Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 10. LA SUITE NUPCIAL
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10. LA SUITE NUPCIAL

El banquete en la Hacienda Los Arcos transcurría con una monotonía asfixiante, disfrazada de elegancia de alta sociedad.

Los meseros de guantes blancos desfilaban entre las mesas sirviendo cortes de carne de importación, mientras una orquesta de cámara tocaba melodías clásicas que adormecían a los invitados.

Yo me recargué en el respaldo de mi silla tallada, crucé las piernas y esbocé una sonrisa cínica, mirando a la multitud desde mi posición privilegiada en la mesa de honor.

Mónica se acercó a la mesa, regresando de su visita a los sanitarios.

Su caminar lucía infinitamente más suelto.

Ya daba pasos firmes, olvidando la rigidez que mantuvo durante toda la ceremonia religiosa.

Se sentó a mi lado, acomodándose el vestido burdeos, y deslizó su mano discretamente por debajo del inmenso mantel de tela blanca.

Sentí sus dedos fríos tocar mi muslo. Luego, deslizó un objeto metálico directamente en el bolsillo de mi pantalón de frac. El tapón de acero inoxidable chocó contra mis llaves.

¡Clink!

—Trabajo terminado, mi amor —me susurró Mónica al oído, fingiendo acomodarme la solapa del saco ante la mirada de los comensales vecinos—. Siento el agujero latiendo, completamente dilatado. Y tengo unas ganas asquerosas de que me metas la verga ahí mismo.

Agarré su muslo por debajo de la mesa, clavándole los dedos en si piel hasta hacerla dar un respingo en su silla acolchada.

—Te vas a aguantar, perra —le contesté por lo bajo, mirándola fijamente a los ojos castaños—. Ahora mismo soy un familiar ejemplar. Muestra los dientes y sonríe para los putos fotógrafos.

En ese instante, Arturo apareció junto a nuestra mesa. El gerente fracasado llevaba un chaleco negro ajustado y sostenía una botella de champán envuelta en una servilleta de tela. Lo habían asignado como mesero personal de la mesa de honor. Sus manos temblaban visiblemente.

Se inclinó para servir el líquido espumoso en mi copa. El cristal chocó contra el pico de la botella.

¡Clack!

—Sirve bien, inútil —le siseé, asegurándome de que solo él y su esposa escucharan—.

Mónica me acaba de entregar el tapón de metal.

Trae el culo dilatadísimo y escurriendo.

Más te vale que tengas tu jaula bien cerrada, porque hoy en la noche la voy a desbaratar a cogidas y tú vas a limpiar el desastre.

Arturo asintió. Apretó los labios, conteniendo los insultos que sea que quisiera darme, y pasó a servirle a su propia esposa, bajando la mirada hacia el mantel blanco, humillado hasta la médula de los huesos.

Solté la pierna de Mónica y me levanté de la mesa. Decidí dar un recorrido por el salón para inspeccionar el lugar. Caminé hacia la mesa número tres, donde estaba sentada la familia de mi tío Max.

El cornudo aplaudía al ritmo de la orquesta, embutido en ese chaleco de rombos espantoso, bebiendo agua mineral con hielo.

A su lado, la tía Cecilia cruzaba las piernas, balanceando un tacón, exhibiendo una sonrisa de depredadora al verme acercar.

Y junto a ella, Sofía mantenía la mirada clavada en la pantalla de su celular, aislada del mundo, intentando recuperar su fachada de rockera inalcanzable.

Me paré justo detrás de ,mi prima Sofía. Puse mi mano derecha sobre su hombro pecoso, apretando el hueso con una fuerza calculada, inmovilizándola contra el asiento.

Sofía dio un salto en la silla, soltando el celular sobre la mesa de cristal.

¡Clack!

—Te veo muy tensa, primita —le dije, inclinándome hasta que mi boca quedó a milímetros de su oreja, oliendo su perfume a vainilla mezclado con su sudor corporal—. Deberías disfrutar la fiesta de tu primo. La noche apenas comienza.

Sofía volvió a tragar saliva. Sus manos empezaron a temblar sobre su regazo. El recuerdo de mi verga rellenándole el coño en el sillón de mi departamento la noche anterior le desfiguró la actitud de mocosa ruda.

—Déjala, Renzo —intervino Max, dándome una palmada amistosa en el brazo, ignorante del infierno depravado en el que vivía su familia—. Anda de mal humor, detesta los vestidos elegantes y las fiestas. Ya sabes cómo son las chicas de ahora.

—Claro, tío Max. Las mujeres modernas necesitan mucha disciplina para aprender a comportarse —le respondí, clavándole los ojos a su esposa Cecilia.

La tía madura se pasó la lengua por los labios pintados de rojo carmesí, asimilando el mensaje a la perfección. Le di un último apretón al hombro de Sofía, dejándole los dedos marcados, y continué mi camino hacia la inmensa mesa central.

Ahí, la farsa continuaba su curso.

Olguita recibía las felicitaciones de tías y abuelas con una sonrisa angelical, asintiendo dócilmente. Llevaba el vestido blanco impecable, el mismo vestido que ocultaba la bala vibradora apagada en su interior. La muy zorra dominaba el arte del engaño con una maestría despampanante.

