10. LA SUITE NUPCIAL #3
Las tres mujeres se quedaron paralizadas en la entrada, presenciando la magnitud de la escena.
Yo estaba ensartado en el coño de Olga por detrás, hundiendo mis veintidós centímetros, mientras la novia de blanco, a cuatro patas, le mamaba la polla a su marido inconsciente en el sillón de su propia luna de miel.
«Bienvenidas al degenere, perras», pensé, sonriendo ampliamente, deteniendo mis embestidas para clavarles la mirada a todos los presentes.
—Buenas noches, familia —les hablé en voz alta, manteniendo un ritmo constante, bombeando el cuerpo de la novia—. Bienvenidos a la verdadera recepción de la boda.
Las rodillas de Arturo fallaron de inmediato.
Soltó el asa del carrito de servicio. Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra fina, tapándose la boca con ambas manos, emitiendo sollozos ahogados, asfixiándose en su propia miseria al ver la destrucción total de cualquier valor humano en esa habitación.
Mónica soltó una exhalación pesada, casi un bufido.
Sus ojos castaños recorrieron el cuerpo semidesnudo de Olga, deteniéndose en el tul manchado y en los labios rojos de la novia succionando la verga ajena.
La chispa de los celos rabiosos le incendió la mirada.
Se quitó los tacones de un tirón, aventándolos a un lado.
—Pensé que la noviecita virginal estaría allá abajo bailando el vals con sus tías —siseó Mónica, caminando hacia nosotros, cruzándose de brazos, mirándonos desde arriba con una altivez cargada de veneno—.
Pero te encanta tragar saliva de borracho mientras te dilatan el culo por detrás, ¿verdad? Eres una zorra asquerosa, Olga.
Olga escupió la verga de Pablo con un sonido húmedo. ¡Slop! Giró la cabeza hacia atrás, clavándole sus ojazos verdes a Mónica. Respiraba por la boca, escurriendo furia.
—¡Cállate el puto hocico, arrimada de mierda! —le ladró Olga, enseñando los dientes—. ¡Yo soy la novia! ¡Tú eres la pinche esposa del chofer! ¡Lárgate de mi suite!
Mónica dio un paso al frente, alzando la mano, dispuesta a soltarle una bofetada a la mocosa de veinticuatro años.
Detuve mis embestidas de golpe. Saqué mi verga del coño de Olga.
¡Squish!
Me paré erguido, ajustándome el cinturón, clavándoles una mirada gélida que las hizo retroceder a ambas.
—¿Hasta cuándo van a entender que las cuatro son mis putas, y que si yo me fornico a una, la otra no tiene por qué andar con celos pendejos? —les rugí, con una voz profunda que cortó el aire de la suite—. Mónica. Sube a la cama. Desnúdate.
Mónica tragó saliva. El miedo a mis represalias pulverizó su orgullo de amante veterana.
Se bajó el cierre del vestido burdeos, dejándolo caer a la alfombra.
Llevaba una tanga minúscula negra. Metió los pulgares por los costados y se la arrancó, quedando completamente desnuda, exhibiendo sus inmensas carnes, sus tetas voluptuosas y su entrepierna empapada.
Se trepó al colchón de la cama King Size gateando como un animal dócil.
—Olga, sube a la cama junto a ella —le ordené a la novia.
Olga se levantó del suelo, acomodándose el corsé blanco desabrochado, arrastrando el tul manchado, y subió gateando hasta quedar hombro con hombro al lado de Mónica.
—Mónica asegura que es la hembra con la mejor técnica para mamar polla de esta ciudad —les hablé, acercándome al borde del colchón, desabrochándome la camisa blanca—.
Olga, sin embargo, afirma que su boca supera a cualquier veterana en el arte de la felación.
Pues llegó el momento de desmostarlo. Me lo van a demostrar en este instante.
Chupen mi verga. Las dos al mismo tiempo. Compartan.
Las dos enemigas cruzaron miradas de odio fulminante. La tensión entre ellas era eléctrica, pero la adicción a mi dominio gobernaba sus mentes.
Ambas se inclinaron hacia mi entrepierna. Mónica tomó la base de mi miembro, lamiéndome los testículos con una habilidad devota. Olga abrió la boca y engulló la cabeza de mi polla, succionando con una fuerza descomunal.
¡Slurp, slop, slurp!
El sonido duplicado de sus bocas mamándome formaba un concierto asquerosamente perfecto.
Sus mejillas chocaban entre sí. Intercambiaban babas, compartían el sabor de mis fluidos, compitiendo furiosamente para hacerme gemir.
Mónica le jalaba el cabello negro a Olga disimuladamente para apartarla, y Olga le clavaba las uñas acrílicas en el muslo a la esposa del chofer.
Peleaban como hienas hambrientas por el mismo pedazo de carne.
Giré la vista hacia el otro lado de la habitación, cruzándome de brazos, respirando con calma.
Cecilia y Sofía seguían de pie cerca del carrito de champán.
La tía madura se pasaba la lengua por los labios, evaluando la orgía con la experiencia de una depredadora.
La hija joven, en cambio, temblaba visiblemente, frotándose los brazos pecosos, presenciando el colapso absoluto de todas las figuras de autoridad femenina de su entorno.
—Tía Cecilia —la llamé, apuntándola con el dedo índice—. Desviste a tu hija. Enséñale cómo se preparan las mujeres de esta familia.
