ama lur, como la llamaban los abuelos. Madre Tierra. Protectora. O verdugo.
Terminó el cigarro, subió al coche y retomó el camino. Elizondo lo esperaba. Y en los hayedos, entre la niebla, algo lo observaba. Sin prisa. Sin miedo. Porque en el Baztán, el cazador nunca sabe si es el cazado.