Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 5. LA JAULA DE CASTIDAD #2
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5. LA JAULA DE CASTIDAD #2

—Te vas a quedar aquí estacionado, cabrón —le ordené, al bajarme—. No te vayas. Te voy a necesitar en unas horas para que lleves a tu esposa de regreso a tu casa cuando terminemos de exprimirla. Y más te vale que tengas el clima prendido para que no se muera de frío mi invitada.

Lo dejé ahí, destrozado en la banqueta, y subí por el elevador.

A la hora acordada, Gerardo apareció en mi suite. Se veía un poco más animado, había comprado una botella de tequila.

—Pásale, compadre —le dije, abriendo la puerta.

Nos servimos unos tragos en la sala. Gerardo me contaba sus miserias amorosas y yo fingía que me importaba, mientras revisaba el reloj. A las ocho y media en punto, el timbre sonó.

Me levanté y fui a abrir.

Mónica estaba parada en el umbral, con su rubia cabellera suelta. Llevaba un abrigo negro y unos tacones altos. Su rostro reflejaba nerviosismo, pero al mismo tiempo, esa perversidad adictiva que le había inyectado en el cerebro.

Cerré la puerta detrás de ella y le quité el abrigo.

Tal como se lo ordené, venía vestida de puta. Estaba preciosa la hija de puta. Llevaba un body de encaje rojo que se adhería a sus caderas anchas, un liguero y medias oscuras. Sus tetas carnosas estaban apretadas, asomándose por el escote.

—Pasa a la sala, perra —le dije, dándole una nalgada que sonó fuerte.

¡Zas!

Mónica soltó un pequeño gemido y caminó hacia la sala.

Gerardo estaba sentado en el sofá con su vaso de tequila. Al ver entrar a Mónica casi encuerada, con ese culazo rebotando, se quedó con la boca abierta. Casi tira el vaso.

—¡A la madre! —exclamó Gerardo, poniéndose de pie—. ¿Mónica?

Ella se detuvo en seco al verlo. El color se le bajó de las mejillas. Obviamente recordaba a Gerardo. Recordaba la humillación del baño del club. Tragó saliva, mirándome a mí con pánico.

—Renzo... ¿qué hace él aquí? —balbuceó ella, cruzando los brazos sobre sus pechos.

Me acerqué por detrás de ella y le agarré la cintura.

—Te dije que hoy venías a trabajar doble, Mónica. Gerardo anda muy deprimido. Y nosotros vamos a alegrarle la noche. Ponte de rodillas frente a él. Ahora.

Mónica dudó una fracción de segundo.

—¿Cómo crees que… voy… a arrodillarme ante este? Estás loco, Renzo.

—A ver, cariño, ni siquiera te vas a tener que esforzar, ni sentirte obligada. Gerardo está de buen ver, y tomando en cuenta que tu marido parece ruina prehispánica, de seguro que no te costará ponerte de rodillas… eso sin pasar por alto que te lo estoy ordenando yo, tu amo…

El orgullo de la señora casada intentó asomarse, pero el miedo a que yo la desechara y la mandara de regreso con el llorón de Arturo pudo más. Lentamente, bajó la mirada, se soltó de mi agarre y se hincó en la alfombra, justo frente a Gerardo.

Gerardo no lo podía creer. La esposa de su exgerente estaba arrodillada a sus pies. Se bajó el cierre del pantalón rápidamente y sacó su miembro, que ya estaba duro por la impresión de tener a semejante hembra a su disposición.

—Chúpala, zorra —le ordené yo, sentándome en el sillón de enfrente, cruzando las piernas para disfrutar el espectáculo—. Lústrasela bien. Él nos ayudó a deshacernos de tu inútil marido en la oficina… y ahora es necesario devolverle el favor.

Mi encantadora Mónica abrió esos labios delgados, cerró los ojos con fuerza y tomó la cabeza de la verga de Gerardo.

¡Slurp!

El sonido húmedo se oyó por toda la sala. Mónica empezó a mamar con lujuria. Subía y bajaba la cabeza rítmicamente, atragantándose a propósito. Gerardo echó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, agarrándole el cabello rubio a la mujer de su exjefe.

—¡Ah, no mames... qué rico chupas, Mónica! —gemía Gerardo, bombeándole la garganta.

¡Slurp, slop, slurp!

La perversidad de la escena me calentó la sangre. Saqué mi propio miembro de la bragueta, ya duro como una piedra, latiendo de excitación. Caminé hacia donde estaban ellos.

—A ver, Gerardo, hazte a un lado. Déjame probar ese culo obeso —dije.

Gerardo se acomodó en el borde del sofá, sin sacar su verga de la boca de la rubia de Mónica. Yo me arrodillé detrás de ella. Mónica estaba a cuatro patas, concentrada en mamarle la polla a Gerardo, dejando su enorme culo bombo completamente expuesto hacia mí.

Le abrí las nalgas con ambas manos. Su panocha estaba escurriendo de lubricación, brillante y rosada. Acomodé la punta de mi verga en su entrada y, con una estocada profunda, se la ensarté entera.

—¡Mmmh! ¡Ah! —Mónica soltó un gemido ahogado por la boca que estaba atascada de polla, arqueando la espalda, sintiendo mi falo rellenándole las entrañas.

Empecé a follarla por detrás mientras ella seguía chupándosela a Gerardo. El sonido de nuestros cuerpos chocando era asquerosamente perfecto.

¡Plaf, plaf, plaf!

—¡Eso, jefe, cógete a la puta de Arturo mientras me la chupa a mí! —gritaba Gerardo, excitado, agarrándola de las orejas para metérsela más profundo en la boca.

