Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 10. LA SUITE NUPCIAL #5
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10. LA SUITE NUPCIAL #5

El gemido de Sofía fue largo, gutural. Se hundió hasta que sus nalgas tocaron los muslos de su primo. Pablo, todavía con los ojos cerrados, soltó un quejido profundo y movió las caderas hacia arriba, buscando más.

—Olga… mi amor… —murmuró el novio, la voz pastosa, borracha, perdida—. Qué rica… estás tan mojada… mi amor…

Sofía se quedó congelada un segundo. Luego, con una sonrisa torcida y perversa, empezó a cabalgarlo. Lentamente al principio, luego más fuerte, haciendo que sus tetas firmes y pecosas rebotaran. Cada vez que bajaba, Pablo gemía el mismo nombre.

—Olga… así… más… mi amor…

Olga, arrodillada a un metro de distancia, tenía los ojos inyectados de celos y una excitación que no podía ocultar. Se mordió el labio hasta casi hacerse sangre. Yo me acerqué por detrás de ella, le agarré el cabello negro y le obligué a mirar.

—Mira cómo mi prima se monta a tu marido la misma noche de tu boda —le susurré al oído—. Y él cree que eres tú. ¿Te duele, zorra? ¿O te moja más?

—Las dos cosas… —confesó ella entre dientes—. Mierda, Renzo… las dos cosas.

Le empujé la cabeza hacia abajo. Olga se inclinó y, con una mezcla de rabia y lujuria, empezó a lamer los huevos de Pablo mientras Sofía lo cabalgaba.

La lengua de la novia rozaba el coño de la prima cada vez que esta subía y bajaba.

Las dos mujeres se miraron. Hubo un segundo de odio puro…

y entonces Sofía se inclinó hacia adelante, agarró a Olga por el cabello y le plantó un beso sucio, profundo, compartiendo el sabor de la verga de Pablo.

Yo me coloqué detrás de Olga, le levanté lo que quedaba del vestido de novia y me la ensarté de un solo golpe.

—¡AAAAHHH!

La follé con saña mientras ella seguía lamiendo y besando a Sofía. A un lado, Mónica se había puesto a cuatro patas y Arturo, el perro agradecido, la penetraba por detrás mientras le lamía la espalda y le susurraba “gracias, mi amor… gracias por dejarme…”.

Gerardo seguía destrozándole el culo a la tía Cecilia, quien a su vez se había puesto a chupar el coño de Mónica en un triángulo de cuerpos sudados.

La habitación era un solo organismo de carne y fluidos.

Sofía aceleró el ritmo sobre Pablo. El novio, todavía perdido en su borrachera, agarró las caderas de su prima con torpeza y empezó a embestirla desde abajo.

—Olga… me voy a correr… mi amor… dentro…

—¡No! —gritó Olga, pero yo le di una nalgada brutal y la obligué a seguir lamiendo.

Sofía se inclinó más, casi acostándose sobre el pecho de Pablo, y le susurró al oído con voz ronca:

—Córrete, primo… perdón… Pablo… lléname el coño de leche… créeme que soy tu esposa…

Pablo gruñó, arqueó la espalda y se vació dentro de Sofía con sacudidas violentas.

La mocosa gritó de placer, contrayéndose alrededor de la verga de su primo, corriéndose al mismo tiempo.

Un hilo de semen blanco empezó a escurrir por el borde de su coño y cayó directamente sobre la lengua de Olga (la esposa oficial) que lo lamió sin vacilar.

Yo sentí que llegaba al límite. Saqué la verga del coño de Olga, la giré bruscamente y se la metí por la boca hasta la garganta.

—Traga, puta. Traga lo que le queda a tu marido en la lengua de tu prima.

Olga ahogó un gemido y empezó a chupar con desesperación.

Me corrí profundamente en su garganta, sujetándole la cabeza con ambas manos, obligándola a tragar cada gota.

Cuando terminé, la solté. Ella cayó de espaldas sobre la alfombra, tosiendo, con la leche escurriéndole por la comisura de los labios.

Gerardo se corrió en el culo de Cecilia con un gruñido animal. Arturo, después de varios minutos de embestir a Mónica como un perro en celo, se vació dentro de ella sollozando de gratitud. Mónica se corrió también, apretando las sábanas, mirándome con ojos de adicta.

Sofía se bajó lentamente de Pablo. La verga del novio, ya flácida y brillante de fluidos, quedó descansando contra su muslo. Sofía se arrodilló junto a Olga y, sin que nadie se lo ordenara, le lamió la boca, compartiendo el semen de Pablo y el mío.

—Ahora sí somos familia de verdad —susurró la mocosa.

Olga no contestó. Solo la miró con una mezcla de odio, celos y una rendición profunda.

Me puse de pie. Me abroché el pantalón con calma.

Observé el panorama: cuerpos desnudos, sudados, manchados de semen y lubricación; el vestido de novia hecho jirones; Pablo roncando otra vez, ajeno a que su prima acababa de ordeñarle los huevos creyendo que era su esposa; Arturo lamiendo el semen que escurría del coño de Mónica como el perro agradecido que ahora era.

—Limpien esta mierda antes de que el pelmazo despierte —ordené con voz fría—. Gerardo, lárgate. Arturo, ponte el uniforme y llévate a las perras a sus casas. Las quiero fuera de este hotel en diez minutos.

Me ajusté los gemelos, me puse el saco y caminé hacia la puerta. Antes de salir, miré una última vez a Olga, todavía en el suelo, con la boca hinchada y los ojos vacíos de cualquier ilusión de pureza.

—Feliz luna de miel, cuñadita.

Cerré la puerta detrás de mí.

De momento, con el harem que he conformado hasta hora, me gusta pensar que Olga mi cuñada, Mónica la esposa de mi chofer, Cecilia la mujer de mi tío, y Sofía mi prima rebelde… son mías.

Las putas de Renzo.