Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 9. LA BODA
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9. LA BODA

Desperté el sábado por la mañana con una resaca de dominación que me sabía literalmente a gloria.

El departamento olía a fluidos, a sudor, a sexo sucio y a secreciones femeninas. Me quedé tumbado boca arriba en mi inmensa cama, estirando los brazos, escuchando el silencio de mi propio hogar tras la monumental orgía de la noche anterior.

La boda profana había sido un éxito rotundo. Las perras habían sido domadas, rellenadas de leche y enviadas a sus respectivas casas a lamerse las heridas y a prepararse para la farsa monumental que iba a tener lugar en unas cuantas horas.

Agarré mi teléfono celular de la mesita de noche con una sonrisa perezosa. La pantalla se iluminó con varias notificaciones pendientes. Antes de levantarme, decidí abrir el WhatsApp para inaugurar formalmente un espacio exclusivo de nosotros.

Creé un grupo nuevo y le tecleé un nombre que definía perfectamente la jerarquía de mi mundo:

«Las mujeres de Renzo».

Añadí a los cuatro contactos principales: Mónica, Cecilia, la mocosa Sofía y la mismísima novia, Olga. Apenas pasaron treinta segundos, el chat empezó a parpadear con los primeros mensajes, reflejando el estado de shock y la calentura residual que cargaban en sus cuerpos.

Renzo: «Buenos días, perras. Quiero un reporte detallado. ¿Cómo amanecieron esos culos después del tratamiento intensivo de anoche?»

El teléfono vibró casi de inmediato con la respuesta de Cecilia.

Tía Cecilia: «Ardiendo, Renzo. Siento pulsaciones. Apenas puedo caminar derecho por la recámara. Max cree que me dio un tirón muscular en el gimnasio ayer por la tarde.»

Mocosa: «Eres un maldito, primo... Me duele todo el cuerpo. Me siento en la silla y veo estrellas. Tengo la entrepierna adolorida y escurriendo.»

Mónica: «Arturo está llorando en la cocina mientras me hace el café. Está destrozado. Sabe que lo humillé anoche. Tengo el trasero palpitando con el tapón que me obligaste a dejar puesto.»

La pantalla volvió a parpadear. Esta vez era la novia, la que en menos de seis horas iba a pararse frente al altar de la catedral vestida de blanco impoluto.

Cuñadita: «Espero que la gorda de Mónica se haya lavado bien el hocico, porque anoche andaba de encimosa.

Yo soy la protagonista hoy, Renzo, no esa arrimada.

Y yo tengo que enfundarme en un vestido de diseñador carísimo que Mónica y Cecilia tuvieron que coser a las apuradas en la madrugada porque me lo rompiste a puras embestidas. Estoy hinchada por dentro, cuñado.»

El puto ego territorial de Olga me encantaba. Sus celos enfermizos hacia Mónica demostraban su adicción a mi verga.

Mónica: «Esta arrimada tiene a tu cuñadito bien contento, niñita. Preocúpate por caminar derecho con el metal en el culo en lugar de ladrar.»

Me reí en voz alta, silenciando su estúpida pelea de gatas escribiendo la siguiente instrucción con el pulgar.

Renzo: «Cierren el hocico las dos. Más les vale que se hayan ajustado bien el corsé y que lleven puesto el regalito de metal que les dejé en el buró.

Tapón anal metálico obligatorio para las cuatro en la iglesia.

Y para ti, Olga... aparte del metal en el recto, te metes la bala vibradora con control remoto en el coño que te compré.

Hoy te vas a casar con mi vibrador taladrándote las entrañas. »

Mocosa: «¿En la iglesia quieres que llevemos el plug anal? ¡Estás enfermo, Renzo! Todo el mundo nos va a ver raro si caminamos apretando las nalgas y con cara de dolor. ¿Y si se me cae en el pasillo?»

Renzo: «Si dejas caer el tapón, primita, te juro que en la recepción te obligo a caminar a gatas por todo el salón sirviéndoles tragos a los invitados con la concha al aire. Solo tienes que apretar el esfínter y punto. Para ti será fácil porque eres virgen del culo»

Tía Cecilia: «A la orden, mi amor... Haré lo que sea para que recuerdes mi cuerpo hoy en la misa.»

Cuñadita: «Yo lo exijo... Ponme el nivel máximo desde que vaya caminando por el pasillo central de la iglesia, Renzo. Quiero sentir que me vengo mientras tu hermanito me espera en el altar. Y quiero que Mónica mire cómo me haces temblar.»

Cuarteto de putas, me eché a reír.

Bloqueé el teléfono, completamente excitado por la lectura de esa sumisión digital.

Me levanté perezosamente. Fui a la cocina, me serví un café cargadísimo y caminé hacia el ventanal de la sala. A lo lejos, las imponentes torres de la catedral de la ciudad ya estaban repicando con fuerza.

¡Ding, dong, ding! Y estas mismas campanadas, más tarde anunciarían el gran evento. El día en que el ingeniero trabajador, el orgullo intachable de mis padres, iba a jurarle amor eterno a una ramera experta en atragantarse con la verga de su cuñado.

Y no me malentiendan. Amo a mi hermano de verdad. Si un cabrón de afuera intentara hacerle daño o robarle un peso en su constructora, yo mismo le rompo las putas piernas y lo hundo en la miseria.

