5. LA JAULA DE CASTIDAD #3
Leí el mensaje y la sangre me hirvió. ¿Con que el cornudo inútil quería jugar a ser hombre en su casa y tocar lo que era mío? Apreté los dientes.
—Estaciónate aquí a la derecha, Arturo —le ordené de golpe.
Él obedeció, confundido, parando la camioneta en el acotamiento.
—¿Qué pasa, señor? —preguntó, volviendo al tono sumiso.
—Me acabo de enterar de que anoche te pusiste muy valiente en tu casa, Arturito —le siseé, bajando el panel de cristal por completo y asomándome hacia el asiento del conductor—. Resulta que quisiste forzar a Mónica para que se acostara contigo.
Arturo palideció.
—Es... es mi esposa, Renzo... yo tengo todo el puto derecho para hacerlo.
—¡Tú no tienes derecho a nada, cabrón! —le grité, dándole un manotazo al respaldo de su asiento—. Mónica es mi puta. Yo decido quién la toca. Y tú no tienes autorización. Como veo que no sabes controlar tus impulsos de marido fracasado, te voy a imponer una regla nueva.
Arturo tragó saliva, aterrorizado.
—A partir de mañana, vas a traer un candado en la verga —le sentencié, disfrutando su cara de horror—. Le acabo de mandar dinero a Mónica para que compre una jaula de castidad. Te la vas a poner todos los putos días, y ella va a tener la llave. No vas a poder ni jalártela sin mi permiso.
—¡No, Renzo, estás loco! —Arturo se giró en el asiento, con los ojos llenos de odio, negando frenéticamente—. ¡No me puedes hacer esto! ¡Soy un hombre!
—Eres mi chofer y un arrimado que está a un correo de irse a la cárcel por fraude corporativo —le recordé, con una frialdad letal—.
Si no te pones esa jaula, mañana mismo llamo a los abogados de la empresa, te vas preso, y tu mujercita se va a tener que ir a vivir a mi casa para siempre.
Tú decides. Te la pones y sigues cobrando tu sueldito, o te vas a la cárcel por ladrón.
Arturo se derrumbó sobre el volante. Lloró con sollozos ruidosos y patéticos. Sabía que no tenía escapatoria. Asintió débilmente con la cabeza contra el plástico del claxon, aceptando su castración física y mental para siempre.
Ese mismo fin de semana, recibí una llamada de Pablo.
—Hermano, ¿cómo andas? Oye, ando atoradísimo con los planos de la constructora.
A Olga le urge ir a escoger los anillos de boda hoy mismo a la plaza.
¿Me haces el paro de acompañarla para que no ande sola con tanto dinero en la calle?
Le dije a mi mamá, pero anda con lo de la iglesia, y no tuvo tiempo.
Sonreí ampliamente en mi oficina.
—Claro que sí, Pablito. Yo la cuido.
Bajé al estacionamiento. Arturo me esperaba con la camioneta lista. Le ordené que pasáramos por Olga.
Al llegar al departamento de mi hermano, Olga subió a la parte trasera conmigo. Llevaba un vestido primaveral cortísimo que le dejaba los muslos al aire. Arturo ni siquiera la miró, simplemente arrancó hacia la joyería.
Mientras Arturo manejaba en silencio, castrado por el trozo de metal que seguramente ya traía puesto, yo me dediqué a mirar las piernas perfectas de Olga. Ella me sonrió con malicia, cruzando las piernas.
Mi mente voló hacia los recuerdos de la última semana.
Me la había cogido casi todos los días desde que se entregó en mi departamento.
Olga era una puta diosa en el acto. La había follado en la cocina de mi casa, estampándole las nalgas contra la barra de granito.
Sus tetas inmensas le rebotaban con una furia deliciosa cada vez que yo le azotaba la pelvis.
Pero el mejor recuerdo era el del miércoles pasado.
Llegó a mi casa caliente como una perra. La puse a cuatro patas en la sala. Le abrí las nalgas blancas y carnosas. Me pidió que le diera por el ano. Usé medio frasco de lubricante. Le metí un dedo, luego dos, preparándola, estirándole el agujero apretado.
«¡Ah, ah, me duele, cuñado, despacio!» chillaba ella, mordiendo los cojines, pero empujando el culo hacia atrás.
Y cuando se la metí entera por el culo, la escena fue gloriosa.
Sus inmensas ubres rebotaban como locas debajo de ella.
Ella gritaba desquiciada, pidiéndome más.
«¡Aaaah... sí, papi, papi, rómpeme el culo, métemela toda!
» aullaba, bañada en sudor, entregándome el último rincón que le quedaba virgen a mi hermanito.
—Ya llegamos, señor —dijo la voz apagada de Arturo, sacándome de mis pensamientos sucios.
Olga y yo bajamos de la camioneta. Le ordené a Arturo que nos siguiera cargando el portafolio y unas bolsas. Caminamos por la plaza hasta la joyería exclusiva.
Nos sentamos frente al mostrador de cristal mientras Arturo esperaba de pie, dos pasos atrás de nosotros, como un vil sirviente. La empleada nos empezó a mostrar bandejas de anillos de oro y diamantes.
Olga se probaba las argollas en el dedo, estirando la mano hacia mí para que yo las viera.
—¿Te gusta este, Renzo? —me preguntó ella, acariciándome sutilmente la pierna por debajo del mostrador, sabiendo que Arturo nos veía la espalda pero no las manos.
—Está muy ostentoso. Pero se te ve bien —le contesté, acariciándole el muslo.
