10. LA SUITE NUPCIAL #2
Caminé hacia los elevadores del hotel, anticipándome a ella.
Subí al último piso. La suite presidencial era un palacio.
Alfombras persas, paredes forradas de madera fina, un ventanal inmenso con vista a los jardines iluminados de la hacienda y, en el centro de la recámara principal, una cama King Size con sábanas de seda blanca, cubierta de pétalos de rosa formando un estúpido corazón.
Dejé la puerta entreabierta. Me quité el saco del frac, aflojé mi moño negro y me serví un trago de la botella de champán de cortesía que descansaba en una hielera de plata.
Menos de tres minutos después, la puerta se abrió por completo.
La puerta se abrió por completo.
Olga entró a la suite, giró el picaporte y cerró con seguro detrás de sí.
Apoyó la espalda contra la madera fina, respirando agitadamente. El inmenso vestido blanco de novia abarcaba gran parte del pasillo. Su mirada recorrió la cama cubierta de pétalos, las copas de cristal preparadas sobre la mesa y se detuvo directamente en mi bragueta.
—Estás completamente loco, Renzo —jadeó Olga, caminando hacia mí, arrastrando la pesada cola de encaje sobre la alfombra persa—. Exigirme subir a la suite de mi propia luna de miel, a la mitad de mi puto banquete. Pablito me espera allá abajo para bailar el vals.
—Pablito está sumamente ocupado ahogándose en alcohol para celebrar que por fin es el dueño absoluto de su princesa —le siseé, dando un paso al frente, acortando la distancia entre nosotros—.
Y tú estás aquí porque te hierve la sangre de ganas de que yo manche estas sábanas de seda con mi leche antes de que tu amado maridito las toque.
Olga soltó una carcajada sucia, histérica, carente de cualquier pudor. Agarró las solapas de mi camisa y pegó su cuerpo al mío.
—Tienes toda la puta razón, cuñado —ronroneó, restregando su pelvis forrada en tul y pedrería contra mi entrepierna—.
Estaba sentada en esa mesa central, viendo cómo la gorda de Mónica se te restregaba como gata en celo, y me daban ganas de arrancarle los ojos.
Te recuerdo que esta noche yo soy la principal de esta fiesta, porque yo soy la novia, así que merezco más consideraciones.
Y te exijo que me cojas ahorita mismo en mi cama matrimonial.
Le agarré la mandíbula con una sola mano, apretando el hueso con dureza, obligándola a levantar el rostro.
—A mí nadie me exige nada, zorra —le gruñí, mirándola fijamente a los ojos verdes—. Tú obedeces. Y si quieres que te desbarate el útero en esa cama, primero vas a demostrarme tu obediencia.
La empujé con fuerza hacia el centro de la recámara. Olga tropezó con los inmensos faldones de su propio vestido blanco, cayendo de rodillas directamente sobre la alfombra, justo al pie de la cama King Size.
—Sácamela —le ordené, parándome frente a su rostro, abriendo las piernas.
Olga levantó la vista. Sus pupilas brillaban con una lujuria perversa. Llevó sus manos enguantadas en encaje blanco hacia mi pantalón de vestir y bajó el cierre metálico. Metió los dedos y sacó mi verga venosa, dura como el acero, palpitando de pura adrenalina.
Entonces ella abrió los labios carnosos, pintados de un rojo carmesí, y tomó la cabeza de mi miembro, metiéndoselo hasta el fondo de la garganta.
¡Slurp, slop, slurp!
El sonido húmedo de su succión inundó la suite presidencial.
La nueva esposa de mi hermano, ataviada en seda carísima y perlas, me mamaba la polla con una devoción religiosa.
Sus manos acariciaban mis testículos por debajo de la tela, exprimiendo cada gramo de placer, atragantándose a propósito para demostrarme su técnica y superioridad sobre cualquier otra hembra.
La agarré de la cabeza y empecé a bombearle la boca con un ritmo brutal.
—¡Trágatela toda, perra! —le exigía, empujando mi pelvis, viendo cómo sus ojos verdes lagrimeaban por la falta de oxígeno—. ¡Lustra la verga del hombre que manda en tu vida!
Cuando sus jadeos se volvieron ahogados, la levanté del suelo jalándola por los brazos. La aventé directamente sobre la cama.
El impacto destrozó el estúpido corazón de pétalos de rosa. Olga quedó despatarrada sobre las sábanas de seda blanca. Agarré la inmensa falda del vestido de novia y se la subí de un solo tirón hasta el pecho, enrollando el tul alrededor de su cintura.
Llevaba el mismo liguero blanco de anoche. Su entrepierna desnuda brillaba de humedad. Sus labios vaginales estaban hinchados, rosados, latiendo de excitación extrema.
Me acomodé entre sus muslos, agarré sus tobillos y empujé sus rodillas contra su propio pecho, abriéndola de par en par. Acomodé la cabeza de mi miembro en su entrada resbaladiza y me la ensarté entera de una estocada demoledora.
—¡AAAAHHH, SÍ, MIERDA, SÍ! —aulló Olga, aferrando sus manos a las sábanas, arqueando la cintura.
Empecé a follarla con una lujuria. Mis embestidas eran largas, profundas, machacando su cérvix, sacándole el aire con cada impacto.
¡Plaf, plaf, plaf!
El sonido de mi pelvis chocando contra sus nalgas y los resortes del colchón carísimo marcaba el ritmo de la herejía.