Pablo lleva mi sangre. Pero el sexo, la dominación y el morbo de cogerme a su novia, habita en otra dimensión. El morbo me gobierna. Follarme a su mujer, profanar su boda, emputecer a mi prima y tía, constituye la demostración absoluta de mi jerarquía como macho alfa.

Yo protejo a Pablo del mundo cruel, manteniéndolo en su burbuja de ignorancia, mientras yo disfruto de los placeres oscuros que él jamás tendría los huevos de soportar.

Además, el escenario estaba perfectamente trazado.

Justo a un costado de la Hacienda Los Arcos, el lujoso salón donde se llevaría a cabo la fastuosa recepción nocturna, se encontraba el Hotel Los Arcos Suites, un complejo exclusivo de cinco estrellas donde la familia directa y los invitados más acaudalados se hospedarían.

Las reservaciones ya estaban pagadas. Y por supuesto, la suite nupcial donde los recién casados debían consumar su unión ya estaba lista. Una noche de bodas que, tal como lo tenía planeado, sería interrumpida y profanada por mí antes del amanecer.

Por la tarde me metí a bañar. El agua caliente me relajó los músculos. Mi mente trabajaba a mil por hora, maquinando los detalles de la humillación pública.

El morbo me pedía una continuidad presencial.

Quería el recordatorio físico de quién era el dueño de sus cuerpos hasta en los momentos más solemnes del sacramento.

En este preciso instante, Mónica, Cecilia, la recién bautizada Sofía y la mismísima novia, portaban un tapón anal metálico metido hasta el fondo del intestino.

La imagen mental de esas hembras caminando por el pasillo de la iglesia, apretando las nalgas desesperadamente para retener el metal frío, fingiendo sonrisas de decencia mientras el acero les dilataba el esfínter, me produjo una erección durísima.

Y para Olga, la cereza del pastel. Aparte de su tapón anal, llevaría la bala vibradora vaginal con control remoto guardada en su interior. Una bala que yo operaría desde la primera banca.

Me vestí lentamente. Me acomodé el moño, me ajusté los gemelos de plata en los puños de la camisa y bajé al estacionamiento subterráneo.

La puerta del elevador se abrió. Ahí estaba mi inmensa camioneta negra, encerada y brillante. Y de pie, junto a la puerta trasera, sosteniendo la manija como un sirviente de quinta, estaba Arturo.

El gerente fracasado lucía el traje gris que yo le obligaba a usar.

Tenía unas ojeras monumentales, los ojos hundidos y rojizos, exhibiendo la postura encorvada de un hombre pisoteado hasta dejarlo sin alma.

Su esposa había sido rellenada en la sala de mi casa por mí y por mi analista, él lo había atestiguado todo llorando en una esquina, y la jaula de castidad le pellizcaba los testículos con cada movimiento.

—Buenos días... señor —murmuró Arturo, manteniendo la vista clavada en el concreto del piso, incapaz de sostenerme la mirada.

—Tienes una cara de mierda, Arturo —le solté burlón, deteniéndome a escasos centímetros de su rostro—.

Llevas los ojos hinchados otra vez, y dicho sea de paso, comienzas a aburrirme.

Vas a dejar de sufrir, el día que comiences a disfrutar tu cornudes, así que deja de ser tan estúpido y disfruta de tener una esposa puta, por el amor de Dios.

El chofer suspiró. Los nudillos se le pusieron blancos de tanto apretar la manija de la camioneta. Apretó los labios y guardó silencio. La sumisión era total.

—Espero la puntualidad de Mónica —continué, subiéndome al asiento de piel trasera y acomodándome el pantalón—. Y más le vale al cornudo que eres que hayas supervisado la introducción del regalito de metal por su culo antes de salir de tu casa, tal como lo ordené.

—Sí... señor. Lo traía puesto —balbuceó Arturo, con un hilo de voz patético, cerrando la puerta y caminando torpemente hacia el asiento del conductor.

Arrancó la camioneta. El trayecto hacia la iglesia fue una delicia. Miraba la ciudad pasar, imaginando el espectáculo dantesco a punto de desatarse.

Llegamos a la plaza de la catedral. El lugar estaba atestado de gente. Decenas de invitados con trajes caros y vestidos largos de noche se aglomeraban en el atrio, esperando la llegada de la novia. A los costados, los fotógrafos acomodaban sus cámaras.

Bajé de la camioneta sintiéndome gigantesco. Caminé por la explanada, repartiendo sonrisas hipócritas, saludando a tíos, primos y amigos de la familia que se acercaban a felicitarme por el enlace de mi hermano.

Avanzaba hacia la entrada principal cuando los vi.

El tío Max estaba ahí, embutido en un traje anticuado, sosteniendo un programa de la misa. A su lado estaban mis dos parientes favoritas. La tía Cecilia y mi prima Sofía.

La tía Cecilia imponía respeto falso. Llevaba un vestido larguísimo, elegantísimo y recatado a simple vista, pero adherido a su cadera madura con una precisión milimétrica, remarcando la inmensidad de sus ubres pesadas que subían y bajaban con su respiración.

Sofía, por su parte, se había tragado su rebeldía rockera.

Su madre la embutió en un vestido de seda escotado en los hombros pecosos, dejando únicamente el piercing en la nariz como muestra de su actitud patética.

Me acerqué a ellos.