Mientras la empleada iba a buscar otra medida al fondo de la tienda, me incliné hacia el oído de Olga.
—Vas a decirle al ingenuo de mi hermano que tienes pánico a volar ahorita —le susurré, con voz firme y dominante—… no quiero que vayan a París de luna de miel.
Olga frunció el ceño, confundida.
—¿Qué? ¿Por qué? Pablo ya tiene casi listos los boletos para París.
—Me vale madres París —le siseé—. Le vas a decir que prefieres pasar la luna de miel en la suite presidencial del hotel donde será la fiesta. Y que viajarán al extranjero hasta el próximo año.
—¿Y por qué quieres que me quede en la ciudad, cuñado? —sonrió ella con malicia, adivinando mis intenciones, apretando mi muslo bajo la mesa.
—Porque esa noche de bodas, te voy a follar mientras él duerme, o mientras se baña. Voy a coger a la novia toda su puta luna de miel, en su propia suite nupcial. Me la vas a chupar el día de tu boda, antes y después de dar el "sí". Y ya veré qué más hacemos.
Los ojos verdes de Olga se abrieron, brillando con una calentura desmedida. El morbo de profanar su propia luna de miel con el hermano del novio la encendió al instante. Vi cómo cruzó las piernas, apretando los muslos. Estaba empapada.
—Eres un maldito enfermo, Renzo... —jadeó bajito—. Por eso me encantas. Pero está bien, yo tampoco tengo ganas de hacer un viaje tan largo. Le diré a Pablo que ando de nervios y que prefiero quedarme en México.
—Así me gusta… preciosa —y le di un azote en su carnosa nalga.
La empleada regresó y terminamos de escoger los anillos.
Arturo cargó las cajas y regresamos a la camioneta.
Esa misma tarde, de vuelta en mi departamento, tirado en mi cama, me puse a navegar en el celular por puro aburrimiento. Entré a Facebook. Hacía tiempo que no revisaba las redes sociales de mis familiares. Pasándome por ahí me topé con el perfil de mi tía Cecilia.
Cecilia.
La hermana menor de mi padre.
Aquella misma mujer ardiente, de cabello rojo fuego y caderas impresionantes que me sirvió de agujero y depósito de semen cuando yo era un universitario calenturiento y vivía en su casa.
Entré a su perfil. Había subido fotos recientes de un viaje a la playa con el inútil de su esposo, Max.
Cecilia, a sus cuarenta y seis años, seguía siendo una MILF de primera categoría.
En la foto, llevaba un bikini negro que le remarcaba los tetones inmensos y la piel bronceada. Me quedé mirando la pantalla.
El morbo, viejo amigo mío, despertó al instante.
Seguí revisando sus fotos. Y entonces, vi una etiqueta.
Estaba etiquetada junto a su hija. Sofía. Mi prima.
Hice clic en el perfil de Sofía. Era una cuenta de Instagram abierta. Sofía acababa de cumplir veintidós años. La última vez que la vi era una adolescente flacucha y pecosa. Ahora... la genética de la tía Cecilia había hecho maravillas.
Sofía era una réplica joven de su madre. Tenía el mismo cabello rojizo ondulado, pero su piel era más blanca, llena de pequitas en los hombros. Estaba espectacular. Tenía un cuerpazo firme de gimnasio, unas tetas respingadas y un culo redondo que presumía en leggings deportivos en sus fotos.
La idea perversa me llegó de golpe el cerebro como un rayo.
Follarme a la tía había sido la gloria en mi juventud. Pero follarme a la tía y a la prima... ese sería el pinche santo grial de la perversión.
No perdí tiempo. Abrí el chat de Messenger y busqué a la tía Cecilia.
Renzo: Hola tía. ¿Cómo estás? Yo aquí. Viendo tus fotos de la playa. Estás cada día más riquísima. El tiempo no te hace nada.
Esperé unos minutos. Sabía que ella pasaba el sábado aburrida en su casa mientras el pusilánime del tío Max veía el fútbol.
Cecilia: Hola sobrino cabrón. Jajaja. Qué cosas dices. Tú tampoco estás nada mal. Vi que te dieron la gerencia. Felicidades.
Renzo: Gracias. Oye, vendrás a la boda de Pablito ¿no? Vi que serás madrina de no sé qué.
Cecilia: Claro que sí, sobrino. Allá nos vemos. Max ya tiene listo su traje.
Renzo: Dile al aburrido del tío Max que se duerma temprano en el hotel ese fin de semana. Porque tú y yo tenemos asuntos pendientes. Prepárate, tía. Te voy a coger en la boda como en los viejos tiempos, hasta dejarte las nalgas rojas.
La respuesta tardó un poco más. La tensión digital era deliciosa. Yo sabía que la vieja estaba del otro lado de la pantalla, tocándose la panocha, recordando cómo le reventaba las entrañas mientras el cornudo del tío Max roncaba.
Cecilia: Eres un animal, Renzo. Pero me parece perfecto. Te he extrañado… Llevo mucho tiempo a dieta con este inútil. Voy a llevar el tipo de lencería putona que te gusta.
Renzo: Así me gusta, mi preciosa y cachonda tía. Por cierto, salúdame a Sofía. Está muy crecidita mi prima. A lo mejor también me animo a darle una revisada.
Cecilia solo respondió con un emoji de un diablito sonriendo. La depravación corría por nuestras venas. Ya tenía la boda asegurada. Y quería pensar que también la venia de mi tía para poder pervertir a la primita.
Bloqueé el celular y lo tiré en el buró, sumamente complacido.