Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 5. LA JAULA DE CASTIDAD #4
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5. LA JAULA DE CASTIDAD #4

A las nueve de la noche, el timbre de mi departamento sonó.

Me levanté y caminé hacia la puerta. No esperaba a nadie.

Abrí la puerta.

Era Olga.

Pero no venía vestida de niña buena ni con ropa casual. Llevaba puesto un vestido de licra negro, cortísimo, que apenas le tapaba las nalgas. Se había maquillado con sombras oscuras y los labios rojo intenso. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad felina, desafiante y extremadamente celosa.

—¿Estás solo? —preguntó ella, empujándome para entrar al departamento.

—¿Y a ti qué te importa, zorra? —le contesté, cerrando la puerta con seguro—. Además, ¿qué haces aquí? ¿A caso Pablo sigue en Monterrey?

—Pablo no me importa una mierda ahorita —siseó Olga, caminando hacia el centro de la sala, dándose la vuelta para encararme—. Me enteré de que tienes a Mónica viniendo a tu casa. Al parecer esa vieja inmunda, le gusta venir a follar contigo a tu depa, ¿no?

—¿Y quién te fue con el chisme, Olguita?

—Ya vez… Arturito al parecer anda muy molesto con eso.

—Ah, tenía que ser el puto cornudo. Pero sí… ha venido Mónica algunas veces, ¿algún problema con eso?

—Mi problema es que yo quiero ser tu hembra principal, no esa vieja guanga.

Solté una carcajada. Estaba celosa. La competencia por mi verga estaba volviendo locas a estas dos mujeres.

—Pues de guanga, Mónica no tiene nada. Además es una mujer muy obediente, Olga. Hace lo que le pido. Coge bien. Y no anda con tantas exigencias como tú.

Los ojos de Olga echaron chispas. Se quitó los tacones de un tirón y los pateó a un lado. Agarró el borde de su vestido negro de licra y se lo sacó por la cabeza de un solo movimiento, arrojándolo al suelo.

Me quedé sin aire.

—Dudo mucho que haya una perra que te folle mejor que yo, cuñadito.

Traía puesto un conjunto de lencería fucsia.

Un sostén de encaje que le echaba las tetazas hacia arriba, dejando los pezones rosados expuestos a través de la tela transparente.

Llevaba un liguero atado a unas medias de seda negras que le subían por esos muslos blancos y perfectos.

No traía bragas. Su coño estaba completamente a la vista, rasurado, rosado y brillante.

Venía vestida de puta profesional. Lista para demostrarme que era mejor que Mónica.

—¿Tú crees que esa vieja gorda puede hacer esto? —me retó Olga, con una voz cargada de veneno y calentura.

Caminó hacia mí, descalza pero caminando en puntitas para mantener la tensión en sus pantorrillas. Se acercó hasta que sus pechos se aplastaron en mi camisa.

Y empezó a mover las caderas. Un baile lento, obsceno. Frotó su panocha húmeda contra mi entrepierna, restregándose contra mi bragueta.

Echó la cabeza hacia atrás, pasándose las manos por el cabello negro, moviendo el culazo en círculos contra mis muslos. El olor a su perfume dulce y la fragancia de su coño me embriagó por completo.

—Eres una perra descarada, Olga —le susurré, agarrándola de la cintura, sintiendo la piel hirviendo.

—Soy la perra que más te gusta, cuñado —jadeó ella, mirándome a los ojos—. Y te lo voy a demostrar toda la puta noche. Hoy no me iré hasta dejarte seco.

La agarré del cuello y la besé con lujuria salvaje. Le metí la lengua, saboreando el maquillaje y la pasión desbordada. Ella me correspondió abriendo la boca, mordiéndome el labio inferior con fuerza, gimiendo contra mi garganta.

La levanté en el aire agarrándola de ese culo monumental. Sus piernas envueltas en medias de seda se enredaron alrededor de mi cintura. Caminé con ella en brazos hasta mi recámara. La tiré sobre las sábanas blancas.

—¡Cómo me encantas, cuñadita!

Me arranqué la ropa a pedazos. Mi verga estaba durísima, venosa, latiendo de lujuria y obsesión.

Porque eso era lo que sentía por ella. Una obsesión carnal enferma.

No solo era follarme a la prometida de Pablo para mi orgullo; el cuerpo de Olga me tenía hechizado.

Esas ubres pesadas, esos ojos verdes, ese culo perfecto.

Me tiré encima de ella. Acomodé la cabeza de mi miembro en la entrada de su coño empapado y se la ensarté de un golpe largo y brutal.

—¡AAAAHHH! —gritó Olga a todo pulmón, arqueando la espalda, empujando sus pechos hacia mi cara.

—¡Dime quién te folla mejor que nadie, zorra! —le exigía, embistiéndola con una violencia rítmica, ensordecedora.

¡Plaf, plaf, plaf!

El sonido de mis huevos chocando contra sus nalgas rebotaba en las paredes de la recámara.

—¡Tú, Renzo, ah, ah, ah! ¡Cógeme, cuñado! ¡Me encanta cómo me la metes! —aullaba Olga, clavándome las uñas en la espalda, moviendo las caderas para recibirme hasta la base.

La pasión y el morbo se mezclaron en una sesión interminable. Me la follé de misionero, machacándole el cérvix. La puse de perrito, agarrándole las caderas y dándole nalgadas sonoras. ¡Zas, zas!

Y también se la metí el agujero rectal.

—¡Ah, ah! ¡Rómpeme el culo, Renzo! —suplicaba ella, con el maquillaje corrido, desquiciada de placer, demostrándome que era infinitamente más salvaje que Mónica.

Pasamos horas enredados en las sábanas. La cogí hasta que me dolieron los músculos. Cada vez que me venía, le vaciaba litros de leche caliente en el útero.

—¡Aaaah... sí, trágate mi leche, puta! —gruñía yo, sintiendo sus espasmos vaginales exprimiéndome la verga.

—¡Me vengo, Renzo, me vengo, ah, ah! —gritaba ella, vibrando entera, escurriendo de fluidos por todos lados.

Descansábamos por momentos, para recuperarnos, y seguíamos cogiendo. Cuando el sol empezó a despuntar por la ventana de la recámara, Olga estaba acostada a mi lado, profundamente dormida, desnuda, con el liguero fucsia todavía puesto y manchas de mi semen seco en su vientre plano.

La miré, respirando con calma, sintiendo esa mezcla asquerosa y deliciosa de superioridad total.

Tenía a mi hermano engañado. Tenía a Arturo castrado con un candado en la verga manejando mi camioneta.

Tenía a Mónica trabajando como ramera para mis amigos.

Tenía a mi tía y a mi prima en la mira para la boda.

Y tenía a la futura señora de la casa, durmiendo suavemente después de haberme vaciado los huevos toda la noche.

Yo era el dueño de todas sus vidas.