Sofía dio un paso atrás, aterrada, chocando contra la pared de madera.
—Mamá... por favor... no... —sollozó Sofía, negando con la cabeza, aferrándose a la tela de su vestido.
Cecilia avanzó hacia ella con pasos firmes. El incesto y la depravación ya gobernaban su mente madura. Agarró a su hija de los hombros con fuerza y la giró bruscamente.
—Obedece al semental de esta familia, Sofía —le siseó Cecilia al oído, bajándole el cierre del vestido de dama de honor de un solo jalón—. Si quieres ser una mujer en este mundo, tienes que abrir las piernas para el macho alfa. Deja de ser una inútil reprimida.
Cecilia desnudó a su propia hija en cuestión de segundos, arrancándole el vestido y la ropa interior de algodón. Mi prima Sofía quedó completamente desnuda, temblando de miedo y calentura frente a mis ojos, con los pezones rosados duros como diamantes.
Luego, Cecilia se deshizo de su propio vestido esmeralda. Las dos, madre e hija, exhibieron sus cuerpos desnudos; la madurez voluptuosa contrastando brutalmente con la juventud firme y pecosa de mi prima.
Gerardo aprovechó su momento. Agarró a la tía Cecilia por la cintura, la tiró sobre la alfombra persa, la puso a cuatro patas y empezó a follársela ahí mismo, bombeándola como un animal salvaje.
¡Plaf, plaf, plaf!
—¡Aaaah, métemela toda, cabrón! —aullaba la tía Cecilia, recibiendo los embates del analista, aplastando sus tetas contra el suelo—, ¡ay, cómo me encantan las vergas de colágenos!
Yo por mi parte, saqué mi verga de las bocas de Mónica y Olga, dando un paso atrás.
—Suficiente calentamiento —anuncié, agarrando a Sofía del brazo y aventándola sobre el colchón de la cama King Size, justo al lado de las otras dos mujeres—. Sofía, ponte a cuatro patas.
Me acerqué a la orilla de la cama. Acomodé mi miembro en el coño de mi prima pecosa y me la ensarté de un solo golpe.
—¡AAAAHHH! —aulló la mocosa, clavando las uñas en las sábanas de seda blanca, encogiendo los dedos de los pies.
La bombeaba con furia, machacando su juventud, escuchando sus gritos de dolor transformarse velozmente en gemidos roncos de puro placer.
Atrás de mí, Mónica y Olga, obedeciendo el mandato de mis miradas previas, se enredaron en besos asquerosos, acariciándose los pechos mutuamente sobre las sábanas, mientras Pablo roncaba en el sillón de enfrente, ajeno a todo.
Y entonces, miré a Arturo.
El chofer seguía arrodillado junto al carrito de servicio, sollozando, abrazándose el estómago, aplastado por su propia castración mental y física, vestido con su traje gris de empleado barato.
Detuve mis embestidas en el coño de Sofía por un segundo. Mantuve mis manos apoyadas en las caderas de la muchacha.
—Arturo. Levántate, cabrón —le ordené.
Arturo se levantó temblando. Tenía la cara bañada en lágrimas y mocos. Caminó arrastrando los pies hasta pararse a escasos centímetros de la cama King Size.
—Te has portado muy bien, perrito —le dije, mirándolo con absoluto desprecio—.
Te aguantaste los cuernos, has sido un chofer abnegado, y has visto con admiración cómo tu mujer le abría las piernas a mi hermano, a Gerardo y a mí.
Hoy aprenderás, que cuando hacen lo que les pido, como amo puedo ser muy misericordioso.
Así que hoy verás cómo te doy un premio. Mónica, dame la puta llave.
Mónica detuvo sus caricias con Olga. Sorprendida, buscó en el pequeño bolso negro que había dejado sobre la cama y sacó una pequeña llave metálica. Me la entregó en la mano.
Tomé la llave y se la arrojé a Arturo. El metal chocó contra su pecho y cayó a la alfombra.
—Quítate el candado, inútil —le ordené, cruzándome de brazos.
Arturo, con las manos temblando de una forma incontrolable, se desabrochó el cinturón y bajó el cierre del pantalón gris. ¡Zzzzt! Buscó el candado de la jaula de castidad entre sus ingles, metió la llave y la giró con torpeza.
¡Clack!
La jaula de acero se abrió y cayó a la alfombra con un golpe sordo.
La verga de Arturo saltó hacia afuera. Estaba morada, hinchada, repleta de marcas de presión y sumamente sensible por los días de encierro forzado.
Al contacto con el aire acondicionado de la suite, el chofer soltó un gemido de alivio doloroso.
—Mi querida Olguita —le hablé a la novia, señalando la entrepierna del chofer con un movimiento de cabeza—.
Arturo aguantó mucha mierda manejando para que los negocios de la empresa prosperaran, negocios que financiaron este puto hotel donde tú estás hospedada.
Además… su mujer se cogió a tu ahora marido…
me parece que deberías de devolver el favor…
Ven, cuñadita, chúpale la verga a mi chofer. Es su premio de consolación.
Olga abrió los ojazos verdes, escandalizada. Se incorporó sobre el colchón.
—¿Qué? ¿Yo? ¡Pero Renzo, es el puto chofer! —se quejó la novia, indignada por la mezcla de clases sociales, aferrándose al corsé blanco.
Di un paso hacia ella y le agarré el cabello negro con fuerza.