Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 9. LA BODA #3
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9. LA BODA #3

Llegó al altar. El padre de la novia le entregó la mano de Olga a Pablo. Mi hermano la tomó con una delicadeza abrumadora, besándole los nudillos, llorando abiertamente de amor.

—Te ves preciosa, mi vida —escuché que le decía Pablo, sollozando con devoción.

—Gracias... —balbuceó Olga. Su voz sonó extrañamente grave, ronca, luchando titánicamente por mantener la compostura mientras la vibración constante le ordeñaba los jugos en secreto.

Se hincaron en los reclinatorios acolchados frente al sacerdote.

La ceremonia comenzó. El cura, un anciano de voz pausada y cansada, empezó a recitar el sermón sobre la santidad del matrimonio, sobre la lealtad eterna, la decencia y la pureza del amor frente a Dios.

Las palabras retumbaban en el micrófono. Y con cada frase sobre fidelidad que el padrecito pronunciaba, yo subía un nivel más en la ruleta del control remoto.

Nivel cuatro. Nivel cinco.

¡Zzzzzzzzt!

Olguita, arrodillada frente a la cruz, estaba librando una guerra perdida.

Sus rodillas temblaban visiblemente sobre el reclinatorio de madera.

Mantenía las manos entrelazadas sobre el pecho, pero sus nudillos estaban completamente blancos de la fuerza con la que se aferraba a sus propios dedos.

Su cabeza estaba ligeramente inclinada hacia abajo, fingiendo devoción espiritual.

Miré a Mónica, que estaba de pie a mi lado. Mónica miraba fijamente a la novia, con el sudor escurriéndole por el cuello, dándose cuenta perfectamente de lo que le estaba pasando a Olga, porque ella misma traía el puto tapón ensartado en el culo y la vibración ajena le generaba una envidia malsana.

Eran un par de yeguas domadas y exhibidas.

—"El amor es paciente, es bondadoso..." —decía el sacerdote, leyendo las escrituras.

Subí el control al nivel seis. La máxima potencia. La bala debía estar vibrando con una fuerza descomunal, como un martillo neumático silencioso atacando su clítoris y su punto G, restregándose contra las paredes inflamadas de su sexo.

Olga dejó escapar un jadeo sordo. ¡Ah!

Se tapó la boca rápidamente con la mano enguantada, tosiendo para disimular. Pablo, el buen pelmazo, se inclinó hacia ella, preocupado por su salud.

—¿Te sientes bien, mi amor? ¿Quieres un poco de agua? —le susurró Pablo, pasándole un brazo protector por los hombros blancos.

—No... estoy bien... solo estoy... emocionada —contestó ella, apretando los muslos con tanta fuerza que la inmensa falda del vestido blanco temblorosa como gelatina.

Estaba hirviendo de calentura. La perversidad del acto, el saberse profanada en el recinto más sagrado, a la vista de cientos de personas que la creían una santa, la estaba llevando al borde de un orgasmo fulminante.

Y lo mejor de todo, es que sabía que era yo quien tenía el dedo en el gatillo.

Sabía que su cuñado la estaba fornicando a la distancia mientras ella le daba el "sí" al idiota de su marido.

Llegó el momento cumbre.

El sacerdote hizo una pausa y nos llamó a los padrinos de anillos.

—Por favor, que pasen los padrinos con los símbolos de esta unión —resonó la voz solemne por los altavoces de la catedral.

Me acomodé el saco del frac. Mónica se enganchó de mi brazo, cojeando ligeramente, y caminamos los cinco pasos que nos separaban de los novios. Llevaba la cajita de terciopelo azul en mis manos.

Llegamos frente a ellos. Pablo y Olga se pusieron de pie.

Mantuve el dedo presionado en el control remoto dentro de mi bolsillo, dejando la vibración al máximo y pulsando el botón de ritmo intermitente. ¡Pum... pum... pum!

Abrí la cajita de terciopelo.

Ahí estaban las dos argollas de oro blanco con diamantes incrustados. Las mismas malditas argollas que (una de ellas) menos de doce horas atrás, Olga había ensartado en la cabeza de mi verga para mamármela en la alfombra de mi casa hasta sacarme el último chorro de leche.

Pablo me miró con los ojos anegados en lágrimas, extendiendo la mano para tomar el anillo.

