8. LA BODA PROFANA
Los días posteriores a la emboscada en el club swinger "El Edén" transcurrieron en una neblina de dominio absoluto.
Ver a mi hermano venirse dentro de la esposa de mi chofer, mientras yo le desbarataba la matriz a su propia prometida a escasos tres metros de distancia, marcó un punto de inflexión irreversible.
La sangre estaba en el agua y los tiburones nadábamos extasiados.
El lunes a primera hora, fui a visitar a Pablo a su departamento.
Lo encontré sentado en la barra de su cocina. Estaba terriblemente mal. Parecía una miseria humana. Sostenía una taza de café negro con ambas manos. Los dedos le temblaban visiblemente. Tenía los ojos hinchados y rojos.
Me senté en el taburete de al lado, cruzando las piernas, mirándolo con una tranquilidad pasmosa.
—Te ves fatal, Pablito —le dije, dándole una palmada en la espalda que lo hizo encogerse.
—Soy una mierda, Renzo —balbuceó, clavando la vista en el fondo de su taza, con la voz quebrada por el llanto retenido—. Soy la peor escoria que camina por esta ciudad. Le fallé. Le fallé a mi Olga.
—Los hombres cometen errores bajo presión. Había mucho alcohol, hermanito. El estrés de la obra te tiene mal —le contesté, alimentando su debilidad, ofreciéndole justificaciones baratas que él devoraba con desesperación.
—Le metí la verga a esa puta rubia... a la ramera esa del antifaz —sollozó, tapándose la cara con las manos, respirando entrecortadamente—.
Acabé adentro de ella. Sentí cómo me ordeñaba el coño.
Y lo peor de todo, cabrón... lo peor de todo es que en el fondo me gustó.
Soy un puto animal. No puedo ni ver a mi cara a mi novia, su despedida…
fue tan distinta, tan normal, y en cambio yo me fui a revolcar con otra como un cerdo. Me da asco mirarme al espejo.
Me froté la barbilla, en el fondo supe que me había pasado tres pueblos con él.
—Cálmate, cabrón —le ordené, usando mi tono de hermano mayor protector, agarrándolo por la nuca—.
Lo que pasó en esa suite VIP, se queda en esa suite VIP.
Nadie más lo sabe. Gerardo tiene la boca cerrada, yo soy tu hermano y jamás se lo diría a ella.
Además, las escorts cobran por su silencio.
Nadie sabrá lo que pasó, pero para que no se entere tu novia pues tú también tienes que poner de tu parte… o en serio que se dará cuenta de todo.
—¡No es tan fácil!
—Claro que es fácil, lo que pasa es que te falta frivolidad.
—¿Es que tú tienes hielo en las venas?
—Lo que tengo es frialdad para pensar las cosas, Pablín. Vamos, ya, respira hondo y no arruines todo, que el sábado te nos casas. Y estoy seguro de que harás muy feliz a tu mujer.
Pablo asintió robóticamente, limpiándose los mocos con el dorso de la mano.
Esa misma tarde, el otro lado de la moneda explotó en mi propia oficina.
Eran las seis de la tarde. La puerta de cristal se abrió con violencia. Olga entró como un huracán, cerrando de un golpe seco. ¡Clack!
Llevaba unos jeans ajustados, botas altas y una chamarra de cuero. Su rostro estaba desfigurado por una mezcla de rabia, territorialidad y un celo sumamente agresivo. Caminó directo hacia mi escritorio, plantando ambas manos sobre la madera.
—Esa gata asquerosa de nombre Mónica, no deja de burlarse de mí porque se cogió a mi novio —siseó Olga, echando fuego por los ojos verdes—. ¡Te advierto que si no la controlas, yo misma la controlaré!
—Tranquila, fiera, tranquila…, que no se te olvide que quien controla a mis perras, soy yo.
—¡Me restriega la muy puta que se tragó toda la leche de mi novia, y ahora ella va un punto más arriba que yo!
Me recargué en la silla ejecutiva, entrelazando los dedos sobre el regazo. La mujer estaba desquiciada. Lejos de sentir remordimiento por haberse dejado follar frente a su prometido, el morbo le había desatado una competencia enferma contra Mónica.
—Tú estabas muy ocupada tragándote la mía y abriéndome las piernas en esa puta cama, zorra —le contesté, arrastrando las palabras con frialdad—. Pablo necesitaba vaciar los huevos. Mónica hizo el trabajo.
—¡Es MI prometido! —ladró ella, inclinándose hacia adelante, mostrando el inicio de sus enormes melones por el escote de la blusa—.
Yo soy la perra principal de esta familia, Renzo.
Yo soy la dueña de la situación junto contigo.
Me hierve la sangre pensar que esa vieja guanga y sumisa recibió el semen del hombre que me va a poner el anillo el sábado.
Yo debí exprimir a Pablo, y luego abrirte las nalgas a ti. Mónica es una maldita arrimada.
Me levanté despacio. Rodeé el escritorio. Me paré frente a ella y le agarré la mandíbula con una sola mano, apretando fuerte, obligándola a levantar la barbilla.
—Aquí el único dueño de la situación soy yo, Olga, entiéndelo de una puta vez —le aclaré, mirándola fijamente—.
