Capítulo I El Encargo.
El teléfono sonó al amanecer. En El Jardín apenas clareaba, y la niebla de la madrugada se colaba entre las rendijas de la ventana como un susurro malintencionado.
Frantxo abrió los ojos sin sobresalto, acostumbrado a dormir ligero desde hacía años.
La pantalla del móvil parpadeaba con un número oculto.
Respondió sin saludar. —Habla.
La voz al otro lado era de mujer, pero no tenía tono de quien llama por cortesía. Era firme, quebrada por la urgencia, y con ese acento del norte que Frantxo reconoció al instante.
—Baztán —dijo simplemente—. Elizondo. Donamaria. Legasa. ¿Sabes dónde están?
Frantxo se incorporó, sentándose al borde de la cama. El colchón chirrió, pero no prestó atención. Afuera, los gallos del pueblo apenas empezaban su canción. —Sé dónde están —respondió, con voz grave, seca—. ¿Qué pasa allí?
La mujer dudó un segundo. Luego lo soltó, como quien escupe algo que le arde en la boca.
—Gente desaparecida. Ganado destrozado. Los baserriak…
los caseríos… vacíos por las noches. Y en la sima…
en Legarrea… algo se mueve. Los mayores hablan de ellos los antiguos moradores del bosque. De que han vuelto.
Frantxo no contestó enseguida. La palabra resonó en su cabeza como un eco lejano de cuentos de taberna.
El Señor del Bosque. Mitad hombre, mitad bestia.
Guardián… o verdugo, según a quién se escuchara.
Historias. Folklore. O eso creía. Hasta El Jardín.
Hasta los bichos. Hasta la noche en que aprendió que los cuentos, a veces, caminan.
— ¿Quieres que investigue? —Preguntó, aunque ya conocía la respuesta —Quiero que lo pares.
Como hiciste allí abajo. Hubo un silencio, cargado de lo que no se decía.
—Pagamos bien. Pero no vengas si solo buscas explicaciones.
Aquí arriba… no todo tiene explicación. Aquí manda la ama lur.
Y a veces, no quiere que los hombres respiren en su valle.
La llamada se cortó. Frantxo se quedó mirando el móvil unos segundos.
Luego, sin perder el tiempo, empezó a preparar la mochila.
Cuchillo de monte, linterna, cartuchos. Las botas gastadas, pero fiables.
No era la primera vez que subía a Navarra.
Pero esta vez… el aire ya olía distinto. Como a tierra mojada y miedo antiguo.
Al salir al patio, los primeros rayos de sol rompían la niebla. El Jardín despertaba lento, sin saber que su exterminador se marchaba de caza otra vez. Al norte. Donde la niebla nunca se va… y los cuentos aún sangran... Al Baztán.