Y junto a ella, mi hermmanito. Pablo lucía un frac a la medida, irradiando una euforia etílica inocultable.

Sostenía un vaso de whisky en la mano derecha, dándole tragos largos, riendo ruidosamente de los chistes de sus contratistas.

El alcohol estaba potenciando su inmensa alegría, celebrando que por fin era el dueño absoluto de la mujer de sus sueños.

Me acerqué a él.

—Pablito —le dije, apoyando una mano firme en su hombro, apretándole el músculo con camaradería—. Veo que ya vas encarrerado, cabrón. Es tu boda, y te estás tomando la barra tú solo.

Pablo se giró hacia mí con una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos estaban inyectados en sangre, nublados por los primeros estragos de la borrachera festiva. Me miró con un orgullo que me dio asco.

—¡Hermano! —exclamó Pablo, arrastrando las sílabas, pasándome el brazo por los hombros con brusquedad—.

Me siento en la cima del mundo, de verdad.

Te juro que hoy dejé todo lo malo atrás.

Esa culpa estúpida que cargaba por lo que pasó en la despedida esa...

ya fue, cabrón. Hoy empiezo una vida en blanco.

Olga es una princesa, mi princesa, y la voy a hacer la mujer más feliz del planeta.

Le sonreí, dándole unas palmadas en la espalda, asimilando su patética declaración de victoria.

—Esa es la actitud, hermano —le contesté, adoptando un tono cómplice—. Lo que pasó, pasó. Eres un hombre nuevo. Mírala, Olga te adora. Tómate otro trago, cabrón, y disfruta tu noche. Hoy te toca ser el rey.

—¡A huevo, Renzo! —asintió Pablo, chocando su vaso contra el mío, derramando un poco de licor sobre el mantel—. Le voy a dedicar mi vida entera a mi niña. Salud por eso, hermano. Siempre estás para apoyarme.

Mi hermano se empinó el vaso de whisky, vaciándolo de un solo golpe.

¡Glup, glup!

El líquido ámbar bajó por su garganta, acercándolo un paso más al abismo de la inconsciencia. Lo dejé ahí, felicitándolo por su inmensa y ciega felicidad, y continué mi recorrido.

Necesitaba organizar el clímax de la noche. Y es que esta noche pedía un escenario a la altura de mi depravación.

Caminé hacia el lobby principal de la hacienda, conectado directamente con el complejo hotelero Los Arcos Suites. La recepción del hotel estaba vacía, salvo por un empleado joven detrás del mostrador de caoba.

Me acerqué, sacando un billete de cien dólares de mi cartera, doblándolo discretamente entre mis dedos.

—Buenas noches —le dije al recepcionista, clavándole una mirada autoritaria—.

Soy Renzo, el hermano del novio. Y también el padrino.

Pablo dejó olvidada una caja con un regalo sorpresa para la novia en la suite nupcial.

Me pidió que subiera a prepararlo antes de que ellos terminen el banquete. Dame una copia de la llave.

El empleado dudó una fracción de segundo, mirando la pantalla de la computadora.

—Señor, las políticas del hotel indican que los huéspedes registrados son los únicos autorizados...

Deslicé el billete sobre la madera pulida, deteniéndolo justo frente a sus manos, e incliné el torso hacia adelante, invadiendo su espacio.

—Las políticas del hotel aplican para la perrada, muchacho. Yo pagué la mitad de este puto evento. Dame la tarjeta magnética ahora mismo, o mañana te busco un trabajo nuevo recogiendo basura en mis obras.

El recepcionista tragó saliva. Agarró el billete con un movimiento rápido, tecleó unos comandos en su monitor y codificó una tarjeta de plástico blanco.

¡Clack!

—Suite presidencial, señor. Último piso, al fondo del pasillo —indicó, entregándome la llave con manos temblorosas.

Agarré la tarjeta. El pase directo a la blasfemia total.

Regresé al salón de eventos. Me detuve en una esquina oscura, cerca de las bodegas de licores, y saqué mi celular. Abrí el chat directo con mi cuñadita Olga.

Renzo: «Estaré en la suite nupcial. Último piso. Sube ahora mismo. Trae puesto el vestido de novia. Tienes cinco minutos.»

Levanté la vista. Observé a Olga, sentada en la mesa central, sintiendo vibrar su teléfono sobre sus piernas.

Leyó el mensaje. Su reacción fue inmediata.

Sus ojos verdes se pasearon por el salón frenéticamente hasta encontrarme en la penumbra.

Le esbocé una sonrisa lujuriosa y le mostré la tarjeta blanca del hotel entre mis dedos índice y medio.

Olga se mordió el labio pintado de rojo carmesí. La calentura le desfiguró el rostro angelical. Se puso de pie de inmediato.

—Mi amor, voy a la suite del hotel a retocarme el peinado y cambiarme los zapatos —le anunció a Pablo, tocándole el hombro con delicadeza—. Ahorita regreso para nuestro primer baile.

—Claro que sí, mi princesa. ¡Tómate tu tiempo, que la noche es nuestra! —balbuceó Pablo, sirviéndose su quinto whisky consecutivo, sonriéndole como un verdadero rey de los imbéciles.