6. LA PRIMITA REBELDE #2
—¡Es diferente! —chilló ella, cruzándose de brazos, ofendida, haciendo que sus enormes ubres se apretaran y resaltaran por el escote del vestido—.
¡Él es mío! Yo me voy a casar con él, es mi prometido.
Él no tiene derecho a revolcarse con putas de la calle.
Yo a ti te cojo porque eres un hombre de verdad, pero él es un niño.
No le voy a permitir que me ponga los cuernos.
La agarré del cuello, apretando suavemente, dominando su berrinche al instante, obligándola a levantar la barbilla.
—Pues qué crees, niñita. Las putas no van a ser de la calle. Las putas van a ser ustedes. Y de que te pone los cuernos, te los pone, lo mereces por zorra.
El rostro de Olga palideció. Parpadeó un par de veces, confundida.
—¿De... de qué hablas, Renzo?
—Voy a arruinarte tu aburrida fiestecita.
Gerardo y yo alquilamos un área VIP en un club swinger para mañana en la noche —le revelé, saboreando cada palabra—.
En medio de la madrugada, las voy a sacar de la quinta a escondidas.
Ustedes van a ir disfrazadas a la despedida de soltero de mi hermano.
Con pelucas oscuras, lencería de rameras de esquina y antifaces gruesos.
Mónica, tú, y si mis cálculos no fallan, la tía Cecilia.
Vamos a embriagar a Pablito hasta que no reconozca ni sus propias manos.
Y voy a hacer que se coja a Mónica o a la tía.
El pobre cabrón se merece una compensación por lo mucho que tú te dejas follar por su hermano, ¿no crees?
Olga abrió la boca, asimilando la depravación del plan. Sus celos de mujer comprometida intentaron salir, pero el morbo que le provocaba mi nivel de maldad terminó por excitarla aún más. Sus piernas temblaron, frotando sus muslos gruesos entre sí.
—¡Primeramente…! ¿De qué puta tía hablas?
—Ya lo sabrás, preciosa, ya lo sabrás.
—Eres un maldito enfermo, cuñado... —susurró, respirando por la boca—. No sé si me guste la idea… pero te advierto algo, Renzo... Pablito no va a tocar a ninguna otra. Yo me voy a encargar de que no se le pare con nadie más. Esa verga es mía y solo la suelta conmigo.
—Eso ya lo veremos —le contesté, bajándome el cierre del pantalón, sacando mi verga dura y venosa—. Ahora, deja de hablar de tu novio. Ponte de rodillas y demuéstrame por qué eres la perra principal de esta familia.
Olga no dudó ni un segundo. Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra, abrió sus labios pintados de rojo y tomó la cabeza de mi miembro con avidez.
¡Slurp, slop!
El sonido húmedo de su boca mamando llenó la sala. Subía y bajaba la cabeza con una desesperación asquerosa, atragantándose a propósito, tragando saliva ruidosamente, mirándome hacia arriba con devoción total. Le agarré la nuca y empecé a bombearle la garganta con violencia.
—¡Trágatela, zorra, trágate toda la verga del hermano mayor! —le exigía, empujando mi pelvis.
—¡Mmmh! ¡Ah, ah! —se ahogaba ella, babeando sobre mis muslos, escurriendo de pura lujuria.
Cuando me cansé de follarle la boca, la levanté del suelo jalándola por los brazos. La puse de perrito sobre el borde del sofá, le abrí las nalgas gordas y se la ensarté por detrás con una sola estocada seca y profunda.
—¡AAAAHHH! ¡Sí, cuñadito, sí! —aulló la puta de Olga, arqueando la cintura, rebotando sus inmensos melones contra el cuero del sillón—. ¡Métemela, Renzo, dámela toda hasta el fondo!
¡Plaf, plaf, plaf!
Mis embestidas eran salvajes. El choque de nuestros cuerpos era asquerosamente perfecto. Le azoté las nalgas hasta dejárselas rojas como tomates, mientras ella gritaba desquiciada, demostrándome que le encantaba que la tratara como basura.
Me vine dentro de ella, vaciándole una carga inmensa de semen hirviendo.
—¡Aaaah... sí, lléname la panocha, cuñado! —jadeó ella, sintiendo cómo sus espasmos vaginales me exprimían hasta la última gota.
Saqué mi miembro con un sonoro ¡squish! y ella se dejó caer exhausta, respirando con dificultad.
—Cámbiate y lárgate, perra —le ordené fríamente, subiéndome el pantalón—. Ve a preparar tus maletas, que mañana llegan las invitadas.
Al día siguiente, el circo comenzó desde temprano.
Arturo estaba estacionado frente a mi torre a las diez de la mañana. Bajé al estacionamiento. Mi chofer personal estaba de pie, sosteniendo la puerta de la inmensa SUV. Vestía su trajecito gris de oficinista, pero se notaba una incomodidad brutal en su postura.
Caminaba medio encorvado, con las piernas ligeramente separadas, y su rostro estaba perlado de un sudor frío. Su respiración era corta.
La jaula de castidad le estaba haciendo su trabajo.
Desde que le ordené que se la pusiera, Mónica le había enjaulado la verga con ese candado de acero, guardando la llave en su propio bolso. El pobre cabrón no podía ni rozarse sin sentir un dolor agudo en los testículos. Era un perro castrado, humillado en su propia carne, manejando mi vehículo.
—Buenos días... señor —murmuró Arturo, bajando la cabeza, sin atreverse a mirarme a los ojos, agarrándose el estómago como si le doliera caminar.
