Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 9. LA BODA #4
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9. LA BODA #4

Olga dio un respingo, pero no se apartó. Al contrario, echó la cadera ligeramente hacia atrás, frotando su inmenso culo contra la palma de mi mano, validando su naturaleza de puta barata ante los flashes de las cámaras.

—¡Sonrían! —gritó el fotógrafo.

¡Click!

Esa foto quedaría para la eternidad en la sala de la casa de mi hermano, sin que él supiera que la mano del padrino estaba profanando el culo de la novia mientras sonreían como familia feliz.

Miré a mi izquierda. Cecilia y Sofía estaban posando a mi lado. Sofía sudaba frío, cruzando las piernas disimuladamente bajo la tela fina del vestido de dama de honor.

—Ponte derecha, mocosa. A los hombres de verdad no nos gustan las mujeres que se encorvan —le siseé a Sofía por lo bajo, frotando mi pierna contra su cadera, sabiendo que el tapón le estaba estirando el anillo de carne con cada movimiento—.

Hoy en la fiesta me vas a demostrar qué tan obediente eres, a menos que quieras que le cuente a tu padrecito lo de la noche anterior y cómo gritabas pidiéndome más verga.

Sofía asintió mecánicamente, furiosa por la vergüenza, completamente sometida. La rebelde tatuada se había convertido en una ramera obediente que no se atrevía a mirarme a los ojos.

La noche cayó rápidamente. Nos trasladamos a la Hacienda Los Arcos para la inmensa y fastuosa recepción.

El lugar estaba decorado como un palacio, con miles de flores blancas, candelabros, luces cálidas y mesas atestadas de invitados de la alta sociedad y socios constructores de Pablo.

Arturo estacionó la camioneta cerca de la entrada principal.

Bajé del vehículo, ignorando la mirada vacía y patética del chofer emasculado, que seguía siendo torturado por la jaula de castidad.

Entré al salón. La música de la orquesta sonaba fuerte, envolviendo el ambiente en una farsa de romanticismo y pomposidad.

Me senté en la mesa de honor, reservada para la familia directa y los padrinos principales. Estaba en primera fila, dominando el panorama. Desde mi silla de madera tallada, podía observar la pista de baile inmensa.

Mónica, mi esclava sumisa, se sentó a mi lado. Todavía caminaba rígida.

—Por favor, Renzo... déjame ir al baño a quitármelo. No puedo más, me duele el estómago de la tensión y me late el culo —me suplicó Mónica por lo bajo, ocultando su rostro detrás de una copa de vino tinto.

—¿Te quejas? —le respondí con dureza, clavándole los ojos—.

Yo te veo muy a gusto, perra. Pero está bien.

Ve al baño. Quítatelo. Pero te lo guardas en la bolsa.

Y más te vale que regreses con una sonrisa de ramera complacida, porque más al rato tú y yo tenemos asuntos pendientes en las bodegas del salón.

Mónica asintió, visiblemente excitada por la promesa del castigo y aliviada de librarse del metal, levantándose torpemente hacia los sanitarios.

Miré hacia la mesa de los novios. Pablo estaba de pie, brindando con unos contratistas, con la copa en alto y la sonrisa de pendejo que no se le quitaba de la cara. Era el cuadro perfecto del hombre ciego a su propia miseria.

Y sentada en su inmensa silla, pareciendo una reina virgen, estaba Olga.

La novia no prestaba atención a los discursos ni a los brindis largos de los socios.

Su mirada verde cruzó el salón esquivando los centros de mesa y se clavó directamente en la mía.

No había rastro de la inocencia de la mañana.

Me miraba con una lujuria desquiciada, hambrienta, recordando el orgasmo forzado del altar.

Lentamente, y a la vista de cientos de personas que no se daban cuenta de nada, Olga bajó una mano por debajo del inmenso mantel blanco de su mesa.

Pude adivinar perfectamente lo que estaba haciendo.

Se estaba frotando el coño. Se estaba metiendo los dedos por debajo de la inmensa falda de tul y seda, apartando la ropa interior manchada, acariciándose el clítoris en pleno banquete.

Estaba excitada por el simple recuerdo de la vibración intensa que le había destrozado la cordura horas antes en la catedral, y recordando que el responsable de su corrompimiento estaba ahí mismo, mirándola fijamente, evaluando su nivel de putería.

Levantó su copa de champán y, sin dejar de mirarme, rozó el borde del cristal con la lengua, pasándola lentamente en un gesto inequívoco de invitación.

La seducción nocturna apenas estaba comenzando.

Yo había domado a las hembras, había humillado a los hombres, había desvirgado a mi rebelde prima y había convertido a mi tía en una adicta al sexo. Y ahora, en la fiesta de la boda más cara y vigilada del año, me disponía a cosechar los frutos asquerosos de mi poder.

El salón, con sus miles de flores y su música romántica, iba a ser testigo silente de cómo yo terminaba de profanar el alma de cada uno de los invitados que estaban bajo mi control. Empezando por la descarada novia que ya me estaba pidiendo más verga con la mirada.

Yo no era simplemente un invitado en esa mesa. Y esta noche, iba a follarme a la esposa de mi hermano y al resto de mis putas… como si fuera yo el principal protagonista en la noche de bodas…