10. LA SUITE NUPCIAL #4
—¡Dije que se la chupes, zorra, obedece cuando te de una orden! —le rugí, mostrándole los dientes—. ¡¿A caso no quieres vengarte de Mónica…?! Recuerda que ella le sacó los mejores orgasmos de su vida a tu maridito.
Olga tragó saliva. Miró de pronto con cierta malicia a Mónica, que estaba boquiabierta escuchando mi orden, y entonces la recién casada se arrastró por las sábanas blancas. Se asomó por el borde del colchón, bajó la cabeza, abrió la boca y tomó la verga morada e hinchada de Arturo.
¡Slurp!
—¡Aaaaahhh! —jadeó el pobre cornudo.
Arturo cerró los ojos, echando la cabeza hacia atrás, soltando el aire por la boca.
Sus rodillas temblaron. La puta de su jefe, la mujer del vestido blanco de diseñador carísimo, la futura millonaria de la familia, le estaba mamando la polla.
El choque psicológico era tan brutal, tan jodidamente irreal, que se agarró del carrito de champán para no caerse.
Olga masajeó la verga del chofer con la lengua, tragándose el orgullo clasista, usando su técnica de puta profesional, tragando saliva ruidosamente hasta que la polla de Arturo logró una erección completa, dura y palpitante.
—Suficiente —ordené, haciendo que Olga soltara el miembro de Arturo con un sonido húmedo y obsceno.
Miré al chofer fijamente, clavándole la mirada hasta que el pobre tipo tembló de la cabeza a los pies—.
Ahora, Arturito, quiero que se la metas a tu mujer.
Es hora de que te la cojas como el cornudo…
quiero decir, como el marido y mujer que son.
Arturo abrió los ojos. Esta vez no hubo lágrimas.
Solo una mezcla enfermiza de alivio, gratitud y una sumisión tan completa que se le notaba en la forma en que se lamió los labios antes de moverse.
Miró a Mónica, que estaba recostada en la cama King Size, sudada, con las piernas abiertas y la tanga negra tirada a un lado.
El gerente pelmazo, humillado hasta la médula pero ya sin fuerza para odiar, trepó al colchón con torpeza.
Acomodó su verga morada e hinchada —todavía marcada por la jaula— en el coño de su propia esposa y empezó a bombearla.
¡Plaf, plaf, plaf!
—Gracias, señor… gracias por dejarme coger a mi esposa… —jadeaba Arturo mientras embestía, la voz rota de emoción enferma—. Gracias por las sobras… yo… yo limpio lo que quiera… solo no me quite esto…
Mónica recibía las estocadas mirando el techo al principio, aburrida de la técnica mediocre de su marido. Pero cuando Arturo, en un arranque de perro agradecido, se inclinó y empezó a lamerle los pezones mientras la follaba, ella soltó un gemido bajo y le agarró la cabeza.
—Mira nada más… el cornudo aprendió a usar la lengua —se burló ella, clavándome los ojos por encima del hombro de su esposo—. ¿Ves, Renzo? Hasta los perros se pueden entrenar.
Yo reanudé mis embestidas en el coño de Sofía.
La mocosa estaba a cuatro patas a mi lado, el culo pecoso levantado, las nalgas todavía marcadas de rojo por las nalgadas de la noche anterior.
Cada vez que le hundía mi pollón hasta el fondo, soltaba un grito ahogado y apretaba las sábanas con los dedos.
La habitación se transformó en una sinfonía de caos y herejía.
Yo machacaba el coño de mi prima en la cama nupcial, azotando mis muslos contra sus nalgas. Gerardo penetraba a la tía Cecilia en el suelo, haciéndola aullar como perra de placer obsceno contra la alfombra persa.
Arturo jadeaba mientras se follaba a Mónica por mandato mío, lamiéndole los pechos con devoción de esclavo.
Y Olga, la novia, se masturbaba lujuriosamente viéndonos a todos, metiéndose dos dedos en la panocha, escurriendo caldos sobre el corsé carísimo y empapando la seda blanca del vestido de diseñador.
Pablo… simplemente roncaba. Sumido en su coma etílico, descansando plácidamente en el sillón de cuero frente a la cama, ajeno a la escena dantesca que consumía su matrimonio, su familia y sus valores.
