Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 7. LA DESPEDIDA DE SOLTEROS #3
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7. LA DESPEDIDA DE SOLTEROS #3

El sonido húmedo, asquerosamente pornográfico, resonó en la sala VIP.

Mónica mamaba lujuriosamente, como puta de profesional, al prometido de Olga.

Y lo hacía con saña, entre otras cosas, para vengarse de ella.

Subía y bajaba la cabeza frenéticamente, atragantándose a propósito, metiéndose los testículos a la boca, produciendo sonidos de succión continuos.

Olga jadeaba, con odio y con celos. Y Pablo echó el cuello hacia atrás contra el respaldo de piel.

Su cuerpo entero se tensó como una tabla.

El llanto se cortó de golpe, reemplazado por un gemido ronco, gutural y lleno de derrota.

Su polla respondió instintivamente a la calidez ardiente de la boca de la ramera.

Su cuerpo, traicionero, doblegó su voluntad.

—¡Ahhh... Dios... no debo...! ¡Aaaah, mi amor, perdóname, perdóname Olga! —lloraba el pelmazo, sintiendo su alma desgarrarse. Sus manos, incapaces de apartar a la rubia, se enterraron en la peluca platinada de Mónica, empujándola hacia su pelvis para recibirla más profundo—. ¡Mmmh... perdóname!

—¡Hija de puta! —bramó Olga al ver cómo su rival, Mónica, le estaba comiendo la polla a su novio.

—Shhhh —le dije, para que mi hermano no la oyera.

El espectáculo de destrucción moral estaba consumado. Pablo cayó en la trampa. Se dejaba mamar por la esposa de un chofer disfrazada de escort.

Entonces me giré hacia Gerardo. Le hice una seña con la cabeza, dándole luz verde.

El analista se levantó de un salto y agarró a la tía Cecilia por la cintura.

La tía madura, ardiendo en calentura, se entregó gustosa.

Gerardo la empujó contra los inmensos ventanales de cristal de la sala VIP, dándoles una vista de la ciudad de noche.

Le subió el vestido de red de un solo tirón, dejando su inmenso culo maduro al aire, jaló la minúscula tira de encaje a un lado y se bajó el pantalón.

—¡Dime que te fascina que te coja un cabrón a la mitad de tu edad, zorra! —le gritó Gerardo, acomodando su verga en la entrada de la señora.

—¡Aaaah! ¡Sí, métemela toda, niño! ¡Desbarátame! —aulló Cecilia, recibiendo la estocada inicial de pie contra el cristal, entrando en seco.

¡Plaf, plaf, plaf!

El choque de la carne joven del analista contra las nalgas aguadas pero inmensas de la hermana de mi padre sonó durísimo, marcando el ritmo de la depravación de la noche.

—¡Eres una madura muy golfa! —le gritaba Gerardo, dándole nalgadas sonoras, agarrándola por la nuca—. ¡Zas, zas! ¡Dime qué le falta al pendejo de tu marido!

—¡Le faltan huevos! ¡Le falta esta verga que me estás metiendo! —le respondía la señora respetable, aplastando las tetas maduras contra el vidrio, deformando los pezones contra la superficie transparente—. ¡Sí, soy tu puta, cógeme fuerte!

Miré de reojo hacia la esquina. Sofía seguía sentada en el taburete.

Tenía los ojos desorbitados. Observaba a su propia madre, la señora casada, la mujer exigente de calificaciones perfectas, insultando a su padre mientras era reventada del coño contra el cristal por un oficinista de veintitantos años.

La respiración de la rebelde era un jadeo constante. Se mordía el labio inferior hasta sacarse sangre. Cruzaba las piernas con muchísima fuerza, frotando sus muslos; estaba escurriendo en sus propios pantalones rotos. El morbo la pudría por dentro.

Entonces, me giré hacia el plato principal.

Olga estaba de pie en el centro de la sala, con la peluca roja fuego y el antifaz grueso.

Su respiración agitaba sus inmensas ubres dentro del corsé de cuero, amenazando con botar las costuras.

Me miraba fijamente, con los labios rojos entreabiertos, empapada de sus propios fluidos al escuchar los llantos de su prometido siendo dominado en el sofá.

Le hice una seña a Sofía con la mano, exigiéndole acercarse.

—Ven aquí, mocosa —le gruñí a mi prima, manteniendo los ojos fijos en la novia—. Párate a un metro de la cama. Vas a ver cómo un verdadero macho se tira a una mujer.

Sofía tragó saliva. Pero sus botas militares arrastraron sobre la alfombra. El terror y la curiosidad carnal la dominaban. Obedeció, deteniéndose justo donde le indiqué.

Agarré mi vaso de tequila de la barra pequeña y se lo puse a Sofía directamente en las manos.

—Sostén mi trago, primita —le ordené, clavándole la mirada—. Y más te vale no derramar una sola puta gota de alcohol. Si tiras líquido en la alfombra mientras me cojo a tu futura prima política, te arranco ese top de mierda y te pongo a cuatro patas junto a ella. Quédate ahí y mira.

Sofía asintió robóticamente, apretando el vaso de cristal con ambas manos, tiesa como una tabla, paralizada por la dominación absoluta del ambiente.

Caminé hacia Olga. La agarré por la cabeza con absoluta brutalidad, atrayéndola hacia mí, y le estampé la boca. Le metí la lengua hasta la garganta. Sus labios, calientes y resbaladizos por el lápiz labial, me devoraron con una lujuria desquiciada.

