7. LA DESPEDIDA DE SOLTEROS #2
Los pezones resaltaban violentamente por el escote. Llevaba medias de seda negras, portaligas, y un antifaz veneciano grueso y brillante que cambiaba por completo su fisonomía. Sus labios, esos labios gruesos de mamadora experta, brillaban pintados de un rojo sangre escandaloso.
Atrás de ellas caminaba Sofía.
Mi prima rebelde mantenía su ropa de calle, pero su atuendo resultaba igual de provocativo.
Pantalones de mezclilla rotos mostrando sus muslos pecosos, botas militares y un top negro cortísimo exhibiendo la argolla de su ombligo.
Cruzaba los brazos sobre el pecho y masticaba un chicle con fuerza, mirando el entorno con una mezcla de asco y una fascinación morbosa imposible de disimular en sus pupilas dilatadas.
Me pregunté cómo es que la tía Cecilia había convencido a mi prima de… venir…
Caminé hacia el centro de la sala, interceptando a las tres rameras disfrazadas antes de que se dispersaran. Pablo seguía dormitando en el sofá, completamente ajeno.
—Fórmense aquí, perras —les indiqué en voz baja, señalando una línea recta en la alfombra, justo enfrente de la barra donde Arturo miraba aterrado.
Mónica, Cecilia y Olga hicieron una fila rápida. Las tres respiraban agitadamente, excitadas por el anonimato de las pelucas y la crudeza del lugar.
Las escruté de arriba abajo. Mi mirada se detuvo en Mónica, luego en Olga. La competencia por mi verga necesitaba reglas claras desde el minuto uno.
—Mónica, ponte de rodillas —le ordené a la esposa del chofer.
Ella acató de inmediato. Se hincó sobre la alfombra, el látex de su body rechinando levemente.
—Bésale las botas a Olga —le exigí, señalando el calzado de la novia de mi hermano—. Demuéstrale quién es la perra principal hoy. Y tú, Arturo, no te pierdas el puto show.
Arturo apretó los labios, agachando la cabeza, pero lo obligué a mirar tronando los dedos hacia él.
Olga sonrió maliciosamente detrás de su antifaz veneciano. Se paró firme, ensanchando los hombros, empujando sus inmensas tetas hacia adelante.
Mónica tragó saliva. Su orgullo peleó un microsegundo, pero la sumisión enfermiza ganó. Se inclinó hacia adelante y pasó la lengua por la punta de cuero de la bota de Olga.
¡Slurp!
—Aprende tu lugar, zorra —siseó Olga con una voz ronca e impostada, pisándole ligeramente los dedos de la mano a Mónica con el tacón de aguja—. Aquí vienes a servir.
La humillación estaba consumada. Le hice una seña a Mónica para que se levantara.
Me acerqué a Sofía. La agarré del brazo con rudeza antes de que articulara una palabra y la jalé hacia un rincón oscuro de la suite, cerca de un parlante, aislándola de los demás.
—¿Qué chingados hago yo aquí, Renzo? —siseó ella, zafándose de mi agarre, escupiendo las palabras con rabia contenida—.
Mi mamá me obligó a venir. Esto es un asco.
Son unos enfermos de mierda. Ahorita mismo le hablo a mi papá y le digo que su mujercita anda enseñando las tetas y la panocha en un table dance.
Sonreí, dando un paso al frente, invadiendo su espacio vital, acorralándola contra la pared forrada de espejos. Puse una mano a cada lado de su cabeza, bloqueando cualquier salida.
—Tu papá es un pusilánime, un pobre diablo convencido de que su esposa está dándose un masaje relajante en un spa de lujo —le susurré al oído, oliendo su perfume a vainilla mezclado con sudor nervioso—.
¿Le vas a hablar para destrozarle el corazón?
¿Para decirle que su matrimonio de veinte años es una farsa y que a su mujer le encanta tragar leche de otros hombres? Hazlo.
Sofía apretó los labios, tragando saliva ruidosamente. ¡Slurp!
—Sé perfectamente, niñita rebelde, que te mueres de putas ganas por ver de qué se trata todo este desmadre —continué, deslizándole el dorso de la mano por la mejilla pecosa—. Eres igual de perversa que tu madre. Huelo el morbo en ti. Tienes la panocha escurriendo en este preciso instante.
Sus ojos oscuros miraron hacia el centro de la sala. Observó a su madre, Cecilia, caminando y meneando el culo maduro hacia Gerardo, quien ya se relamía los labios.
—Son unos malditos enfermos —murmuró Sofía, perdiendo fuerza en la voz. Su respiración se aceleró, haciendo subir y bajar su top negro rápidamente.
—Tal vez, pero hoy aprenderás cómo los machos de verdad doblegan a los débiles —le dije, agarrándola de la barbilla, obligándola a sostener mi mirada—. Siéntate en ese taburete. Abre bien los ojos. Hoy vas a salir de aquí más mojada que en toda tu perra vida.
La dejé ahí, temblando, procesando mi imposición, y caminé hacia el centro de la pista de la suite.
El espectáculo estaba en marcha.
Mónica, con su peluca rubia platinada, y Cecilia, con la red transparente, flanqueaban a Pablo en el inmenso sofá de cuero. Y entonces mi hermano las miró con los ojos muy abiertos, parpadeando torpemente, abrumado por el olor a sexo, látex y perfumes penetrantes emanando de ellas.
