6. LA PRIMITA REBELDE #3
Olga y Mónica cruzaron miradas de odio camuflado al instante.
La competencia por ser mi perra favorita estaba latente en el ambiente.
Olga alzó la barbilla, sintiéndose superior por ser la futura novia de la familia, mientras Mónica apretaba los dientes, sabiendo que ella era la que se tragaba mis humillaciones a diario.
El viaje hacia la quinta duró una hora. Y fue el viaje más sádico y humillante que Arturo haya tenido que soportar en su perra vida.
Con el panel de privacidad a la mitad, de forma que el chofer no nos viera pero sí nos escuchara, las mujeres comenzaron a platicar. El alcohol, que yo había dispuesto en el frigobar de la camioneta, empezó a aflojar las lenguas rápidamente.
—Ay, ya me urgía este fin de semana lejos de mi casa —suspiró la tía Cecilia, dándole un trago a su copa de champán—.
Llevo meses a dieta estricta, si me entienden.
Max, mi marido, es un inútil, se duerme a las nueve de la noche, se la pasa quejándose del colesterol.
Necesito a un hombre de verdad, uno que me agarre fuerte y sepa cómo desbaratarme las entrañas como en los viejos tiempos.
Sofía rodó los ojos, bufando mientras miraba su celular.
—Qué asco, mamá, no hables de tus carencias sexuales enfrente de mí. Además, nadie en esta ciudad sabe coger. Todos son unos pendejos llorones que piden permiso para todo. No hay hombres, puros niños asustados.
Me reí por lo bajo, acomodándome en el asiento de hasta atrás, frotando la pierna de Mónica discretamente.
—No hables así, niña —intervino Mónica, lanzando una mirada venenosa hacia la nuca de su marido a través del cristal a medias—.
En esta ciudad sí hay hombres de verdad.
Hombres que tienen más de veintidós centímetros de carne dura, que te agarran del pelo, te doblan a cuatro patas y te rellenan la garganta de leche hasta asfixiarte.
Yo conozco a uno que me destruye maravillosamente bien, casi todos los días, ¿verdad que sí, Olga?
Olga se tensó, furiosa de que Mónica alardeara de mis atributos, y entró al juego de inmediato, alzando la voz para que el chofer escuchara cada maldita sílaba.
—Claro que sí, Mónica. Hay sementales que te abren las nalgas y te la meten por el culo hasta dejarte gritando como desquiciada toda la madrugada, rompiéndote entera.
El mío me hace aullar como una ramera en el sofá.
No como esos pobre diablos, esos fracasados oficinistas que la tienen chiquita y floja, que no sirven ni para complacer a su esposa y se conforman con abrir la puerta del carro.
El impacto en la cabina fue brutal.
Miré el espejo retrovisor. Arturo estaba pálido, casi gris.
Sus ojos inyectados en sangre miraban el camino, las lágrimas de pura humillación le escurrían por las mejillas en silencio.
Estaba manejando la camioneta mientras su esposa, la novia de su cuñado, y la familia entera, alardeaban gráficamente de la inmensa verga del hombre que iba sentado atrás de él.
Y encima, el cabrón traía un candado de acero apretándole los huevos.
Llegamos a la quinta. Era una propiedad inmensa, con alberca, jardines, un salón de eventos y cuartos lujosos. Las mujeres se bajaron riendo y bromeando. Arturo bajó las maletas, destrozado por dentro, arrastrando los pies como un zombie.
—Lárgate, Arturo. Te veo aquí mismo luego para llevarte al club swinger a preparar todo —le ordené, despidiéndolo como a un perro callejero.
Las mujeres se instalaron. Yo me quedé en la quinta un rato, fungiendo como el anfitrión perfecto y responsable. Mónica llamó a Pablo por teléfono desde el jardín para tranquilizarlo.
—Pablito, no te preocupes, mi amor —le decía Mónica por altavoz, caminando junto a la alberca, mientras Olga se reía a carcajadas por lo bajo—.
Aquí todo va a ser súper decente. Olga se está portando increíble.
Puras pláticas de mujeres, comidita rica, unos masajes y a dormir temprano. Tú diviértete con tu hermano mañana.
—Gracias, Mónica. Me dejas muy tranquilo. Cuídenmela mucho, por favor —respondía el ingenuo de mi hermano por la bocina.
Cortó la llamada. Mónica y Olga soltaron una risa sádica.
La tarde cayó. Sofía andaba de mal humor, encerrada en uno de los cuartos del fondo escuchando música a todo volumen, aislada del grupo, tecleando en su celular.
Olga y Mónica se estaban peleando discretamente por la atención de las masajistas que habían contratado en el salón principal.
Yo aproveché el caos. Me acerqué a la tía Cecilia, que se servía otra copa de vino en la barra.
—Tía, acompáñame un segundo al pasillo, necesito contarte un secreto familiar —le murmuré al oído.