—Gracias, hermano. Gracias por todo —me dijo el ingeniero, con una gratitud que me dio náuseas.

Le entregué el anillo de Olga.

—Para eso estamos, Pablito. Para cuidar lo que es de la familia —le contesté con una voz cargada de un cinismo monumental, mirándolo fijamente a los ojos.

Pablo tomó la argolla y se giró hacia su novia.

—Yo, Pablo, te tomo a ti, Olga, como mi esposa. Prometo serte fiel en las alegrías y en las penas... —empezó a recitar el cabrón, con una voz temblorosa, deslizando el aro de oro por el dedo anular de ella.

Olga estaba pálida. El sudor le perlaba la frente bajo el velo de tul. Su respiración era pesadísima. Y cuando el anillo, el mismo anillo que había rozado mi preseminal y mis venas inflamadas, tocó su piel, la barrera psicológica se rompió por completo.

Apreté el botón de pulsaciones rápidas y brutales. El vibrador en su interior empezó a dar golpes secos, como latigazos eléctricos en su clítoris. ¡Zas, zas, zas!

Olga cerró los ojos con fuerza. Sus labios se separaron, pintados de un rojo tenue.

—¡Mmmh...! —un gemido largo, húmedo y arrastrado, se le escapó de la garganta.

No fue un suspiro de emoción. Fue el sonido gutural de una hembra rindiéndose ante un orgasmo incontrolable.

Las paredes de su vagina se estaban contrayendo violentamente alrededor del plástico morado que traía enterrado en el coño.

Sus rodillas cedieron una fracción de segundo, haciéndola tambalearse hacia adelante.

Pablo la agarró de la cintura rápidamente para que no cayera al suelo de piedra.

—Te tengo, mi amor, tranquila, ya casi terminamos —le dijo Pablo, creyendo que la novia se estaba desmayando de la presión.

—Sí... sí... acepto —jadeó Olga, temblando de pies a cabeza, escurriendo de caldos vaginales que seguramente ya estaban empapando la ropa interior blanca que llevaba puesta, manchando la pureza del vestido que pagó mi hermano.

Agarró el segundo anillo con manos torpes y se lo puso a Pablo en el dedo. Sus manos temblaban de manera espasmódica.

El cura pronunció la bendición final.

—Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre. Puede besar a la novia.

Apagué el vibrador de golpe. El silencio repentino en las entrañas de Olga la dejó jadeando, vacía y completamente domesticada.

Pablo levantó el velo de tul blanco. El rostro de la novia era un poema de depravación escondida.

Tenía los ojos desorbitados, las mejillas encendidas en un rojo fuego y los labios temblando por las secuelas del espasmo.

El pelmazo de mi hermano la besó con una ternura asquerosa, saboreando seguramente el aliento a lujuria que le escapaba por la boca.

La iglesia estalló en aplausos hipócritas.

Mónica, a mi lado, soltó un suspiro de alivio y celos, pero yo le di un apretón en el brazo para recordarle que su castigo anal todavía no terminaba y que no debía relajar el esfínter.

La marcha de salida comenzó. Los novios caminaron por el pasillo central bajo una lluvia de pétalos de rosa y aplausos.

Yo caminé detrás de ellos, sintiendo que el pecho se me inflaba de soberbia.

Había consumado la mayor herejía posible en las narices de todo el mundo.

Había provocado un orgasmo a la novia en el mismísimo altar de la catedral, y el buenito de mi hermano me lo había agradecido con lágrimas en los ojos.

Salimos al atrio de la iglesia. El sol de la tarde nos llegó.

La sesión de fotos comenzó casi de inmediato. Los fotógrafos acomodaron a la familia en las escalinatas de piedra.

—¡A ver, la familia del novio, por favor! —gritó el fotógrafo principal, acomodando su lente.

Me acerqué a la formación. Me acomodé exactamente detrás de la novia. Olga estaba de pie junto a Pablo, sonriendo para la cámara. Aprovechando el caos y el tumulto de la gente acomodándose, deslicé mi mano hacia abajo.

Puse mi mano firme, plana y dura, directamente sobre el culo de Olga, agarrando una buena porción de la inmensa carne que resaltaba bajo el vestido de novia.

Apreté con fuerza, pellizcando la nalga a través de la seda y el tul, marcando mi territorio a escasos centímetros de la espalda de mi hermano.