—Manejas como abuela, Arturo. Acelera hacia el aeropuerto, que mi tía y mi prima ya aterrizaron —le ordené, subiendo al asiento trasero, recargándome en la piel.
Arturo asintió y arrancó. Con cada tope o bache en la calle, yo veía por el espejo retrovisor cómo apretaba los dientes y cerraba los ojos, aguantando el pellizco del metal en sus genitales. Era una delicia verlo sufrir.
Llegamos a la terminal.
Y ahí estaban esperando con sus maletas de diseñador.
La tía Cecilia y mi prima Sofía. Acompañadas del pelmazo del tío Max.
Arturo se bajó corriendo, a pesar del dolor, a cargar el equipaje como el sirviente que era, mientras yo me bajaba a saludarlos.
Cecilia estaba espectacular. Cuarenta y seis años y lucía un vestido verde esmeralda ajustadísimo que le remarcaba unas nalgas maduras y firmes, y un escote que no podía disimular el tamaño morboso de sus pechos.
Me sonrió con malicia, acercándose para darme un abrazo.
Me apretó la cintura y sentí cómo rozó su pelvis contra la mía discretamente, sin que el cornudo del tío Max se diera cuenta.
—Hola, sobrino adorado —me susurró Cecilia al oído, con un aliento cálido—. Qué bueno que viniste por nosotras. Estaba loca por verte.
—No podía dejarlas tiradas, tía. Estás riquísima, como siempre —le contesté por lo bajo, separándome con una sonrisa cómplice.
Luego saludé al tío Max. El tipo calvo, con su barriga de siempre y su chalequito ridículo, me dio la mano con esa debilidad característica de los hombres que no sirven para nada.
—Gracias, Renzo. Oye, yo me voy directo al hotel que reservé en el centro.
Tengo unas llamadas de trabajo qué hacer y unos correos atrasados.
Las dejo en tus manos para el evento de hoy, que se diviertan mucho —dijo Max, acomodándose los lentes, firmando su propia sentencia de cornudo al dejarle el terreno libre a su mujer.
—No te preocupes, tío Max. Yo me encargo de que se la pasen de maravilla. Arturo, pide un taxi para el señor, y sube las maletas de las damas a la camioneta —ordené.
Y entonces, mis ojos se clavaron en ella.
Sofía. Veintidós años.
Era una copia exacta y mejorada de la juventud salvaje de su madre.
Tenía el mismo cabello oscuro, pero se lo había teñido de un rojo encendido y cortado a la altura de la mandíbula, dándole un aire rebelde, casi agresivo.
Su piel blanca estaba adornada con pecas en los hombros.
Llevaba unos leggings negros apretados a más no poder, marcando un culo redondo, parado y respingón, y un top corto que mostraba una argolla plateada en el ombligo.
Sus brazos tenían tatuajes de líneas finas.
En la nariz, un piercing brillaba con insolencia.
Tenía una actitud de mierda. Miraba todo con asco, masticando chicle con la boca medio abierta, sosteniendo su celular como si el mundo exterior le diera flojera.
—Hola, Sofía —le dije, acercándome a ella.
Ella me barrió con la mirada, de arriba a abajo, deteniéndose un segundo en mis zapatos caros y luego en mi cara. Sopló una burbuja de chicle y la reventó.
—Hola, primo mayor —contestó secamente, cruzándose de brazos, echadndo sus pechos firmes hacia adelante—. ¿Ya nos vamos? Me choca el pinche aeropuerto, apesta a pobre y a sudor.
Cecilia intentó regañarla, avergonzada.
—¡Sofía, compórtate! Renzo nos está haciendo el favor enorme de recogernos.
—Me vale madres, mamá. Hace calor. Que el don ese arranque la camioneta y ya —bufó la mocosa, señalando a Arturo con la barbilla, caminando hacia la puerta que el chofer le sostenía abierta.
Puta chiquilla.
Me quedé mirándola subir. La forma en que meneaba las caderas, esa rebeldía, ese descaro. La sangre me hirvió de inmediato. Sofía era un potro salvaje, una niña malcriada que necesitaba urgentemente la mano dura de un hombre de verdad para romperle esa actitud altanera y hacerla gemir de sumisión.
Iba a ser un deleite domarla.
Nos subimos a la SUV. Cecilia y Sofía en los asientos tipo capitán de en medio, y yo en la tercera fila de atrás. Arturo manejaba, sudando frío en el asiento del conductor.
—Arturo, desvíate a la casa de tu esposa. Mónica va a venirse con nosotros desde temprano al salón que alquilé para la despedida —le indiqué.
El chofer tragó saliva, sus nudillos blancos en el volante.
—Sí... señor.
Pasamos por Mónica. La rubia esposa de Arturo salió de su casa luciendo un vestido primaveral que dejaba asomar sus inmensas carnes.
Al subirse a la camioneta, ni siquiera miró al pelmazo de su marido que le abría la puerta.
Saludó a Cecilia y a Sofía con hipocresía y se sentó junto a mí en la parte trasera.
La cabina de la camioneta se llenó de perfume de mujer. Cinco personas, cuatro de ellas hembras, y un chofer destrozado.
—Arturo, pasa por Olga al departamento de mi hermano. La novia también viene con nosotros —ordené.
Recogimos a Olga. Subió al vehículo vestida con un short blanco cortísimo y una blusa de seda que dejaba poco a la imaginación. Se sentó en medio, junto a Cecilia.