Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 9. LA BODA #2
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9. LA BODA #2

—¡Renzo, muchacho! —me saludó el tío Max, extendiéndome la mano sudorosa y débil—. Qué elegancia la tuya. Este día es grandísimo para la familia. Estamos muy orgullosos de Pablito.

—Gracias, tío Max. Sí que es un gran día —le contesté, apretándole la mano con fuerza para demostrarle su insignificancia, y giré la cabeza hacia las mujeres—. Tía Cecilia. Primita Sofía. Qué hermosas se ven.

Cecilia me sostuvo la mirada. Sus ojos maduros brillaban con una calentura colosal. Se notaba tensa. Permanecía de pie con las piernas apretadas, moviéndose lo menos posible debido al tapón metálico que le taladraba el recto.

Sofía estaba pálida. La noche anterior la había desvirgado por la concha, le había roto la insolencia a base de estocadas brutales.

Hoy estaba parada frente a su padre, con el culo dilatado por el metal que le ordené introducirse.

Me clavó los ojos con una mezcla de terror profundo y sumisión, desviando la mirada rápidamente hacia el suelo.

—Max, ve a buscar a los acomodadores para asegurar nuestros lugares en las primeras filas —le ordenó Cecilia a su marido, usando esa voz de esposa controladora.

—Sí, mi amor. Ahorita vengo —asintió Max obedientemente, alejándose hacia las puertas de la catedral.

Apenas el cornudo desapareció entre la multitud, di un paso al frente, acortando la distancia entre mi tía y mi prima.

—Están muy calladitas —les siseé por lo bajo, con una sonrisa malvada, acercando mi rostro a ellas—. ¿Les molesta caminar? ¿Les dilata mucho el culo el regalito que les mandé a poner?

Sofía dio un respingo, ahogando un gemido nervioso, cruzándose de brazos, intentando ocultar el temblor de sus manos. Su respiración se volvió errática.

—Renzo, eres un cabrón... —me susurró la tía Cecilia, pasándose la lengua por los labios pintados—. Me arde muchísimo. Permanecí de pie en todo el trayecto. Max casi nota el sudor en mi frente en el carro.

—Te aguantas, perra —le contesté con dureza—.

Quiero la garantía de que, mientras cantes los salmos, recuerdes perfectamente qué verga te rellenó las entrañas anoche.

Y tú, mocosa —me giré hacia Sofía, agarrándola del codo con fuerza—.

Haz una sola pendejada, camina chueco o sácate el tapón en el baño, y te juro que en la fiesta te obligo a mamársela a Gerardo en medio de la pista de baile.

Sofía hizo una mueca, pero asintió con la cabeza, derrotada, con los ojos llenos de lágrimas de vergüenza y de un morbo asqueroso naciendo desde sus entrañas.

—Ya, ya primo, deja de amenazarme que lo traigo bien puesto —balbuceó la mocosa, apretando los muslos bajo la seda—. Me duele... pero te prometo que no se me saldrá.

—Más te vale, ramerita —le dije, frotando discretamente mi pulgar contra su brazo pecoso antes de soltarla—. Compórtense como las damas decentes de sociedad que fingen ser. Eso me pone muy cerdo.

Las dejé sufriendo su propia calentura y me abrí paso hacia la sacristía de la iglesia.

Ahí estaba Pablo.

Mi hermano menor era un manojo de nervios y estrés contenido.

Sudaba a mares dentro de su frac negro. Mi hermanito siempre ha sido un muchacho muy guapo, y estaba orgulloso de él por eso.

Se pasaba las manos por el cabello engominado, repasando mentalmente los votos, rodeado de un par de ingenieros de su constructora que fungían como caballeros de honor.

Al verme entrar, los ojos de Pablo se iluminaron con un alivio genuino. Despachó a sus amigos con un gesto de la mano.

—¡Hermano! Qué bueno que llegas —Pablo se acercó a mí, dándome un abrazo apretadísimo, aferrándose a mi espalda—. Ya no aguanto la culpa... Siento que voy a vomitar.

Me separé un poco, frunciendo el ceño, agarrándolo por los hombros.

—¿Culpa? ¿De qué hablas, Pablito? Estás a punto de casarte con la mujer de tu vida.

Pablo agachó la cabeza. Las lágrimas le brillaron en los ojos. El gran hombre recto, cargaba el peso de la trampa que yo le tendí el día de la despedida.

—Me siento una basura, cabrón —confesó Pablo, con la voz ahogada en remordimiento—. Lo de ese día… en el club... me dejé llevar. No… me siento bien con todo eso.

La confesión me hizo sentir una punzada de culpa.

Sí, aunque no lo crean. Pablo sufría genuinamente por la fidelidad a una mujer que, esa misma noche, me había cabalgaba a centímetros de su cara.

La humanidad de mi hermano, su flaqueza, me hizo agarrarlo de la nuca, atrayéndolo hacia mí, para abrazarlo.

—Ya te dije que los hombres cometemos errores bajo presión, Pablito.

El alcohol te traicionó. Esa rubia hizo su trabajo y tú caíste.

Olga ignorará ese detalle eternamente. Serás el mejor esposo del mundo para ella, cabrón.

Seca esas lágrimas. Demuestra tu hombría o te juro que te voy a dar un puñetazo.

Pablo asintió, secándose los ojos con el dorso de la mano, tomando aire profundamente.

