6. LA PRIMITA REBELDE #4
—¡Sofía...! —balbuceó Cecilia contra sus propios dedos, temblando de miedo a ser descubierta por su hija.
—¡Mamá! ¿Estás ahí adentro? ¡Abre, ya no aguanto! ¡Llevas mil horas!
El peligro era inmenso. Si la niñita caprichosa hacía un escándalo, Olga y Mónica vendrían y la farsa familiar explotaría en pedazos.
Pero en lugar de asustarme, el morbo me incendió el cerebro. Sonreí. Agarré las caderas de Cecilia con fuerza y, en completo silencio, sin decir una sola palabra, la embestí lenta y profundamente.
Cecilia abrió los ojos, suplicándome con la mirada que parara, pero el placer le nubló el juicio. Le metí la verga hasta la base, rozándole las paredes internas calientes y apretadas. Ella no pudo aguantar.
—¡Mmmh...! ¡Ahhh...! —un gemido ahogado se le escapó de la garganta, imposible de contener.
Afuera, los golpes de Sofía cesaron de golpe.
Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la puerta. Sofía, con sus veintidós años y su actitud de rebelde, acababa de escuchar claramente el gemido húmedo de su propia madre siendo ensartada en el baño de la quinta.
—Qué puto asco... —murmuró la voz de Sofía, cargada de repulsión—… pobre de papá… y con el puto sobrino…
Escuché sus pasos alejándose rápidamente por el pasillo.
En cuanto los pasos desaparecieron, la excitación del morbo nos dominó a ambos por completo.
—¡Eres un puto animal! —jadeó Cecilia—, si le dice algo a su padre… estamos muertos —Pero ella me agarró por la cabeza y me besó con furia renovada, contrayéndose violentamente sobre mi miembro.
—¡Tómala toda, perra! —le gruñí, acelerando el ritmo.
Me vine dentro de ella, soltando chorros espesos de leche caliente en lo profundo de su panocha. Le vacié toda mi carga, dejándola temblando, exhausta sobre el lavabo. Saqué mi verga.
¡Slurp!
Un hilo blanco goteó sobre la cerámica.
Me subí el cierre del pantalón. Cecilia se arregló el vestido rápidamente, respirando por la boca, temblando.
—Sal tú primero. Yo me lavo y voy en un minuto —me dijo, pálida por la adrenalina.
Salí del baño, ajustándome el cuello de la camisa. Caminé por el pasillo hacia la salida que daba a la alberca, saboreando el éxito de la cogida.
Pero al girar la esquina del pasillo oscuro, me la topé de frente.
Sofía.
Estaba recargada contra la pared, fumando un cigarro electrónico, soltando el vapor blanco por la boca. Me miró salir del pasillo del baño. Sus ojos rebeldes me escanearon de pies a cabeza. Vio mi camisa arrugada, el sudor en mi frente, y la expresión de satisfacción total en mi rostro.
Ella sabía perfectamente lo que yo acababa de hacerle a su madre.
Se despegó de la pared. Caminó hacia mí con esa actitud altanera, deteniéndose a escasos centímetros. Apestaba a vainilla, a tabaco dulce y a insolencia.
—Eres un puto asqueroso —me siseó Sofía, con una mirada desafiante, clavando sus ojos oscuros en los míos, sin un ápice de miedo—. Follándote a tu propia tía en el baño. Eres un pinche degenerado. Mi papá te romperá la cara si se entera.
Me quedé mirándola fijamente. Lejos de intimidarme, su rebeldía me encendió la sangre. Era un potro salvaje pidiendo a gritos que le pusieran la montura.
Di un paso al frente, cubriéndola con mi sombra casi por completo, obligándola a levantar la barbilla para no apartar la mirada.
—Tu papá es un pelmazo que no sabe satisfacer a la perra que tiene por esposa —le contesté con voz gélida, arrastrando las palabras, destrozando su figura paterna en un segundo—. Y tú eres una mocosa insolente que necesita urgentemente que le enseñen a respetar a los hombres de verdad.
Sofía parpadeó, sorprendida por la brutalidad de mi respuesta, pero no retrocedió. Sopló el vapor del cigarro directamente contra mi cara.
—A mí ningún hombre me enseña nada, imbécil. Menos un pendejo pervertido como tú. Te crees muy cabrón, pero me das asco.
Solté una carcajada corta. Levanté la mano lentamente y le agarré el mentón con los dedos, apretando su mandíbula con fuerza, obligándola a mirarme.
—Eso dices ahora, niñita rebelde —le susurré al oído, percibiendo su juventud y su arrogancia—.
Pero en este pinche mundo, las más altaneras son las que gritan más fuerte cuando las ponen a cuatro patas y les meten un pito como el mío.
Te juro por mi vida, Sofía, que antes de que termine el fin de semana de la boda, vas a estar de rodillas rogándome que te llene la boca de leche igual que lo hizo tu madre.
Le solté la cara con brusquedad. Sofía se quedó congelada, con los ojos muy abiertos, asimilando la amenaza directa. La rebeldía en su mirada parpadeó, cediendo un milímetro de espacio al terror y al morbo involuntario. Trató de articular una respuesta, pero la dejé con la palabra en la boca.
Me di media vuelta y caminé hacia la puerta de la quinta, dejándola ahí parada, respirando agitadamente.
El escenario estaba puesto. Olga, Mónica, Cecilia y ahora la rebelde Sofía en la mira. Mañana en la noche, el club swinger sería la prueba de fuego. Iba a destruir los valores de mi hermano Pablo, iba a corromperlo, y nadie en este maldito mundo me lo iba a impedir.