8. LA BODA PROFANA #4
La abrí de piernas sobre el sillón. Sofía cerró los ojos, apretando los dientes, rindiéndose a su naturaleza animal. Su coño estaba hinchado, rojo y escurriendo caldos transparentes.
—Quiero que me mires a los ojos cuando te desvirgue el alma, Sofía —le ordené.
Ella abrió los ojos oscuros. Rebosaban de lágrimas de vergüenza y de un deseo desquiciado.
Acomodé la cabeza de mi verga, todavía manchada con los fluidos de Olga, en la entrada virgen y apretada de mi prima.
Y con un empuje seco, brutal y sin ninguna piedad, me la ensarté entera.
—¡AAAAAAHHHHHH! —aulló Sofía a todo pulmón.
El grito rasgó las paredes del departamento. Arqueó la espalda con una violencia asombrosa, clavando sus uñas pintadas de negro en los reposabrazos del sillón.
Estaba apretadísima. Sentí cómo sus paredes internas, jóvenes y calientes, comprimían mi falo centímetro a centímetro, con una fuerza abrumadora. La resistencia de su vagina era un manjar para mis sentidos.
—¡Ah, ah! ¡Duele... duele, primo, duele muchísimo! —lloraba ella, sacudiendo la cabeza de un lado a otro.
—¡Te duele porque por fin un hombre de verdad te está destrozando esa actitud de mierda! —le rugí, agarrándola por las caderas estrechas y empezando a bombearla con furia.
¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
El sonido de mis muslos chocando contra su piel pecosa se unió al coro de depravación de la sala. A unos metros de nosotros, Gerardo se reía mientras se follaba a Cecilia, y Mónica acariciaba el cabello de Olga en el sofá negro. La orgía alcanzó su punto máximo de efervescencia sádica.
—¡Dime que prefieres estar abierta de piernas recibiendo verga que jugando a la niña ruda! —le exigía entre cada estocada profunda, dilatando su cavidad con fuerza.
El dolor de Sofía mutó rápidamente. Su cuerpo, joven y sediento de castigo, se adaptó a la inmensidad de mi miembro. Sus lágrimas se mezclaron con un sudor espeso, y sus gritos de dolor se transformaron en gemidos roncos, guturales y cargados de pura lujuria.
—¡Aaaah... sí... sí! ¡Mmmh! ¡Me encanta, primo, me encanta! —empezó a jadear ella, envolviendo sus piernas desnudas alrededor de mi cintura para que me hundiera más—. ¡Cógeme, Renzo! ¡Cógeme duro, fóllame como a una puta! ¡Sácame los caldos a cogidas!
—¡Así me gusta, perra! —le gruñí, dándole una nalgada sonora que le dejó la piel blanca marcada de rojo carmesí. ¡Zas!
Sofía aulló de placer, desquiciada, exigiendo más castigo. La transformación concluyó. La prima rebelde desapareció; en su lugar nació una ramera obediente, un miembro más de mi asqueroso y glorioso harem.
Miré hacia la esquina de reojo.
Arturo permanecía ahí. El chofer cornudo estaba de pie, temblando, viendo cómo su amo masacraba el coño de una jovencita a escasos tres metros de él. Sus ojos estaban desorbitados, su mente completamente colapsada por el nivel de pudrición de la familia para la que trabajaba.
—¡Mira bien, Arturo! —le grité, sin dejar de bombear a Sofía—. ¡Aprende cómo se doma a las perras insolentes!
Sofía cerró los ojos con fuerza. Su respiración se volvió un jadeo corto y frenético. Sus paredes vaginales se contrajeron alrededor de mi verga con una serie de espasmos brutales, exprimiéndome la sangre.
—¡Me vengo, primo, ahhh, me vengo, me vengo! —gritó Sofía, vibrando entera, clavándome las uñas en la espalda hasta sacarme sangre.
El orgasmo la sacudió con tanta violencia que pareció perder el conocimiento por un microsegundo. Sus caldos inundaron mi verga, empapándome por completo.
La excitación de corromper a mi propia sangre me llevó al límite absoluto.
—¡Toma tu puto bautizo, zorra! —bramé, hundiendo mis caderas con toda la fuerza que me quedaba en el cuerpo.
Me vine dentro de ella. Solté una carga inmensa, hirviente, disparando chorro tras chorro en lo profundo de su útero joven. La llené de mi semen, bautizándola en el lodo de mi depravación, marcándola para siempre como mi propiedad.
Saqué mi verga con un asqueroso ¡squish! húmedo.
Sofía se dejó caer pesadamente sobre el sillón, con el pecho lleno de pecas subiendo y bajando rápidamente, bañada en sudor y escurriendo de mis fluidos por la entrepierna. Una sonrisa de satisfacción sucia, animal, se dibujó en sus labios. Estaba domada. Estaba corrompida.
Me subí los pantalones con una sonrisa de complacencia total en el rostro.
Miré la escena. Olga satisfecha y llena de mi semen en el sofá principal con el vestido de diseñador manchado; Mónica acariciándole el cabello como buena perra sumisa; Arturo en la esquina con la mirada gacha y las lágrimas secas en las mejillas; Gerardo jadeando en el suelo del pasillo con mi tía Cecilia montándolo; y la joven Sofía despatarrada en el sillón individual, sabiendo que yo era el amo indiscutible de la perrera.
El ensayo profano fue un éxito rotundo. Y mañana...
mañana me sentaría en la primera fila de la catedral a ver a mi ingenuo hermano llorar de emoción al ponerle a Olga la misma argolla de oro que esta noche me había lustrado el glande, sabiendo que en la banca de atrás, mi prima también llevaría mi leche guardada en las entrañas.