—¡Aaaah... sí, sí ¡Aprieta ese coño, perra! —le exigía yo, azotándole las nalgas gordas, dejándoselas de un rojo carmesí con cada manotazo—. ¡Gime, gime y puja de placer! ¡Así, así, así!

Mónica sacó la verga de Gerardo de su boca un segundo, con un hilo de saliva conectando sus labios con el glande del analista.

—¡Aaaah, qué rico, qué rico! ¡Ah, ah, ah! ¡Me encanta, quiero más verga! —jadeaba ella, respirando por la boca, temblando por mis estocadas traseras.

—¡Pues trágate la verga de mi amigo, ramera! —le grité, dándole otra embestida brutal.

Mónica volvió a meterse la polla de Gerardo a la boca, mamando frenéticamente mientras yo le desbarataba la matriz por detrás. Sus caderas se movían de un lado a otro. Estaba desquiciada, enloquecida por la doble penetración, bañada en sudor, entregando su dignidad a cambio de placer animal.

—¡Me vengo, Renzo, me vengo! —gritó Gerardo, sacándose la verga de la boca de Mónica de un tirón.

Gerardo apuntó hacia el rostro de Mónica y disparó chorros de semen blanco y espeso. La leche le cayó en las mejillas, en la barbilla y en los labios.

Al ver la escena, mi propio orgasmo me dominó.

—¡Aaaah, puta madre, yo también! —gruñí, aferrándome a sus caderas, enterrando mi verga hasta lo más profundo.

Le vacié toda mi carga en el fondo de la panocha. Chorros de leche hirviendo que inundaron su interior, mezclándose con sus propios fluidos. Saqué mi miembro con un sonoro ¡squish! húmedo.

Mónica se dejó caer de cara contra la alfombra, exhausta, jadeando, con la cara manchada de la leche de Gerardo y el coño escurriendo mi semen.

Gerardo se subió el pantalón, riéndose como idiota, completamente feliz.

—Te pasaste de lanza, Renzo. Qué regalazo. Me la curaste por completo.

—Te lo ganaste, mi estimado. Pero ahora, si quieres pásate con ella a la habitación de invitados… la noche es joven.

La abnegada esposa de mi chofer se metió al cuarto de huéspedes, y más o menos por dos horas se la pasaron entre follando, descansando, y follando, hasta que seguramente Gerardo se quedó sin leche y ella sin voz, de tanto gritar.

Rato después, Gerardo satisfecho, me echó un rosario de halagos y se despidió, saliendo del departamento.

—No olvides elogiar también a Arturito, mi estimado Gera —le dije palmeándole la espalda—, está allá abajo, cuidando mi camioneta. Dile lo buena puta que es su mujer, y que en un rato se la mando.

Gerardo se echó a reír:

—Eres un cabrón, mi buen jefazo.

—Lo sé.

Me quedé a solas con Mónica. Me fui a bañar al baño y, cuando regresé, ella ya se estaba vistiendo con el abrigo, limpiándose la cara con un pañuelo de papel. Temblaba un poco.

—Ya vete —le dije, pasándole una toalla húmeda para que se quitara bien el semen de la cara—. Tu marido te está esperando abajo en la camioneta.

Mónica abrió los ojos, aterrada.

—¿Arturo está abajo? ¿Él... él sabe lo que vine a hacer?

—Claro que lo sabe, el muy imbécil. Le dije que vendrías a follar con Gerardo para pagarle el favor de la terminal ciega. Así que más te vale que llegues con una sonrisa a la camioneta, para que el cornudo no se nos vaya a deprimir de más.

Mónica bajó la cabeza, sometida por completo a mi maldad, asimilando que su vida era un puto infierno del que no quería escapar. Salió de mi departamento sin decir una palabra más.

Los días siguientes a esa experiencia, el ambiente en la camioneta se volvió insostenible para el pobre diablo de Arturo. Se notaba que la humillación constante lo estaba carcomiendo.

Era un martes por la tarde.

Arturo manejaba, llevándome a una junta con unos proveedores.

Yo iba atrás, revisando el celular. De pronto, noté que Arturo frenaba muy brusco en los topes y apretaba el volante con demasiada fuerza.

Intentaba sacar un poco de rebeldía, como si pudiera recuperar su hombría manejando mal mi vehículo.

—Oye, Arturo, si sigues manejando como pendejo te voy a bajar el sueldo a la mitad —le advertí fríamente.

Arturo detuvo la camioneta en un semáforo rojo. Me miró por el retrovisor. Tenía los ojos inyectados en sangre y la mandíbula tensa. Se atrevió a levantar la voz, un hilito patético de coraje que no le quedaba bien.

—Ya no aguanto esto, Renzo —balbuceó, con las manos temblando en el volante—. Me estás destruyendo. Me quitaste mi trabajo, me humillas todo el tiempo y ahora haces que mi esposa se revuelque con otros en tu departamento. ¡No soy de piedra, cabrón!

Solté una carcajada corta.

—Cállate el hocico y maneja, pelmazo. A mí no me levantes la voz si quieres tragar mañana.

Arturo se quedó callado, agachando la cabeza como un perro regañado, y arrancó cuando el semáforo se puso en verde.

Apenas unos minutos después, mi celular vibró. Era un mensaje de Mónica.

«Renzo, Arturo se puso borracho anoche. Intentó forzarme a tener sexo en la recámara, llorando y diciendo que yo era su esposa y que tenía derechos.

Me trató como una puta, y casi me violó.

Lo empujé y le dije que mi coño te pertenece a ti y a quien tú decidas.

Pero la verdad sí me dio un montón de miedo. ¿Qué hago con él?»