7. LA DESPEDIDA DE SOLTEROS
Organizar el desmadre perfecto requiere una mente fría, una billetera sin fondo y una capacidad inmensa para la maldad.
Ver la logística operando a la perfección me provocó una sonrisa amplia.
Para lograr que mi hermano se revolcara con su propia familia política, engañando a sus amiguitos ingenieros, tracé un plan milimétrico.
El club swinger "El Edén" era un edificio enorme, oscuro y discreto a las afueras de la ciudad.
Su planta baja funcionaba como un laberinto de barras, tubos de pole dance, sillones de terciopelo rojo y luces estroboscópicas, diseñado para la perrada común.
Ahí cité a todos los pelmazos que trabajaban con Pablo en la constructora.
Gerardo y yo llegamos primero para preparar el terreno. Pagamos un paquete de barra libre premium y contratamos a quince de las escorts más caras, voluptuosas y complacientes del lugar.
Cuando los ingenieros llegaron, sudando testosterona corriente y expectativas de solteros, las mujeres se les echaron encima como abejas a la miel.
En minutos, la planta baja se convirtió en un caos de borrachos, música electrónica a todo volumen y fajes callejeros.
Los amigos de Pablo estaban muy ocupados manoseando pechos operados, metiendo las manos debajo de faldas de lentejuelas y empinándose botellas de tequila.
Se olvidaron de la existencia del novio al instante.
Eran unos simios sumamente fáciles de distraer.
A Pablo lo separé de esa jauría en cuanto cruzó la puerta.
—Tú ven para acá, hermanito. Tú perteneces a otro nivel, lejos de estos muertos de hambre —le dije, pasándole un brazo por los hombros y guiñándole un ojo.
—¿A dónde vamos, Renzo?
—A la gloria, campeón.
Lo fui empujando hacia las escaleras del fondo. Él arrastraba las palabras y se tambaleaba por los tres whiskys dobles que le hice tomar de fondo desde que salimos de su departamento.
—A ti te tengo reservada la suite VIP del último piso. Privacidad absoluta, cabrón. Solo tú, yo, Gerardo y unas cuantas amigas exclusivas que le abren las piernas únicamente a ejecutivos de alto nivel. Te vas a relajar como los verdaderos jefes.
—Renzo... hip... hermano, te lo agradezco un chingo, pero yo paso de follar con otras, ya te lo había dicho —balbuceó Pablo, tropezando con los escalones oscuros que subían al área restringida—.
Amo a Olga, cabrón. Mi mujercita hermosa.
Me mandó un mensaje hace rato, contándome lo aburrida que estaba en su pijamada con sus amigas, tomándose un tecito, platicando de los manteles...
Pobre de mi niña, allá encerrada. Me siento una basura por venir a este putero, cabrón.
Clavé las uñas en mis palmas para ahogar la carcajada que me subía por la garganta. La ingenuidad de mi hermano era un manjar delicioso.
—Tú relájate, persignado —le di una palmada en la espalda que lo hizo trastabillar contra el pasamanos—. Vas a tomar, vas a ver el espectáculo de primera fila y vas a celebrar tu última noche de libertad. Hoy te dejarás consentir por tu hermano. Yo soy el mayor y tienes que obedecerme.
Llegamos a la suite VIP y empujé las puertas dobles de madera acolchada.
Era un espacio inmenso, asfixiante, iluminado únicamente por luces de neón en tonos magenta y rojo profundo.
Tenía sofás de cuero negro en forma de herradura, paredes forradas de espejos, una barra de bebidas en la esquina derecha y una cama redonda gigantesca en el centro, cubierta con sábanas de seda negra.
El lugar apestaba a incienso caro, a sudor y a lujuria contenida.
Era el mismísimo infierno decorado con buen gusto.
Y detrás de la barra, vestido con un chaleco negro, camisa blanca de manga larga y un moño ridículo en el cuello, estaba mi flamante chofer.
Arturo.
Su rostro era un mapa de dolor, terror y humillación extrema. Las ojeras le colgaban hasta las mejillas y sus ojos estaban abiertos como pelotas. Temblaba visiblemente mientras acomodaba las botellas de licor caro sobre la repisa de cristal.
Debajo de ese pantalón de vestir negro, el pobre diablo llevaba su jaula de castidad apretándole los huevos, clavándole el metal en la piel, recordándole con cada punzada que era un simple objeto de mi propiedad, traído exclusivamente para servir los tragos de la orgía donde su propia esposa iba a participar.
—¡Arturito! —grité, caminando hacia la barra con Pablo a rastras, arrastrando las suelas sobre la alfombra gruesa—. Sírvele un trago doble a mi hermano. Del escocés de treinta años. Y a mí dame un tequila directo. ¡Muévete, cabrón, tenemos sed!
—Sí... señor —murmuró Arturo, agachando la vista inmediatamente, sirviendo el alcohol con manos tan torpes que el hielo chocó ruidosamente contra el cristal de los vasos. ¡Clack!
—¿Pero Arturo no es el… marido de Mónica?
Le expliqué lo que pasó por enésima vez, y cómo yo le estaba dando una oportunidad de trabajo, librándolo de ir a la cárcel.