Su verga, sin embargo, había reaccionado.
A semi-erección. El alcohol no había matado del todo el instinto.
—Olga —le ordené sin dejar de embestir a Sofía—. Baja de esa cama y ve a chuparle la verga a tu marido. Quiero que se la pongas dura. Después de todo, es su noche de bodas, y mi hermano tiene derecho a disfrutar.
La novia soltó un bufido, pero obedeció. Se arrastró por las sábanas hasta el borde, bajó al suelo y se arrodilló entre las piernas abiertas de Pablo. Sacó el miembro semi-flácido de su esposo y se lo metió a la boca con lujuria, succionando con fuerza, usando la lengua para estimular el frenillo.
¡Slurp… slop… slurp!
Pablo gruñó en sueños. Su verga empezó a engordar dentro de la boca de Olga. La novia trabajaba con rabia, mirándome de reojo mientras se atragantaba, como si quisiera demostrarme que nadie chupaba mejor que ella.
—Mónica, deja de disfrutar al perro y ven aquí —continué—. Quiero que te comas el coño de Sofía mientras yo me la follo. Y tú, Cecilia… sube a la cama. Quiero ver a madre e hija compartiendo lengua.
La tía madura se desprendió de Gerardo con un gemido de protesta, pero obedeció.
Subió al colchón, se colocó entre las piernas abiertas de Sofía y, sin la menor vacilación, hundió la cara en el coño de su propia hija.
Sofía soltó un grito largo, agudo, cuando la lengua de su madre le rozó el clítoris hinchado.
—¡Mamá…! ¡Ahhh, puta madre…!
La tía Cecilia no contestó con palabras.
Solo abrió más las piernas de la mocosa y empezó a comérsela con lujuria, succionando, metiendo la lengua profunda, mientras yo seguía embistiendo desde atrás.
El sonido era obsceno: el chapoteo de mi verga entrando y saliendo del coño de Sofía mezclado con los ruidos húmedos de la lengua de Cecilia.
Mónica se arrastró hasta nosotros. Arturo, como el perro bien entrenado que ahora era, la siguió de rodillas, lamiéndole el culo mientras ella se movía.
La rubia se colocó a un lado de Sofía, le agarró un pecho y se inclinó para besarla en la boca.
Las dos mujeres se comieron la lengua con violencia, intercambiando babas, mientras Cecilia seguía devorando el coño de su hija y yo las follaba a ambas con la mirada.
—Gerardo —llamé—. Métete detrás de Cecilia. Quiero que se la metas por el culo mientras ella le come la concha a su hija.
El analista no necesitó que se lo repitiera.
Se posicionó detrás de la tía, le abrió las nalgas maduras y se la ensartó por el ano de un solo golpe seco.
Cecilia gritó contra el coño de Sofía, el sonido ahogado y vibrante.
Gerardo empezó a embestirla con fuerza, haciendo que el cuerpo entero de la tía se sacudiera contra el de su hija.
¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
La cama crujía. El olor a sexo, a sudor, a fluidos y a perfume se esparcía por la suite. Olga seguía arrodillada frente a Pablo, mamándole la verga ya completamente dura. El novio gemía en sueños, moviendo las caderas de forma instintiva, empujando más profundo dentro de la boca de su esposa.
—Suficiente, Olga —ordené de pronto—. Quítate. Sofía… quiero que te cojas a tu primo, me refiero a mi hermano.
La mocosa abrió los ojos, todavía con la cara de su madre entre las piernas. Me miró, luego miró a Pablo, y por fin a Olga. Había miedo, sí. Pero también una excitación sucia, prohibida, que le brillaba en las pupilas.
Olga se puso de pie de un salto, el vestido de novia hecho un desastre, el maquillaje corrido.
—Renzo… no. Pablo es mío. Pablo es mi marido. No dejes que esa putita…
—Cállate —le corté—. Tú te vas a quedar aquí, de rodillas, y vas a ver. Y cuando yo te diga, vas a lamer lo que quede.
Sofía se despegó de la lengua de su madre y se arrastró hasta el sillón. Con las piernas temblando, se subió a horcajadas sobre Pablo. Agarró la verga dura y brillante de saliva de su primito y se la acomodó en su rajita apretada. Y entonces se dio el primer sentón.
—¡Ahhh…!