La hermana de mi padre frunció el ceño, intrigada, y me siguió hacia un pasillo largo y apartado donde se ubicaban los baños grandes de la quinta.
Una vez lejos de las miradas de las demás, me recargué en la pared y le solté la bomba.
Le confesé sin filtros que llevaba semanas cogiéndome a Olga a espaldas de mi hermano.
—¡Renzo, por Dios! —susurró Cecilia, llevándose una mano al pecho, escandalizada, abriendo sus ojos oscuros de par en par—.
¡Es la prometida de Pablito! ¿Cómo puedes hacerle algo así a tu propio hermano?
Y esa escuincla... ¡qué reverenda sinvergüenza!
Hacerse la mosquita muerta y recatada frente a tus padres mientras se revuelca contigo a escondidas. ¡Es una ramera de lo peor!
—Lo es, tía. Una zorra que necesita ser domada —le contesté, acercándome un paso más, invadiendo su espacio—.
Y por eso, mañana en la noche le voy a arruinar su aburrida despedida.
Las voy a sacar de aquí a escondidas en la madrugada, a ella y a Mónica, para llevarlas a un club swinger enmascaradas.
Pablito se las va a coger sin saber quiénes son.
Y quiero que tú también vengas con nosotras, tía. A recordar viejos tiempos.
Cecilia se quedó pasmada. El horror moral inicial luchó violentamente contra la magnitud de la depravación que le estaba proponiendo, pero su naturaleza ardiente y adicta al peligro ganó la batalla en segundos. El fuego en sus ojos se encendió. Su respiración se aceleró.
Sin decir una palabra más, me agarró de la corbata y me jaló hacia la puerta de uno de los baños grandes de mármol blanco. Entramos y le puse seguro a la puerta.
¡Clack!
—¡Eres un hijo de puta! —me dijo.
—Sí, la verdad sí, es un halago que me lo digas, tía.
Cecilia estaba recargada contra el lavabo. El vestido verde esmeralda le marcaba los pezones duros. Sus ojos oscuros brillaban con una calentura acumulada de años de frustración matrimonial.
—Te he extrañado mucho, sobrino —jadeó ella.
Agarró mi corbata y me jaló hacia sus labios pintados de rojo.
La besé con lujuria salvaje, mordiéndole el labio inferior, saboreando la experiencia de esa boca madura. Cecilia metió sus manos debajo de mi camisa, arañándome la espalda con desesperación, respirando por la boca.
—Estás igual de perra que hace veinte años, tía —le gruñí.
Le levanté el vestido verde de un solo movimiento brusco, empujando la tela hasta su cintura.
Llevaba una tanga de encaje blanco minúscula.
Se la arranqué rompiendo la tela por los costados.
Su panocha estaba empapada, escurriendo de lubricación, brillante y goteando sobre el piso del baño. Se moría de ganas por sentir mi verga.
La agarré por los muslos, la levanté en vilo y la senté sobre el borde del lavabo de mármol frío. Le abrí las piernas de par en par. Saqué mi miembro venoso y duro, apunté a su entrada caliente, y me la ensarté entera de una estocada brutal.
—¡AAAAHHH! ¡Qué grande la tienes, Renzo, sobrino… ensártamela toda! —bramó la tía Cecilia, arqueando la espalda.
Clavó los tacones en mis caderas, apretándome con una fuerza asombrosa, envolviéndome con sus carnes maduras.
¡Plaf, plaf, plaf!
El sonido de nuestros cuerpos chocando contra la porcelana y la madera retumbaba en las paredes del baño. Mis embestidas eran largas, profundas, machacándole el cérvix, sacándole toda esa frustración de vivir con el pelele de Max.
—¡Dime qué tan pelmazo es Max, tía puta! —le exigía, agarrándola de esas inmensas tetas maduras, amasándolas con rudeza, estrujando sus pezones—. ¡Dime quién te folla como se debe!
—¡Es un inútil! ¡Un fracasado de mierda! ¡Tú me follas mil veces mejor, sobrino, ah, ah, ah! ¡Métemela toda, métemela hasta el útero! —aullaba ella, desquiciada, moviendo el culazo contra el mármol, recibiendo mis veintidós centímetros con devoción, arañándome los hombros.
La escena era asquerosamente perfecta. Follándome a mi tía en el baño mientras la prometida de mi hermano y la esposa de mi chofer estaban allá afuera compitiendo por mí.
Y de pronto, en medio del escándalo, el picaporte de la puerta del baño se movió violentamente.
Alguien intentaba entrar.
—¡Oigan, abran la puerta, me estoy meando! —gritó la voz juvenil y exasperada de Sofía, golpeando la madera con el puño cerrado.
Cecilia se congeló, abriendo los ojos desmesuradamente, aterrada. Se tapó la boca con ambas manos, intentando ahogar los jadeos. Su vagina se contrajo con un espasmo de puro pánico, exprimiéndome la verga de una forma deliciosa.