—Bueno… —dijo Pablo—, de cualquier manera, es tu amigo, o lo era, no sé, no tienes por qué tratarlo así… con estas formas.
—A ver, Pablín, olvídate del puto de Arturo, y mejor diviértete como tiene que ser.
Gerardo estaba sentado en uno de los sofás de piel, revisando su celular con una sonrisa de depredador. Al vernos entrar, guardó el aparato y se frotó las manos, acomodándose la bragueta.
Acomodé a Pablo en el sillón más grande. El pelmazo se dejó caer pesadamente, aflojándose la corbata, soltando un suspiro largo mientras miraba las luces de neón del techo con los ojos a medio cerrar.
¿Quién carajos va a su despedida de soltero con corbata? En fin.
Cuando menos acordé, Pablo estaba en el punto exacto de ebriedad: lo suficientemente consciente para sentir la punzada de la culpa, pero lo bastante anestesiado para que su cuerpo, estúpido y primitivo, reaccionara a los instintos más básicos en cuanto le pusieran un culo enfrente.
Saqué mi teléfono del bolsillo y le mandé un mensaje a Mónica.
«Suban por el elevador privado. Ya estamos listos. Y más les vale llegar vestidas como se los ordené.»
Mientras pasaban los minutos de espera, la música electrónica retumbaba tenuemente desde el piso de abajo. Pablo cerró los ojos y recargó la cabeza hacia atrás, respirando pesadamente. Gerardo se sirvió otro trago.
Caminé hacia la barra. Arturo estaba secando un vaso de cristal con un trapo de tela. Yo me recargué en la barra de madera, clavándole la mirada.
—Acércate, Arturo —le ordené en voz baja, asegurándome de que Pablo no escuchara sobre el ruido de la música.
El chofer dio un paso al frente, agachando la cabeza.
—Abre las piernas —le siseé.
Arturo tragó saliva. Obedeció, separando los pies torpemente detrás de la barra. Levanté el brazo y, con el nudillo, le di un golpe seco directo a su entrepierna por encima del pantalón de vestir.
¡Clack!
El sonido del metal de la jaula de castidad chocando contra mi mano fue claro. Arturo soltó un quejido ahogado y se dobló ligeramente por el dolor en los testículos aprisionados.
—¿Te aprieta bien el metal, cornudo? —me burlé, agarrándolo del chaleco negro—. Quiero asegurarme de que no tengas ni una sola erección esta noche. Allá abajo, en los cajones, hay una caja negra. Sácala.
Arturo se hincó detrás de la barra, rebuscó en los gabinetes y sacó una caja de madera barnizada. La puso sobre el cristal.
—Ábrela y acomoda lo que hay adentro en esa charola de plata —le indiqué.
El pelmazo levantó la tapa. Adentro había frascos de lubricante a base de agua, aceites de masaje y docenas de condones texturizados.
—Acomódalos bonito, Arturito —le exigí, dándole unas palmaditas en la mejilla—.
Haz una puta pirámide con los condones si quieres.
Hoy tu mujer y las demás zorras van a necesitar mucho aceite para aguantar las cogidas que les vamos a dar.
Tú te encargas de repartir el lubricante cuando te lo pida. ¿Entendido?
—Sí... entendido, señor —sollozó el chofer, acomodando los frascos en la charola con las manos temblorosas.
Entonces, la puerta doble de la suite se abrió con un golpe sordo. ¡Zas!
El ambiente se cargó de electricidad al instante. Arturo soltó un frasco de aceite sobre la charola metálica. ¡Clack! Se quedó paralizado, mirando a la entrada, con la quijada temblando de pánico absoluto.
Entraron tres mujeres, seguidas por una cuarta que caminaba un par de pasos atrás, arrastrando las botas con rebeldía.
La producción era magistral. Verlas ahí, dispuestas a corromperse, me infló el pecho de superioridad. El aroma a cuero sintético, combinado con sus perfumes carísimos, inundó la estancia.
Mónica, la abnegada esposa del cornudo que nos servía los tragos, llevaba una peluca rubia platinada de corte asimétrico.
Vestía un body de látex negro que le apretaba las inmensas carnes sin piedad, dejándole casi todo el culo de fuera, devorándose la tela por la raya, y remarcando sus caderas anchísimas.
Lucía un antifaz de cuero que le cubría la mitad del rostro, un collar de perro en el cuello y botas hasta la mitad de los muslos. Parecía toda a puta de élite.
Cecilia, mi querida y madura tía, optó por una peluca negra, corta, estilo Cleopatra.
Su disfraz consistía en un vestido de red transparente.
Sus pezones maduros, oscuros y duros como canicas, resaltaban por los agujeros de la tela, y su panocha estaba cubierta apenas por una tira minúscula de encaje que se perdía en sus entrañas.
Su antifaz de plumas negras le daba un aire de depredadora veterana.
Y en el centro... la cereza del pastel. Olga.
La futura esposa de mi hermano. La mujer que supuestamente tomaba té en una pijamada con sus amigas…
Llevaba una peluca de un rojo fuego intenso cayéndole por la espalda. Su cuerpo despampanante lucía un corsé de cuero ajustadísimo, con varillas, echando sus inmensas ubres hacia arriba, ofreciéndolas como dos melones blancos a punto de reventar.