8. LA BODA PROFANA #3
Sofía estaba a un metro de distancia. La mocosa tatuada dejó caer la tela del vestido al piso.
Presenciaba el colapso moral de su propia familia en vivo y en directo.
Miraba a la futura esposa de su primo ahogarse con mi verga.
La perversión de la escena le infectaba la mente; el terror a mi poder mutaba en una curiosidad malsana, en una humedad que le manchaba las pantaletas.
—¡Mira bien, Sofía! —le grité, bombardeando la garganta de Olga—. ¡Aprende cómo las mujeres terminan de rodillas tragando leche cuando las doma un cabrón de verdad!
Sofía dio un respingo, tragando saliva ruidosamente, mordiéndose la uña del pulgar, atrapada en el magnetismo de la sala.
—Arturo, sirve el champán a las damas, inútil —ordené entre jadeos.
El chofer sirvió una copa a Mónica. Luego le sirvió a Cecilia. La tía madura se saboreaba los labios, exhalando puro deseo.
Cuando Olga terminó de prepararme la verga, sacando un hilo de saliva gruesa que conectaba su boca con mi glande, se levantó del suelo.
Sus rodillas crujieron. El vestido de novia exhibía manchas grises en la parte inferior por el roce con la alfombra y mis pantalones. El anillo seguía pegado a mi miembro por la saliva espesa. Lo tomé con los dedos y lo guardé en el bolsillo de mi saco.
—¡Ahora sí! —dijo Gerardo, que ejercía como el presbítero del mal—. ¡Los declaro amo y perra! El amo, puede cogerse a la perra.
Entonces todo el mundo se echó a aplaudir, excepto Arturito y mi primita, que seguía pasmada viendo todo aquello.
—Desbarátame aquí mismo, Renzo... en el altar que construiste para mí —jadeó Olga, dándose la vuelta y empinándose sobre el sofá de piel negra.
Levantó la inmensa falda de tul blanco por completo, echándola sobre su propia espalda.
La parte inferior de su culo y concha quedó expuesta a la luz de las velas.
El corsé blanco y el liguero enmarcaban el culo desnudo, carnoso y respingón de la novia, suplicando castigo en la víspera de su sagrado matrimonio.
Me acomodé detrás de ella, palpando la abertura rosada. Sus jugos escurrían abundantes, bajando por la parte interna del muslo.
Agarré ambas nalgas macizas, dilatándolas con rudeza, y con una estocada certera, cruda y violenta, se la ensarté entera de un solo golpe.
—¡AAAAHHH, DIOS, SÍ! —bramó Olga a todo pulmón.
Su grito rasgó el ambiente del departamento. Arqueó la espalda y aferró sus uñas al cuero negro del sillón.
Mis embestidas empezaron con furia.
¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
El sonido de mis testículos chocando contra sus nalgas resonaba como bofetadas rítmicas. Las inmensas tetas blancas de la novia rebotaban bajo su propio cuerpo, libres de las ataduras del corsé, con los pezones duros rozando el tapiz negro.
—¡Dime qué vas a pensar mañana en la iglesia cuando tu novio te diga que te ama, zorra! —le rugía, machacándole el cérvix con cada empuje. ¡Zas! Le di una nalgada que le dejó los dedos marcados en rojo en el glúteo izquierdo.
—¡Ah, ah! ¡Aaaah... sí! ¡Mmmh! ¡Que tu verga me parte mil veces mejor, Renzo!
¡Que prefiero mil veces que me llenes de leche a tener que vivir con tu hermano!
¡Fóllame, por favor, fóllame el coño! —aullaba Olga, contorsionándose en el sillón, exhibiendo su depravación frente a mi chofer, mi analista, mi tía y mi prima.
El morbo de tener público, la humillación colectiva, nos excitaba a niveles estratosféricos.
Hice contacto visual con la tía Cecilia. La MILF de mi tía se levantó del sillón, caminó hacia donde Gerardo estaba de pie en su sotana, y sin titubear, le agarró el bulto y lo jaló hacia un rincón del pasillo.
Gerardo sonrió de oreja a oreja.
Mónica, incapaz de soportar la falta de atención, se acercó al sofá.
La esposa del chofer se arrodilló frente al rostro de la novia.
Mónica le acarició el cabello negro a Olga y, en un acto de sumisión compartida, le plantó un beso en los labios, introduciendo su lengua en la boca de la mujer que recibía mis embestidas.
¡Slurp, slop!
Las dos zorras se besaban húmedamente, intercambiando babas, mientras yo agujeraba el coño de la novia.
Mis ojos se clavaron de nuevo en Sofía.
La mocosa rebelde respiraba con un jadeo corto y errático. Estaba viendo a dos mujeres adultas besándose como rameras callejeras mientras un hombre las dominaba por completo. Sus ojos oscuros seguían fijos en la forma en que mi miembro entraba y salía del cuerpo sudado de la novia de su primo.
—Arturo —hablé fuerte, sin dejar de bombear a Olga—. Acércate a mi prima. Sírvele champán a Sofía.
El chofer avanzó lentamente. Llegó frente a la chica.
