6. LA PRIMITA REBELDE
Un jueves por la mañana, Gerardo, mi flamante analista y cómplice, entró a mi oficina cerrando la puerta de cristal detrás de él.
Se sentó frente a mi escritorio con una sonrisa de oreja a oreja.
Desde que le entregué a Mónica en bandeja de plata, el tipo andaba caminando sobre las nubes, sintiéndose un semental de primera.
—Renzo, cabrón, te la volaste con el regalito de la otra noche —me dijo Gerardo, bajando la voz, acomodándose la corbata con aires de grandeza—.
Esa vieja es una maldita máquina. Me la cogí hasta que me dolieron las piernas, y todavía me pedía más.
Qué bárbaro, cómo la tenías de amaestrada.
Está bien pinche loca. Ayer me mandó un mensaje en la madrugada diciéndome que le dolía la panocha por mi culpa.
Me recargué en la silla ejecutiva, cruzando las manos sobre mi regazo, saboreando mi propia superioridad y dejándolo que hablara.
—Te dije que a los míos los trato bien, Gerardo.
Mónica es una mujer insaciable, pero obedece.
Tú nomás dale lo que pida y te va a tener contento.
Eso sí, recuerda quién manda en esta perrera.
No te vayas a encariñar ni a creer que es tu novia, porque en cuanto yo truene los dedos, ella regresa a gatas a mí.
—Claro que sí, cabrón, mis respetos —asintió rápidamente, borrando un poco su sonrisa de galán, sabiendo perfectamente que yo le podía quitar el juguete cuando se me diera la gana—.
Oye, cambiando de tema... sobre lo que me pediste investigar desde hace semanas para la despedida de tu hermano. Ya tengo el lugar perfecto.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en la madera.
—Dime.
—Un club swinger bastante exclusivo a las afueras de la ciudad.
Se llama "El Edén". Oscuro, discreto, la gente entra con máscaras y antifaces, nadie sabe quién es quién si no quieres.
Tienen cuartos privados, barras, todo el pinche desmadre.
Hablé con el gerente y le solté un buen billete.
Nos van a cerrar un área VIP completita para nosotros mañana en la noche, justo a la misma hora que la despampanante novia tiene su fiestecita en la quinta. Nadie nos va a molestar.
Sonreí, asintiendo lentamente. La logística de mi depravación estaba cayendo en su lugar.
—Perfecto. Haz los pagos con la tarjeta corporativa de gastos de representación. Quiero la mejor champaña y seguridad en la puerta de esa sala.
Gerardo se levantó y salió de la oficina. Apenas unos minutos después, agarré el teléfono y mandé llamar a Pablo.
Mi hermanito entró horas después con su portafolio bajo el brazo, luciendo unas ojeras tremendas y el cabello lleno de polvo. Se notaba que la constructora lo traía en chinga, trabajando de sol a sol para juntar el dinero de su dichosa boda y cumplirle los caprichos a su mujercita.
—Qué onda, Renzo. ¿Para qué me llamabas? Ando atorado con los colados del edificio sur y unos contratistas me están quedando mal con el cemento —dijo, dejándose caer en la silla de visitas con un suspiro de agotamiento.
—Siéntate, Pablito, relájate un segundo —le señalé la silla con la pluma—. Te veo muy estresado, cabrón. Te vas a casar muy pronto, deberías andar tranquilo, disfrutando el proceso. Te vas a enfermar antes de llegar al altar.
Pablo se frotó la cara con ambas manos.
—Es un chingo de presión, hermano. Olga anda vuelta loca con los preparativos.
Quiere que la boda salga perfecta, los detalles de las flores, el salón, la cena...
y yo no quiero fallarle. Gasto y gasto, cabrón.
Pero vale la pena. La amo demasiado, Renzo.
Es la mujer de mi vida. Ha sido tan comprensiva conmigo...
La ternura del pelmazo me dio náuseas. Escucharlo alabar a la perra que horas antes me estaba suplicando que le rompiera el culo en mi sofá era surrealista. Mantuve mi mejor cara de hermano comprensivo.
—Por eso mismo te llamé —le dije—. Ya te había advertido que Gerardo y yo te íbamos a organizar tu despedida de soltero.
Es mañana en la noche, aprovechando que Olga tiene su dichosa escapada a la quinta con sus amigas y familiares.
Un lugar de primera, totalmente privado, para que te relajes y te olvides del cemento y las varillas por un puto rato.
Pablo frunció el ceño de inmediato, levantando las manos a la defensiva.
—No, no, no. Renzo, te lo agradezco un chingo, pero ya habíamos hablado de esto desde hace un mes.
Yo te dije que no quiero putas. No quiero espectáculos de esos.
No me voy a acostar con nadie más. Olga es una santa, cabrón.
Se porta increíble conmigo, me cuida, y yo no le voy a hacer esa perrada a semanas de casarnos.
Soy un hombre fiel. Ya te lo había dicho.
Tuve que morderme el interior de la mejilla para no soltar una carcajada ahí mismo. Su "santa" me había dejado las sábanas manchadas de sus caldos vaginales toda la semana.
—Tranquilo, persignado —le contesté, usando un tono burlón pero amigable—. Nadie te va a obligar a meterla donde no quieres. Solo será diversión. No pasará nada malo, sólo es un club privado, mañana, no pasa nada.