—¡Aprende tu lugar, novia de mierda! —le gritaba, dándole nalgadas sonoras sobre la piel pálida. ¡Zas, zas!
—¡Qué rico, qué rico, así, así, Renzo, ensártamela todaaa! ¡Tu hermano es un inútil, tú eres mi verdadero semental! —bramaba ella, desquiciada, moviendo las caderas para ensartarse más profundamente en mi polla, escurriendo fluidos que empapaban la seda blanca de la cama.
En ese momento exacto, el plan escaló de nivel. Escuché el sonido de la puerta principal de la suite abriéndose.
Había dejado la puerta sin seguro a propósito al llegar. Gerardo, mi cómplice analista, entró a la recámara arrastrando un bulto pesado por los hombros.
Era Pablo.
Mi hermano menor, estaba sumido en un coma etílico monumental.
Llevaba el frac desabrochado, la corbata aflojada y la cabeza colgando hacia el pecho, babeando un hilo espeso por la comisura de la boca.
La mezcla de su euforia desmedida por la celebración y los whiskys dobles consumidos a ritmo récord lo habían derrotado por completo.
Apestaba a alcohol y a una derrota que él ni siquiera imaginaba.
Gerardo arrastró a Pablo hasta el inmenso sillón individual ubicado frente a la cama King Size y lo dejó caer ahí. El cuerpo de mi hermano se desparramó en los cojines. Sus ronquidos llenaron el ambiente de inmediato.
Gerardo me miró, me hizo una seña militar con la mano, sonrió con sorna, y salió de la suite para ir a buscar al resto del elenco a los elevadores.
Olga giró la cabeza sobre las sábanas, apartando el velo blanco de su rostro, y clavó los ojos en el cuerpo desmayado de su esposo.
Cualquier mujer decente habría llorado de culpa, se habría cubierto el cuerpo y habría intentado despertar al hombre de su vida.
Olga hizo exactamente lo contrario.
La perra miró el cuerpo inerte de Pablo y soltó una risita repleta de morbo. El morbo de estar siendo follada brutalmente por el hermano de su reciente esposo, justo frente al esposo en su propia noche de bodas, la catapultó a la demencia total.
Me detuve un segundo, sacando mi verga de su interior con un sonoro ¡squish!.
—Ve a saludar a tu marido, zorra —le ordené, apuntando al sillón de cuero.
Olga se bajó de la cama, arrastrando el inmensísimo vestido de novia arrugado y manchado de fluidos. Caminó a gatas por la alfombra persa hasta llegar a las rodillas de Pablo. Mi hermano continuaba roncando, ajeno al mundo, respirando con la boca abierta.
Olga le desabrochó el cinturón a su novio y le bajó el cierre del pantalón de frac. ¡Zzzzt! Metió la mano enguantada en encaje y sacó la verga de Pablo. El miembro de mi hermano estaba completamente flácido, encogido por la cantidad de alcohol en su sangre.
—Míralo, Renzo. Míralo nada más —se burló Olga, agarrando la polla blanda de su marido y mostrándomela—. Ni siquiera en la suite de su luna de miel reacciona. Es un puto fracaso.
Olga abrió la boca y empezó a lamer la cabeza del miembro de Pablo.
¡Slurp! Lo chupaba, lo masajeaba con la lengua, tragando saliva ruidosamente, intentando provocarle una erección a la fuerza.
Pablo soltó un gruñido dormido, moviendo la cabeza hacia un lado, hundido en la inconsciencia.
La verga de mi hermano se levantó apenas un milímetro, logrando una semi-erección sumamente patética.
Olga me miró desde el suelo, con la polla de su marido metida en la boca, succionando con los labios pintados de rojo, mirándome con esos ojos verdes desquiciados.
La escena me encendió la sangre a niveles peligrosos. Me bajé de la cama, caminé hacia ella y me paré justo detrás de su cuerpo inclinado.
Agarré sus caderas firmes, levanté la falda de tul blanco, y me ensarté en su coño empapado por detrás, mientras ella seguía arrodillada frente al sillón de Pablo.
—¡Aaaah, mierda! —gritó Olga, sacando la verga de Pablo de su boca, arqueando la espalda para recibir mis embestidas.
¡Plaf, plaf, plaf!
La estaba follando por detrás, azotando mis huevos contra sus nalgas blancas, mientras ella le babeaba la verga a su marido desmayado.
—¡Chúpale la verga al pelmazo mientras te rompo el coño! —le exigía, agarrándola del cabello negro, empujándola hacia el regazo de Pablo—. ¡Sácalo de su miseria!
Olga obedeció, gimiendo roncamente, lamiendo el miembro semi flácido de mi hermanito al mismo tiempo que mi verga gruesa le desbarataba las paredes internas de la vagina. Era la humillación máxima. La destrucción total del sacramento del matrimonio ejecutada en la suite presidencial.
Pasaron varios minutos cuando la puerta de la suite volvió a abrirse de golpe.
Y allí estaban mis otras putas.
Gerardo lideraba el grupo. Detrás de él venía Mónica, luciendo su vestido burdeos. Luego la tía Cecilia, imponente en su atuendo verde esmeralda. Y mi prima Sofía, vistiendo su sedoso vestido de dama de honor.
Y cerrando la marcha, empujando un carrito de servicio de metal lleno de botellas de champán, venía Arturo. El chofer cornudo llevaba su traje gris arrugado.