—Toma la copa, Sofía —le dije con voz ronca, sosteniéndole la mirada mientras empujaba polla dentro de la mujer de mi hermano—. Brinda por nosotros. Brinda por el amo de esta familia.
Sofía extendió la mano, temblando visiblemente. Sus uñas pintadas de negro agarraron el cristal. Tragó saliva, me miró con una asquerosa excitación, y se llevó el champán a los labios.
La había doblegado. El proceso de domesticación de Sofía acababa de empezar.
—¡Me vengo, Renzo, me vengo! —gritó Olga de repente, con un gemido largo y agudo, vibrando desde las rodillas hasta el cuello.
Sus paredes vaginales se contrajeron con espasmos brutales, exprimiéndome la verga con una fuerza animal.
El orgasmo la sacudió tan fuerte que enterró su cara en el hombro de Mónica, gimiendo, escurriendo de fluidos por la abertura de sus muslos, manchando irremediablemente la capa de tul del vestido de novia.
¡Squish, squish!
La presión en mis testículos alcanzó el límite.
—¡Aaaah, toma tu maldito regalo de bodas, perra! —bramé, hundiéndome hasta la base.
Le vacié toda mi carga adentro. Chorros inmensos, hirviendo, inundando el útero de la novia. La marqué como mía en el ensayo de su propia boda.
Saqué mi verga lentamente con un asqueroso ¡squish! húmedo.
Olga se dejó caer pesadamente sobre el sofá negro, soltando el aire, completamente agotada, bañada en sudor y leche.
Me acomodé el saco, pero no me subí los pantalones. Mi verga, bañada en los caldos de Olga y mi propio semen, seguía latiendo. El espectáculo me había colocado al borde de la locura animal.
Giré la cabeza hacia la esquina de la sala.
Sofía seguía sentada en su sillón. Tenía la copa de champán a medio terminar en las manos.
Sus ojos estaban desorbitados, mirando fijamente mi miembro escurriendo.
La rebelde de veintidós años presenciaba el infierno en la sala de su primo, y la calentura la consumía viva.
El olor a su excitación llegaba hasta mi posición.
Caminé lentamente hacia ella.
Arturo bajó la cabeza para no mirarme de frente. Le arrebaté la bandeja de plata de las manos de un manotazo y la tiré al piso. ¡Clang!
Sofía dio un salto en el sillón, encogiéndose, apretando las piernas envueltas en sus pantalones de cuero.
Me paré justo entre sus rodillas.
—¿Te crees muy rebelde, Sofía? —le susurré, agarrándola por la barbilla con rudeza, obligándola a levantar la cara—. ¿Te crees muy ruda por traer pantalones de cuero y piercings?
—Suéltame, cabrón... —intentó decir ella, pero la voz le temblaba. Ya no había insolencia. Solo una sumisión inminente y un morbo asqueroso brillando en sus pupilas.
—Rebeldía no es rayarte los brazos, mocosa —le siseé, acercando mi rostro al suyo—. Rebeldía de verdad es esto. Follarte a tu primo mayor la noche antes de la boda de tu otro primo, mientras tu madre gime en el rincón y la novia está repleta de leche en el sofá.
Sofía tragó saliva. Miró hacia el fondo del pasillo, donde la tía Cecilia, su propia madre, estaba de rodillas frente a Gerardo, ahogándose con la verga del analista de riesgos.
Luego miró a Olga, esparcida y sucia en el sillón negro.
El ecosistema de depravación destrozó sus esquemas mentales por completo.
—Tú perteneces a esta familia de pervertidos, Sofía. Llevas la misma sangre podrida que tu madre y que yo —le dije, pasando el pulgar por sus labios temblorosos—. Y hoy vas a asumir tu puto lugar.
No le di tiempo de procesar. Agarré el borde de su top negro y lo jalé con furia hacia arriba.
¡Ras! Se lo saqué por la cabeza de un tirón.
No llevaba brasier. Sus pechos jóvenes, firmes, blancos y llenos de pecas quedaron expuestos.
Sus pezones pequeños y rosados estaban duros como rocas, delatando el inmenso nivel de calentura que reprimía toda la noche.
La argolla de su ombligo subía y bajaba rítmicamente.
—No... Renzo... somos primos... —murmuró ella, un débil intento de aferrarse a la moralidad. No hizo el menor ademán de cubrirse los pechos.
—Eso lo hace mil veces más excitante, perra —le gruñí, agarrándola por la cintura del pantalón de cuero.
Desabroché el botón y bajé el cierre metálico. ¡Zzzzt!
Tiré de los pantalones ajustados hacia abajo con violencia. Sofía levantó las caderas instintivamente, ayudándome a desnudarla. Quedó en calzoncitos de algodón negro. Y tal como lo sospechaba, la tela estaba empapada. Una mancha oscura y brillante de humedad le cruzaba toda la entrepierna.
—Mira nada más cómo estás de mojada, mocosa hipócrita —me burlé, metiendo mis dedos por debajo del elástico de su pantaleta y arrancándola de un solo jalón—. Todo este puto rato haciéndote la ofendida, y tenías el coño llorando por verga.