—Tienes razón, Renzo. Le dedicaré mi vida entera para compensarlo. Gracias por estar aquí.

—Siempre cuidaré tu espalda, hermano —le sonreí, palmeándole el hombro con cinismo—… aunque yo te joda por ahí…

—¿Cómo dices, Renzo?

—Nada, nada, Pablín…

—¿Ya llegó Mónica? Recuerda que ustedes nos entregarán las argollas en el altar.

—Iré a buscarla. Prepárate, la marcha inicia en cinco minutos.

Salí de la sacristía y caminé hacia la entrada principal de la inmensa iglesia. Las campanas repicaron con furia. ¡Ding, dong, ding!

La limusina nupcial y los vehículos de la corte estaban llegando.

Arturo detuvo mi camioneta cerca de la escalinata principal. La puerta trasera se abrió, y de ahí descendió Mónica.

Venía enfundada en un vestido de gala espectacular, de un tono burdeos profundo.

Pero sus movimientos eran asombrosamente rígidos.

Caminaba con pasitos cortísimos, apretando las rodillas.

La inmensidad de su culo se movía de una forma torpe bajo la tela.

Sufría. El tapón de acero inoxidable que traía clavado en el recto le impedía caminar con la soltura de una dama de sociedad.

Me acerqué a ella. Arturo, desde el asiento del conductor, nos miraba a través del cristal con los ojos llenos de una miseria incalculable.

Le ofrecí el brazo a Mónica. Ella se aferró a mí como si fuera un salvavidas. Su respiración era pesada, y su frente estaba perlada de sudor frío.

—Estás bellísima, perrita —le susurré al oído mientras entrábamos al atrio, acomodándonos para el desfile—. ¿Se siente bien el plug?

—Eres un cabrón, Renzo... —jadeó Mónica, intentando mantener la sonrisa congelada para los fotógrafos—. Me está estirando muchísimo... siento que me voy a venir aquí mismo nomás con el roce de caminar. Siento el culo latiendo. Piedad, por favor.

—Deberías agradecerme. Es la única forma en la que alguien te calienta el culo, ya que tu marido trae un candado en los huevos —le respondí, pellizcándole la cintura con crueldad.

Mónica cerró los ojos y se mordió el labio. Le excitaba la degradación, y yo lo sabía perfectamente.

La música del órgano tubular de la catedral empezó a sonar, majestuosa, ensordecedora. La marcha nupcial inundaba las bóvedas altísimas del recinto.

Entramos por el pasillo central, caminando con lentitud, sintiendo las miradas de los cientos de invitados.

Yo iba erguido, imponente, mientras Mónica a mi lado luchaba desesperadamente por no gemir con cada contracción de sus glúteos.

Llegamos a las primeras bancas, nos posicionamos cerca del altar, y nos giramos para mirar hacia la entrada.

Todo el mundo se puso de pie.

En la puerta principal apareció ella. La novia.

Olga.

La imagen era sencillamente apocalíptica.

Estaba vestida de blanco inmaculado. Llevaba el mismo vestido de diseñador carísimo que la noche anterior le habíamos bajado hasta la cintura para follárnosla en mi casa.

Mónica había tenido que pasar toda la madrugada recosiendo a mano las costuras de encaje que yo mismo le había roto con mis embestidas frenéticas.

Llevaba un velo larguísimo que le cubría el rostro.

Caminaba del brazo de su padre, avanzando con una lentitud angelical.

Sus manos enguantadas sostenían un ramo de rosas blancas sobre su vientre.

A simple vista, era la estampa perfecta de la inocencia, la pureza encarnada caminando hacia el matrimonio sagrado.

Pero yo sabía la verdad. Yo era el amo de la perrera.

Metí la mano derecha en el bolsillo de mi frac. Mis dedos rozaron la superficie lisa de plástico del control remoto. El pequeño control que gobernaba el vibrador que la novia llevaba clavado en las entrañas, metido en su coño depilado y caliente.

Olga iba a mitad del inmensísimo pasillo. Miraba hacia el frente, hacia donde Pablo la esperaba con lágrimas de emoción en los ojos.

Apreté el botón de encendido y lo deslicé directamente al nivel dos de intensidad.

¡Zzzzt!

El impacto fue instantáneo.

Vi perfectamente cómo Olga dio un pequeñísimo tropiezo, un leve traspié sobre sus tacones blancos. El padre de la novia la sujetó del brazo con más fuerza, creyendo que su hija estaba simplemente nerviosa.

Pero no era nerviosismo. Era el zumbido furioso de la bala de silicona despertando directamente contra las paredes de su vagina empapada.

La respiración de la novia cambió. A través del tul del velo, noté cómo su pecho comenzó a subir y bajar con una frecuencia acelerada, empujando la tela del vestido, intentando contener la avalancha de placer que le subía desde la ingle.

Los inmensos melones que la noche anterior me habían rebotado en el estómago mientras me cabalgaba, ahora temblaban levemente bajo el encaje blanco.

Apreté los dientes, sonriendo por diversión.

Volví a presionar el control. Nivel tres.

El paso de Olga se volvió milimétricamente más rígido.

Veía cómo juntaba los muslos bajo la enorme falda, intentando generar fricción para aliviar la comezón, pero la bala seguía machacándole el punto más sensible.

Las invitadas a su alrededor la miraban con ternura, ignorantes del suplicio erótico que consumía a la futura esposa.