Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 8. LA BODA PROFANA #2
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8. LA BODA PROFANA #2

De la cintura para abajo, el exhibicionismo alcanzaba su clímax.

Llevaba medias de seda blancas y un liguero atado a los muslos, con el coño totalmente a la vista.

El pubis rasurado y rosadito palpitaba visiblemente, escurriendo hilos transparentes de lubricación que brillaban bajo la luz de la lámpara.

—Qué hermosas esclavas tengo —les dije, pasándole la mano por el cabello a Mónica, quien cerró los ojos dócilmente ante mi caricia, y luego miré a la novia—. Te ves asquerosamente perfecta, Olga.

—Solo para ti, mi querido amo —respondió ella, con esa voz de mamadora experta, girándose para quedar de frente a mí, ofreciéndome la vista frontal de sus pechos al aire y su rajita mojada.

—Ya casi está listo el vestido, Renzo —me informó Mónica, agarrando la inmensa cantidad de tul blanco y encaje que descansaba sobre mi cama—. Batallamos un poco para descoserle la parte de arriba y dejarle las bubis de fuera como pediste.

—Perfecto. Pónganselo. El novio las espera en el altar —ordené con una sonrisa torcida, y salí de la recámara.

Regresé a la sala. A las nueve en punto, los invitados ocuparon sus lugares.

Arturo, vistiendo un traje negro deslucido y la jaula de castidad apretándole los genitales, estaba de pie en una esquina. Sostenía una bandeja de plata con copas de champán. Sus ojos permanecían fijos en el suelo, asumiendo su eterno sufrimiento.

Del otro lado, sentada en un sillón individual, estaba Sofía.

Mi prima lucía a la defensiva. Llevaba pantalones de cuero muy ajustados, botas altas y un top negro que dejaba ver la argolla de su ombligo.

Su actitud de chica dura intentaba mantenerse a flote, pero al notar la disposición del departamento y la presencia de Gerardo vestido con una sotana negra improvisada cerca del sofá, la confusión aterrada se apoderó de sus facciones.

—¿De qué putas va esto, Renzo? —me siseó Sofía cuando pasé cerca de ella—. Mamá dijo que era una fiesta sorpresa para Olga. Esto parece una maldita secta de enfermos.

Me detuve a su lado. Me incliné, apoyando una mano en el reposabrazos de su sillón, acercando mi rostro al suyo.

—Cierra el hocico, primita, levántate y ponte junto a Gerardo, mocosa insolente —le contesté por lo bajo, agarrándola del brazo y jalándola hacia arriba—. Y te advierto que hoy vas a participar activamente. Vas a sostener la cola del vestido de la novia mientras camina.

—Estás enfermo, suéltame, yo me largo de aquí —intentó forcejear, pero le clavé los dedos en el bíceps con fuerza, inmovilizándola al instante.

—Obedeces, o llamo a tu padrecito y le cuento las cosas asquerosas que tu madre hace cuando él ronca. Y de paso le mando las fotos de tu perfil de Instagram. Camina.

Sofía tragó saliva ruidosamente. El pánico la dejó sin argumentos. Sus botas militares arrastraron sobre la duela hasta colocarse en el punto exacto que le indiqué.

Fui al centro del pasillo de velas. Gerardo se acomodó la sotana, carraspeando para adoptar un tono teatral.

Desde la habitación principal, empezó a sonar la marcha nupcial. Yo la había puesto desde mi celular, amplificada en las bocinas del departamento.

¡Ta-ta-ta-taán!

La puerta de mi cuarto se abrió lentamente.

El aliento se me escapó de los pulmones.

La estampa era demencial.

Olga apareció en el umbral, caminando del brazo de la tía Cecilia. Estaba vestida de novia.

El vestido era blanco, con bordados de pedrería y encaje fino que costaba una fortuna. Era el mismo atuendo inmaculado que usaría al día siguiente en la catedral de la ciudad, frente a su verdadero novio, mis padres y al sacerdote.

La parte superior del corsé estaba bajada por completo hasta la cintura. Las mangas de encaje le caían por los brazos. Sus enormes melones blancos, pesados y voluptuosos, rebotaban libres con cada paso que daba por el pasillo de velas. Sus pezones gruesos se alzaban orgullosos.

La inmensa falda de tul blanco arrastraba por el suelo, pero a través de una abertura estratégica que Mónica había cortado en el frente, los ligueros blancos y la panocha escurriendo quedaban a la vista con cada zancada.

El contraste era una blasfemia magistral. La blancura de diseñador manchada por el exhibicionismo de sus inmensas ubres.

Mónica caminaba detrás sosteniéndole un lado de la cola del vestido.

Le hice una seña a Sofía. La mocosa tatuada avanzó temblando y agarró el otro extremo del tul blanco, obligada a formar parte del cortejo nupcial, escandalizada por el nivel de cinismo de la futura esposa de su primo.

Arturo cerró los ojos con fuerza en su esquina, tragándose otra lágrima de humillación.

Olga avanzó lentamente, clavando sus ojazos verdes en los míos. Llevaba los labios pintados de un rojo carmesí intensísimo y el velo de tul blanco enganchado en el cabello negro.

Llegó frente a mí, a escasos centímetros del sofá de piel negra.

—Qué hermosa te ves, cuñadita —le dije en voz alta, para que todos los testigos lo escucharan.