—Hola, guapo... —ronroneó Mónica, alterando su voz para sonar rasposa y sumamente vulgar. Le acarició el muslo a Pablo, clavándole las uñas acrílicas a través de la tela del pantalón, subiendo la mano directo hacia su entrepierna.
—A ver, ingeniero, una probadita nada más —añadió nuestra tía Cecilia, recargando sus tetones maduros, pecosos y oscuros contra el brazo de mi hermano a través de la red—. ¿A poco vas a despreciar a dos mujeres dispuestas a consentirte?
—Señoritas, de verdad, con todo respeto, yo... yo me casaré… pronto y —balbuceó Pablo, apartando la mano de la rubia con movimientos lentos y torpes por el alcohol—. Yo amo a mi novia.
La tía Cecilia se inclinó, pasándole la lengua caliente por el lóbulo de la oreja. Pablo dio un respingo en el sillón de piel.
—Tu noviecita ignorará todo esto. Lo de esta habitación se queda aquí. Déjate consentir, relájate.
—Mi... mi Olga es un ángel. Ella jamás me perdonaría una bajeza así —lloriqueó Pablo, cerrando los ojos con fuerza. Una lágrima de borracho le escurrió por la mejilla—. Yo la amo un chingo. No saben cómo la amo. Ella es tan decente... le voy a fallar a mi niña.
Olga permanecía de pie a un par de metros de distancia, escuchando cada puta palabra de su prometido. Debajo de su antifaz veneciano, sus labios rojos se curvaron en una sonrisa sádica, malvada.
Le excitaba sobremanera escuchar al idiota idolatrarla mientras ella llevaba un corsé de puta, sintiendo la tela mojarse con sus propios jugos, lista para abrirme las piernas.
Olga dio un par de pasos al frente, pasando deliberadamente cerca de las rodillas de Pablo.
El olor de su perfume natural llegó a la nariz de mi hermano.
Pablo abrió los ojos, confundido por el aroma familiar, pero la peluca roja y el antifaz grueso lo desorientaron de nuevo.
La tortura psicológica operaba a la perfección.
—A ver, cantinero —grité hacia la barra, chasqueando los dedos—. Tráeles más alcohol a las señoritas y a mi hermano. ¡Muévete, cabrón, para eso te pago!
Arturo agarró la charola metálica con las manos temblando de forma visible. Colocó tres vasos de whisky directo y caminó arrastrando los zapatos hacia el sofá. Tenía la cara empapada en lágrimas. Al llegar, se inclinó para servir, agachando la cabeza como un esclavo miserable.
Mónica, aprovechando que Pablo tenía los ojos cerrados llorando su culpa, miró a su propio esposo. A través del antifaz de cuero, sus ojos castaños le clavaron una mirada de profundo desprecio. Levantó la bota hasta el muslo y, con un movimiento rápido, pateó la pata de la mesita de centro. ¡Zas!
El vaso de whisky se tambaleó y se derramó, salpicando el líquido ámbar directamente sobre el cuero de su bota.
—¡Fíjate por dónde caminas, imbécil! —le gritó Mónica a su esposo, usando su voz de ramera altanera—. Me salpicaste la bota. ¡Límpiala ahorita mismo con la lengua si es necesario!
Arturo tragó saliva ruidosamente. El cornudo castrado miró a su alrededor, pidiendo ayuda en silencio.
Yo lo fulminé con la mirada, exigiéndole absoluta obediencia.
Gerardo se reía desde el otro sillón. Y su esposa, la mujer del altar, le extendía la pierna forrada en látex exigiéndole sumisión total.
Arturo se dejó caer de rodillas frente al sofá. El golpe de sus rótulas contra el piso sonó patético. Se inclinó hacia adelante y sacó la lengua.
¡Slurp!
El chofer lamió el licor derramado directamente del cuero de la bota de su mujer, sollozando en silencio, humillado hasta el fondo de su alma, sintiendo el metal de la jaula clavándosele en la ingle con la postura.
—Hazlo mejor, inútil. Límpiame bien —le siseó ella, disfrutando inmensamente su poder, acariciándole el cabello a Pablo mientras su propio marido le limpiaba el calzado con saliva.
Pablo abrió los ojos, mareado, y vio al mesero arrodillado.
—Pobre cabrón... déjalo, señorita —murmuró mi hermano, demostrando su corazón noble a pesar de la borrachera.
—Olvida a la servidumbre, guapo —le contestó Mónica, dándole una patadita en el hombro a Arturo para que se largara—. Concéntrate en esto.
Mónica se inclinó sobre el regazo de Pablo. Con una habilidad asombrosa, le desabrochó el cinturón, le bajó el cierre del pantalón y le sacó la verga a mi hermano.
Pablo dio un respingo en el asiento, intentando empujarla por los hombros. Sus brazos carecían de fuerza.
Me sorprendió que Pablo estuviera tan bien dotado, aunque no como yo… ahí entendí que su problema es que no sabía fornicar putas como su mujer.
—¡Espérate! ¡Soy fiel, te lo juro, soy fiel! —gemía Pablo, agarrándose la cabeza con las manos, llorando de desesperación. Su moralidad libraba una batalla perdida contra los litros de alcohol en su sangre y el calor de las manos de la mujer.
Mónica ignoró sus súplicas. Abrió sus labios pintados y tomó la verga de mi hermano en su boca.
¡Slurp, slop!
—¡No! ¡NOOO!