Tú eres mi puta favorita, sí. Pero sigues siendo una puta.
Si quieres demostrarme que eres superior a Mónica, vas a tener que hacer algo inmensamente más blasfemo que dejarte coger en un putero.
—No entiendo…
—Claro que entiendes… quiero todo, todo de ti… el viernes… La noche previa a tu estúpida boda religiosa.
Olga tragó saliva. La ira en sus ojos mutó rápidamente en una excitación oscura. Se mordió el labio inferior.
—Dime qué quieres que haga, cuñadito, y lo hago —susurró ella, frotando su pelvis contra mi bragueta.
—Quiero que el viernes traigas el vestido de novia con el que te casarás, a mi departamento, el viernes a las ocho de la noche. Y trae los putos anillos. Vamos a sellar esto a mi manera.
El plan estaba en marcha. La idea nació como una perversión para calmar sus celos y elevar mi dominio al máximo nivel.
Quería llevar las cosas un paso más allá del simple adulterio de cuñados.
Quería profanar las tradiciones, mofarme de las creencias del pelmazo de Pablo y apropiarme del símbolo máximo de la decencia familiar.
Sin embargo, para eso necesitaba cómplices para compartir esto. La logística necesitaba tener público y testigos.
Durante la semana contacté a Gerardo. Mi analista de riesgos era el candidato perfecto para hacer el ridículo disfrazado de oficiante. A él le importaba muy poco la moralidad mientras hubiera trago caro y la posibilidad de ver a mi flamante cuñada en paños menores.
—Necesito que oficies una ceremonia en mi departamento el viernes en la noche —le dije en su cubículo, clavándole la mirada—. Algo muy solemne. Una boda… quiero que te consigas un traje oscuro.
—¿De qué hablas? ¿Una boda de qué?
—De mí, con mi cuñada.
—A ver, a ver, no entiendo nada.
—Es simple, quiero que el viernes por las noches, en las vísperas de la boda de Olga con mi hermano, hagas una boda profana donde nos casemos entre cuñados, Olga y yo.
Gerardo soltó una carcajada, frotándose las manos con franco descaro.
—Estás enfermo, Renzo. Pero jalo. Esto me prende muchísimo.
El siguiente paso era citar a las damas de honor de mi harem particular.
Mónica, la dócil esposa de mi chofer, recibió un mensaje claro.
Le ordené llegar a mi departamento vestida de gala para una celebración importante.
Arturo vendría estrictamente como servidumbre, destinado a servir el champán y observar, con la cabeza gacha, cómo su amo oficiaba una boda impía frente a sus ojos llorosos.
La cereza del pastel involucraba a la tía Cecilia y mi prima Sofía. Para asegurar la presencia de la niñita insolente, le hice a Cecilia una propuesta que su mente depravada aceptó con avidez.
Y entonces llegó la noche del viernes. A menos de veinticuatro horas de la cita en la catedral.
Pablo andaba en una cena protocolaria con los padres de Olga, justificando la ausencia de su novia bajo la fachada de una "noche de meditación y arreglos estéticos de la novia".
Mi departamento, en cambio, estaba iluminado con decenas de velas. Mandé quitar la mesa del comedor, creando un pasillo largo que simulaba la nave de una iglesia, terminando en mi inmenso sofá de piel negra a modo de altar. El olor a incienso sándalo y alcohol saturaba el ambiente.
Eran las ocho y media de la noche. Me serví un vaso de whisky y caminé hacia la puerta de mi propia recámara principal.
Adentro, Mónica y Cecilia estaban fungiendo como las damas de compañía de la futura novia. El ambiente estaba cargado de tensión y rivalidad pasivo-agresiva.
Abrí la puerta de madera lentamente.
La escena era una obra maestra de la vulgaridad exquisita.
Olga estaba de pie en el centro de mi habitación.
Cecilia, luciendo un vestido rojo sumamente apretado que le marcaba las nalgas maduras, estaba de rodillas detrás de ella, ajustándole las correas de un liguero blanco.
Mónica, vestida con un traje sastre negro, le apretaba los cordones de un corsé con una fuerza deliberadamente excesiva.
—¡Ay, despacio, Mónica, me estás asfixiando! —se quejó Olga, dándole un manotazo a la rubia.
—Las novias decentes aguantan el dolor para lucir perfectas, querida —le contestó Mónica con una sonrisa venenosa, tirando de los listones con más saña.
—Mírala nada más, sobrino —ronroneó Cecilia, girando la cabeza para verme entrar, pasándose la lengua por los labios pintados de carmesí—. Te la estamos dejando preciosa. Una verdadera princesita lista para ser casada con el semental de esta casa.
Me acerqué a ellas, dándole un trago a mi vaso, saboreando el panorama.
La hermosura de Olga era un insulto directo a las buenas costumbres.
Tenía el cabello negro y larguísimo cayéndole en cascada por la espalda.
Llevaba puesto un corsé blanco de encaje fino que remarcaba sus enormes melones hacia arriba.
Las inmensas ubres de mi cuñada se desparramaban gloriosamente por el borde de las copas; los pezones gruesos, rosados y duros como canicas, apuntaban desafiantes hacia el frente, completamente al aire.