—Toda tuya, mi semental —respondió ella, restregando deliberadamente un pezón rosado contra la solapa de mi saco.

Gerardo levantó las manos pidiendo silencio.

—Estamos aquí reunidos para sellar el dominio de Renzo sobre esta mujer —comenzó Gerardo, adoptando un tono eclesiástico sumamente sarcástico—.

Una hembra que, a la vista de la sociedad, le pertenece a un ingeniero trabajador, pero que, a la vista de los verdaderos hombres, es una perra dispuesta a dilatar sus agujeros cuando su cuñado lo ordene.

Olga soltó una risita, disfrutando inmensamente de su propia degradación.

—Renzo —continuó Gerardo, mirándome con una sonrisa torcida—, ¿aceptas corromper a esta hembra?

¿Aceptas profanar su cuerpo antes, durante y después de que pronuncie los falsos votos en el altar?

¿Prometes llenarla de leche caliente cada vez que su futuro marido la aburra con sus pláticas de cemento y varillas?

—Lo prometo, y lo juro por el pelmazo de mi hermano —respondí, asintiendo con firmeza.

Miré a Sofía de reojo. Mi prima seguía sosteniendo un pedazo de la tela blanca. La respiración le fallaba. El morbo la paralizaba. Ver el vestido de novia manchado por semejantes palabras estaba reventando la burbuja de rebeldía en la que se escudaba. Sus manos sudaban profusamente.

—Olga —se dirigió Gerardo a la novia—. ¿Aceptas a este cabrón como tu único semental? ¿Aceptas ser su puta personal, escondida bajo el disfraz de una señora casada? ¿Prometes tragar, gemir y engañar al idiota con el que te casas cada vez que Renzo truene los dedos?

Olga se mordió el labio rojo, cerrando los ojos con devoción animal.

—Acepto absolutamente todo. Prometo ser su zorra por siempre —susurró, con la voz cargada de lujuria espesa—. Prometo que mañana, cuando Pablo me bese en el altar, el sabor que tendré en la boca será el de la verga de su hermano mayor.

La declaración generó un silencio denso en la sala. El propio Gerardo carraspeó, asombrado por el nivel de pudrición de la mujer.

—Tráeme los anillos, esclavo —le ordené a Arturo, señalando con la barbilla.

El chofer avanzó torpemente. La cajita de terciopelo azul descansaba en la bandeja de plata. Sus manos temblaban violentamente. Evitaba mirarnos de frente.

Tomé la caja de terciopelo.

Al abrirla, brillaron las argollas de matrimonio. Oro blanco de dieciocho quilates y diamantes que mi hermano había pagado con meses de sudor en las construcciones.

Saqué el anillo que le correspondía a Olga. Agarré su mano izquierda, la misma mano que mañana se posaría sobre el pecho de mi hermano.

—Con este anillo, que mi hermano pagó con el sudor de su frente, te marco como mi propiedad eterna —dije en voz fuerte, deslizando el aro de oro por su dedo anular—. Que te recuerde a quién le pertenecen realmente tus nalgas.

Le deslicé la sortija. Encajaba perfectamente.

Olga sonrió, mirándome con devoción, y dio el paso definitivo hacia la blasfemia total.

Tomó la argolla gruesa que me correspondía. Bajó lentamente hasta quedar de rodillas sobre el suelo, arrugando la inmensa falda de tul blanco a su alrededor. Agarró mi cinturón y bajó mi cierre de un solo tirón. ¡Zzzzt!

Sacó mi verga. El miembro saltó hacia afuera, grueso, palpitante y venoso, con la cabeza morada latiendo de pura sangre acumulada.

Olga analizó la circunferencia de mi polla y luego miró el aro de oro de mi hermano.

—Tu verga es demasiado inmensa para este estúpido arito, mi amor —susurró ella, relamiéndose los labios rojos—. Pablo tiene los dedos flacos. Pero sé exactamente dónde colocarlo.

Con un cuidado exquisito, Olga colocó el anillo de matrimonio de mi hermano directamente sobre la hendidura húmeda de mi glande. El aro de oro blanco y diamantes quedó en equilibrio perfecto sobre la punta rosada y escurridiza de mi miembro, contrastando brutalmente con la carne hinchada.

—Con este anillo —dijo Olga desde el suelo, mirando mi glande como si fuera un ídolo pagano—, te juro que mi boca, mi concha y mi culo te pertenecen únicamente a ti. Pablo solo recibirá mis sobras.

Y dicho esto, abrió los labios pintados de rojo, sacó la lengua y tomó la cabeza de mi polla, anillo incluido, metiéndoselo todo al fondo de la boca.

¡Slurp, slop, slurp!

Empezó a mamarla furiosamente. El roce del metal frío del anillo de mi hermano, combinado con la lengua ardiente y los labios carnosos de la novia, generó una fricción alucinante en mi glande.

—¡Aaaah... sí, puta, chúpala con el anillo puesto! —le gruñí, agarrándola por la nuca, aferrándome al cabello negro y estrujando el velo de tul blanco entre mis dedos.

Empecé a follarle la garganta.

¡Plaf, plaf, plaf!

Echaba mi pelvis contra la cara de la novia. El encaje carísimo del vestido se ensuciaba contra mis rodillas y la alfombra.