7. LA DESPEDIDA DE SOLTEROS #4
—¡Mírame, Pablito! —gritó ella, usando una voz ronca y callejera para ocultar su identidad, alzando la pelvis para recibir otro embate brutal—.
¡Mira cómo este cabrón me rompe el coño!
¡Así cogen los hombres de verdad! ¡Aaaah, sí, Renzo, rómpeme el coño!
¡Me estás desbaratando la matriz! ¡Mmmh, ah, ah!
Pablo giró la cabeza, mareado por el alcohol y el ruido.
Sus ojos nublados vieron a la pelirroja del antifaz siendo penetrada salvajemente por mí.
Las inmensas tetas de la mujer saltaban con una violencia pornográfica.
El pobre infeliz frunció el ceño, cerró los ojos con asco y un dolor profundo, incapaz de reconocer el cuerpo desnudo de su futura esposa.
—¡Oh… Dios…! —volvió a llorar Pablo, enterrando la cara en el cuello platinado de Mónica, rindiéndose a sus instintos primitivos—. ¡Mmmh...!
El cuerpo de mi hermano se tensó. Empezó a bombear más rápido, arañando la piel de la rubia, acercándose a su fin.
—¡Me vengo... me vengooo! —lloró, viniéndose dentro de la rubia con un gemido largo y patético, vaciándole sus testículos de ingeniero fiel en las entrañas de la esposa del chofer.
Gran parte de su semen se escurrió por fuera, cayendo viscosamente sobre el vientre pálido de Mónica y manchando la tapicería del sofá.
Aceleré el ritmo. La adrenalina de la escena, la visión de mi hermano derrotado, los sonidos asquerosos de mis genitales chocando contra su prometida Olga y la perra misma exprimiéndome la polla con sus músculos internos me quemaron los sentidos.
—¡Me vengo, Renzo, ah, ah, ah, me estoy viniendo! —aulló Olga, vibrando entera, cerrando los ojos con fuerza y clavándome las uñas en la espalda hasta sacarme sangre.
Sentí sus espasmos brutales exprimiéndome la verga como una prensa hidráulica. Su coño me ordeñaba con una furia descontrolada, empapando mi miembro de caldos ardientes.
Llegué a mi límite.
—¡Trágate mis huevos, perra, trágatelos todos! —gruñí con fuerza, embistiéndola hasta la base, aplastando mis caderas contra las suyas.
Me vine dentro de ella. Solté una carga inmensa, hirviente, disparando chorro tras chorro en lo profundo de su matriz. La inundé, fertilizándola con mi maldad, marcándola para siempre como mi propiedad absoluta en su propia despedida de soltera.
Saqué mi verga con un sonoro ¡squish! asqueroso. Olga se dejó caer sobre el colchón de cuero, respirando por la boca, temblando de éxtasis, bañada en sudor. Un hilo blanco y espeso escurrió por la comisura de su muslo pálido, manchando el borde de la media de seda negra.
Tomé el vaso de tequila directamente de las manos congeladas de Sofía. Bebí un sorbo, saboreando el alcohol quemándome la garganta.
Giré la cabeza hacia la barra. Ahí estaba Arturo.
—Arturo, ven acá —lo llamé, chasqueando los dedos.
El chofer soltó la charola de metal y caminó arrastrando los pies hacia el centro de la sala.
Observaba todo el escenario dantesco. Veía a la tía Cecilia escurriendo fluidos contra el cristal, aullando por más estocadas del joven analista.
Y veía a su esposa Mónica en el sofá, con el vientre lleno de la leche de Pablo.
—Mira a tu mujer, inútil —le ordené, señalando el sofá negro—. Mi hermano le dejó un puto cochinero en la panza y en las piernas. Límpiala.
Arturo tragó saliva, llorando en silencio. Se arrodilló torpemente junto al sofá. Pablo estaba desmayado boca abajo en los cojines, roncando por la borrachera. Arturo sacó la servilleta de tela de su chaleco y acercó la mano temblorosa hacia la piel de su esposa.
—Con la lengua, cabrón —lo corregí, dándole una patada seca en el muslo que lo hizo trastabillar sobre sus rodillas—. Límpiale el semen de mi hermano con la boca. Si dejas una sola gota, te juro que te meto a la cárcel mañana.
Arturo sollozó, agachó la cabeza y lamió el semen de Pablo directamente de la piel del vientre de Mónica.
¡Slurp!
Mónica lo miró con asco a través de su antifaz. Disfrutó la humillación un segundo, y luego le dio un empujón en el hombro.
—Quítate, estúpido, me das asco —siseó Mónica, empujando a su esposo para sentarse en el sofá.
Arturo se deslizó lentamente por la alfombra hasta quedar sentado en el piso, derrotado para la eternidad, un cornudo sin escapatoria, aplastado por su propia inutilidad y lamiéndose los labios manchados con la leche de otro hombre.
Me limpié el sudor de la frente y miré hacia mi costado.
Sofía seguía ahí, de pie junto a la cama. Sus piernas temblaban de forma visible. Estaba pálida, respirando agitadamente, con la argolla de su ombligo subiendo y bajando a un ritmo frenético. Sus pupilas, dilatadas al máximo, miraban fijamente el hilo de semen bajando por la pierna de Olga.
Caminé hacia ella a paso lento, arreglándome la camisa blanca. El olor a sexo, sudor y fluidos impregnaba el aire.
Me paré frente a la niñita rebelde. Le levanté el mentón con los dedos índice y pulgar, obligándola a mirarme.
Estaba empapada en sudor frío. Tenía miedo, pero también tenía una excitación húmeda incontenible.
Frotaba un muslo contra el otro de manera inconsciente; escurría caldos en sus propios pantalones rotos.
—¿Aprendiste la lección, mocosa? —le susurré al oído, pasándole el pulgar manchado con los jugos de Olga por el labio inferior tembloroso, obligándola a oler la perversión—.
Mi verga siempre ha sido capaz de domar hasta las más mustias.
Así terminan las mujeres altaneras. Rompiéndose en pedazos y rogándome por leche.
Sofía suspiró. Sus ojos oscuros parpadearon, incapaces de sostener mi mirada depredadora.
—Ve preparándote... tú sigues en la lista.
Una lágrima resbaló por su mejilla pecosa. Desapareció la rebeldía. Desapareció la insolencia. Solo quedaba el terror y una asquerosa, profunda necesidad de caer al fango para descubrir qué se sentía ser destruida por mí.
Sonreí, acomodándome el saco del traje.
Todo había salido a la perfección.