—¿Y encima mañana? No, Renzo, para eso hubiera necesitado más tiempo, más anticipación.
—Te conozco, Pablito, entre más tiempo te anticipo algo, más tiempo tienes para rechazarlo, así que no… mañana será…
—No lo sé… hermano… o sea… primeramente dime qué tienes planeado, o qué onda con eso.
—Pues lo normal en una despedida, cabrón.
Va a haber chicas con antifaces, show de luces, buenos tragos.
Tú vas, te sientas, te tomas unos whiskys de malta carísimos que ya pagué, te echas un taco de ojo y te relajas con tu hermano.
Eres mi hermano, te mereces una noche a toda madre antes de que te pongan la cadena.
Solo tienes que asistir, brindar conmigo y ya.
Pablo dudó. Su lealtad luchaba contra la gratitud inmensa que me tenía por todos los contratos que le había facilitado.
—Solo ir a tomar y platicar... nada de coger. ¿Me lo juras, cabrón? No quiero que me anden metiendo viejas encueradas a fuerzas.
—Te lo juro por mis huevos, Pablito. Nada que tú no quieras hacer. Tú tienes el control.
—Está bien —suspiró, rindiéndose, esbozando una media sonrisa cansada—. Mañana en la noche nos vemos. Pero primero necesito ver qué opina Olga de esto. Gracias, hermano. De verdad, te pasas de bueno conmigo. Eres el mejor.
—Lo sé, eso no me lo tienes ni qué recordar, yo soy el mejor.
En cuanto Pablo salió de mi oficina, solté una risa. «Te pasas de bueno», me repetía en la mente. El ingenuo no tenía ni puta idea.
Amo a mi hermano, desde luego, pero una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa.
Lo que tenía preparado, lo había maquinado desde semanas anteriores, desde que supe que las mujeres se irían a encerrar a esa quinta. Sin embargo, en la despedida de soltero que tenía planeado para mi hermano, las rameras enmascaradas iban a ser las mujeres de nuestra propia familia.
Mi plan era embriagarlo hasta dejarlo ciego, entorpecerle los sentidos y hacer que se follara a la rubita madura preciosa, a su propia prometida o, si la suerte y la depravación me sonreían y lograba convencerla en cuanto aterrizara, a nuestra propia tía.
Yo iba a corromper a mi hermano menor, arrastrándolo a mi lodo de forma inconsciente, para que mi dominio sobre su vida fuera definitivo.
Esa misma tarde, mandé llamar a Olga a mi departamento.
Llegó a las siete en punto. Apenas cerré la puerta principal, la muy perra dejó caer su bolso carísimo al suelo de la entrada. Traía puesto un vestido entallado color negro y unos tacones de aguja que la hacían ver monumental. Ni siquiera dijo "hola".
Caminó directo hacia mí, me agarró del cuello de la camisa, me jaló hacia abajo y me metió la lengua hasta la garganta, besándome con una lujuria desquiciada.
—¡Mmmh...! —gimió contra mis labios, mordiéndome—. Te extrañé todo el puto día, cuñado. Me traes loca.
—Tranquila, zorra —le gruñí, separándola un poco.
Ella no hizo caso. Frotó su pelvis contra mi bragueta con fuerza.
—Hazme tuya, Renzo. Fóllame aquí mismo, contra la puerta, ándale... —jadeaba ella.
La agarré de las nalgas, apretando sus carnes firmes, y la empujé hacia el sofá de la sala.
Le subí el vestido negro de un solo tirón.
Llevaba unas medias de red oscuras, un liguero apretado a sus muslos blancos, y ninguna puta braga.
La panocha le escurría de caldos, brillante, hinchada, latiendo visiblemente por la calentura que traía acumulada desde la calle.
—Te dije que te calmes —le ordené, dándole una nalgada sonora en el muslo.
¡Zas!
Olga soltó un alarido, arqueando la espalda, pidiendo más castigo.
—¡Ah! Sí... pégame... —suplicó.
—Escúchame bien —le ordené, ignorando sus súplicas, agarrándola del cabello negro y jalándole la cara hacia atrás para que me mirara a los ojos—.
Mañana es tu famosa despedida de soltera en la quinta, esa que llevas planeando meses con mi mamá y tus primas.
Pero lo que no sabías, es que mañana a la misma hora, también es la de Pablito.
Los ojos verdes de Olga se achicaron, cortando su calentura de tajo. Una chispa de posesión territorial brilló en sus pupilas.
—¿La de Pablo? —preguntó, frunciendo el ceño—. No sabía que mi prometido tendría una despedida de soltero.
—Pues te estás enterando…
—Pero… ¿Y qué van a hacer? Más le vale a ese estúpido no andar tocando a nadie. Le dije claramente que no quería espectáculos asquerosos con esa clase de putas.
Solté una carcajada fuerte, maravillado por el nivel de cinismo de esta hembra.
—Eres una hipócrita de mierda, Olga. Tú andas abriéndome las piernas todos los putos días, vienes a mi casa sin calzones, rogándome que te llene de leche el útero porque él no te satisface, ¿y te pones celosa porque tu noviecito vaya a ver a un par de putas en un bar?