—¡Mmmh...! —gimió ella contra mi boca, abriendo las piernas para restregar su pelvis forrada en cuero contra mi bragueta—. ¡Te necesito adentro, Renzo, métemela ya!

—Tranquila, perra —le siseé, separándome apenas para mirarla a los ojos—. Primero vamos a exhibirte.

La fui empujando, besándola con furia animal, haciéndola caminar hacia atrás hasta chocar sus corvas contra una cama tipo chaise longue, ubicada estratégicamente justo enfrente del sofá donde Pablo estaba teniendo una noche espléndida a causa de Mónica.

La aventé sobre la cama negra.

Olga cayó de espaldas, abriendo las piernas forradas en medias de seda negra.

Agarré el borde del corsé de cuero con ambas manos y tiré de él con violencia.

¡Zas! Rompí los broches de presión superiores, dejando sus enormes melones blancos completamente expuestos al aire frío de la suite.

Sus pezones estaban duros como piedras, rosados, apuntando al techo, empapados de sudor.

Me desabroché el pantalón a toda prisa. Saqué mi pollón, rígido y palpitante. Olga me miraba desde abajo, apoyada en los codos, con los ojos verdes brillando de maldad detrás del antifaz.

Me acomodé entre sus piernas.

—Acércate un paso, Sofía —le dije a mi prima. La niñita dio un paso tembloroso, sosteniendo el vaso de tequila, con la respiración cortada—. Mira cómo chorrea.

Metí dos dedos en el coño de Olga. Estaba literalmente encharcado. Sus caldos escurrían por sus muslos y manchaban el cuero de la cama. Moví mis dedos adentro, bombeando la cavidad húmeda. ¡Squish, squish!

Sofía abrió la boca, asombrada, incapaz de apartar la mirada de los jugos brillantes de la mujer del vestido blanco, oliendo la mezcla de cuero y fluidos vaginales a escasos centímetros de su rostro.

Saqué los dedos mojados, apunté la cabeza de mi miembro hacia la entrada hirviente de la novia y, de una sola estocada salvaje, me la ensarté entera.

—¡AAAAHHH, PUTA MADRE, SÍ! —bramó Olga a todo pulmón, arqueando la espalda, clavando los tacones de aguja en el colchón oscuro.

El grito atravesó el ruido de la música y las nalgadas de Gerardo.

Follábamos con absoluta brutalidad. Mis embestidas eran largas, pesadas, machacándole el cérvix, sacándole el aire con cada empuje.

El sudor perlaba su pecho desnudo, haciendo brillar sus inmensas ubres botando de un lado a otro. Los fluidos salpicaban ligeramente.

¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!

Mis huevos chocaban contra su culo carnoso con un sonido ensordecedor, rebotando en la tapicería de cuero.

—¡Gime, pedazo de zorra! —le gruñí, agarrándole ambas tetas, amasando su volumen pesado con las manos llenas, pellizcándole los pezones sudados hasta hacerla retorcerse—. ¡Gime como la puta que eres, que te oigan todos los presentes!

—¡Aaaah... sí, ah, ah, me encanta, me encanta cómo me coges, papi! —aullaba Olga, desquiciada de placer, moviendo las caderas en círculos para recibirme hasta la base, envolviéndome con sus paredes vaginales ardiendo como un horno—. ¡Más duro, Renzo, desbarátame a cogidas! ¡Ah, ah, ah!

La agarré por los cabellos largos de la peluca roja y la obligué a levantar la cabeza del colchón.

—Abre los ojos, perra. Mira hacia enfrente —le ordené, deteniendo mis embestidas un segundo para que enfocara la vista—. Y tú también mira, Sofía. Aprendan.

Olga abrió los ojos.

A escasos tres metros de nosotros, en el sofá de cuero negro, mi hermano acababa de recostar a Mónica boca arriba sobre los cojines.

Pablo estaba encima de ella, con el pantalón por las rodillas, empujando su pelvis torpemente, jadeando, fuera de sí.

Tenía la cara bañada en lágrimas de borracho, completamente roto.

Sus estocadas eran débiles, arrítmicas, un intento patético de fornicar impulsado solo por el alcohol y la manipulación de la ramera rubia.

—¡Perdóname, Olga... ahhh, perdóname mi amor, soy un asco de hombre! —sollozaba Pablo desgarradoramente, dándole estocadas erráticas al coño de la esposa del chofer—. ¡Mmmh... aaaahhh!

—¡Hijo de puta! —gemía Olga, viendo a su novio cogerse a su enemiga.

Y es que la escena era monstruosa y dantesca.

Olga recibía mis embestidas brutales, rellenada hasta la garganta por mi inmensa verga, con el sudor escurriéndole por el vientre, mientras miraba fijamente a su propio prometido, quien a su vez lloraba pidiéndole perdón por cogerse a una desconocida.

—Mira al pelmazo de tu novio, zorra —le susurré al oído a Olga, mordiéndole el lóbulo con fuerza, reanudando el ritmo furioso de mis caderas—. ¡Míralo! Dile con la mirada que te encanta cómo su hermano mayor te desbarata el útero. Él no sabe follar.

Olga soltó una carcajada húmeda, furiosa e histérica a la vez, completamente podrida en su perversión. La adrenalina de ponerle los cuernos en su puta cara, de ver a su hombre llorar de culpa mientras ella rebosaba de lujuria sucia, la llevó al límite.