5. LA JAULA DE CASTIDAD
La rutina en la oficina se había vuelto un deleite cotidiano. Caminar por los pasillos sabiendo que todos esos oficinistas mediocres trabajaban para mí, que yo tenía la gerencia y que, además, me follaba a las mujeres que me daba la gana, me mantenía en un estado de satisfacción constante.
Era un jueves por la mañana. Estaba recostado en mi silla ejecutiva, revisando unos reportes de gastos, cuando llamaron a la puerta de cristal.
—Pásale —ordené.
La puerta se abrió y entró Gerardo. El analista de riesgos lucía una cara de perro apaleado.
Tenía ojeras, la corbata chueca y los hombros caídos.
Gerardo era un tipo que me servía bastante bien; el muy cabrón había sido la pieza clave para ejecutar el plan informático que mandó a Arturo a la mierda.
Él plantó los correos desde la terminal ciega.
Me debía favores, claro, pero yo también sabía recompensar a los que me ayudaban a joder a mis enemigos.
Se sentó en la silla de visitas y dejó caer una carpeta en mi escritorio, soltando un suspiro lastimero.
—Aquí están los análisis de la cuenta de Alianza, Renzo. Los terminé ayer en la madrugada —dijo, con voz apagada.
Lo miré de arriba abajo, frunciendo el ceño.
—Traes una cara de pendejo que no puedes con ella, Gerardo. ¿Qué te pasa? Parece que te atropelló un camión.
Gerardo se frotó la cara con ambas manos. Es un tipo bastante apuesto, alto, de esos que se visten bien para impresionar a las secretarias, pero ahorita se veía patético.
—Bárbara me mandó a la chingada anoche —confesó, refiriéndose a su novia, una muchachita de recursos humanos con la que llevaba saliendo un par de años—.
Me hizo un escándalo de celos, agarró sus cosas y se fue del departamento.
Me dejó solo. Ando con una depre que me lleva la madre, Renzo. No tengo ganas ni de existir.
Solté una carcajada, acomodándome en el asiento.
—¿Y por una pinche vieja andas arrastrando las cobijas? Eres un pusilánime, Gerardo. Las mujeres sobran, cabrón. Te consigues otra para el fin de semana y asunto arreglado.
—Es que la quería, cabrón —lloriqueó un poco, desviando la mirada.
Sentí un poco de lástima por el imbécil, pero luego recordé lo bien que me había servido.
Además, yo soy un tipo agradecido con mis perros fieles.
La maquinaria de mi mente empezó a girar.
Recordé aquella fiesta de cumpleaños de Arturo.
Recordé cómo Gerardo se la pasó a toda madre en el baño de mujeres.
Y viéndolo bien, Gerardo era un buen prospecto.
Siendo tan apuesto y joven, me pasó una idea perversa por la mente: ¿y si hacía que Gerardo y Mónica formalizaran una relación más adelante?
Imaginar la cara de Arturo teniendo que ver a su esposa de la mano con su ex analista, sabiendo que yo manejaba los hilos, era una delicia.
—Mira, Gerardo, deja de llorar como un marica —me incliné hacia adelante, apoyando los codos en la madera del escritorio—.
Me ayudaste con lo de Arturo. Hiciste bien el trabajo sucio en los servidores.
Eres de los míos. Y yo a los míos los trato bien.
¿Qué te parece si te preparo una velada hoy mismo para que se te quite esa pinche depresión?
Gerardo levantó la vista, confundido.
—¿Una velada? ¿Me vas a invitar a las putas o qué?
—Mejor que eso, cabrón. Te tendré una sorpresa. Tú vete a tu casa saliendo, date un baño, perfúmate y te caes a mi departamento a las ocho de la noche. Vas a cenar rico y vas a follar hasta que se te olvide el nombre de la pendeja de Bárbara.
La curiosidad le ganó a la tristeza. Gerardo asintió lentamente.
—Sale. Ahí te veo en la noche. Gracias, Renzo.
En cuanto el analista cerró la puerta de mi oficina, saqué mi celular y le marqué a Mónica. Contestó al segundo tono, siempre obediente, siempre pendiente de su amo.
—¿Hola... Renzo? —susurró ella.
—Te quiero en mi departamento a las ocho y media, Mónica, mi preciosa. Ponte lencería de esa que te gusta, la que te hace ver como ramera de esquina. Y te me depilas bien, que hoy vas a trabajar doble.
—¿Doble? ¿A qué te refieres, Renzo? —preguntó, con un tono de nerviosismo en la voz.
—Tú no preguntes. Tú nomás llegas, te empinas y haces lo que te ordene. Tienes que pagar tu cuota si no quieres que te bloquee y te deje con el inútil de tu marido para siempre. ¿Entendido?
—De que te pones fastidioso, Renzo... ni qué hacer…
—¿Entonces sí o no?
—Sí, sí. Ahí estaré.
Colgué. Todo estaba arreglado. Pero la diversión no terminaba ahí. Salí de mi oficina a las seis de la tarde. Bajé al estacionamiento subterráneo.
Ahí estaba Arturo.
Mi flamante chofer personal. Estaba parado junto a la puerta trasera de mi inmensa SUV, vestido con su trajecito gris que cada día le quedaba más holgado por lo flaco y demacrado que se estaba poniendo.
Sostenía la puerta abierta para mí. Su rostro miraba el suelo del estacionamiento, incapaz de levantar la vista.
—Buenas tardes, Arturo —lo saludé, (ante todo los buenos modales) y subí al asiento trasero de piel.
—Buenas tardes... señor —murmuró, cerrando la puerta con cuidado.
Rodeó el vehículo, se subió al asiento del conductor y arrancó.
El tráfico en la ciudad estaba asqueroso. Avanzábamos a vuelta de rueda. Yo iba revisando unos correos en el celular, pero la presencia del cornudo manejando mi camioneta me pedía a gritos un poco de diversión psicológica.
Presioné el botón para bajar a medias el panel de privacidad.
—Oye, Arturito —le hablé, viendo sus ojos ojerosos por el espejo retrovisor—. Siempre he tenido una duda sobre ti. Digo, ya sé que eres un fracaso en las finanzas y en la cama, pero hay un detalle que me llama la atención.
Arturo apretó el volante. Vi cómo sus nudillos se ponían blancos.
—¿Qué... qué cosa, señor?
—Nunca me contaste bien qué hiciste después de lo que pasó en tu fiesta de cumpleaños, aquella vez. Ya sabes, el día que sorprendiste a tu mujercita en el baño de mujeres del club.
El pelmazo tragó saliva ruidosamente. El solo recordatorio de esa noche lo hacía sudar frío.
—No... no me gusta hablar de eso, señor. Usted ya sabe lo que vi. Usted estaba ahí afuera de la puerta.
—Claro que estaba ahí —sonreí con cinismo—. Yo la escuché gemir desde el pasillo. Pero el tipo que le estaba destrozando el coño a Mónica se tapó la cara y salió corriendo a empujones. Nunca me quedó claro si lo reconociste.
Arturo negó con la cabeza, manteniendo la vista fija en los faros rojos de los carros de enfrente.
—No... no le vi la cara. Todo fue muy rápido. Mónica estaba tirada llorando y el tipo se escapó. Mónica nunca me quiso decir quién era.
Me reí por lo bajo. Pobre diablo ciego.
—Pues qué crees, Arturito. Yo sí sé quién era. Yo lo vi salir.
El coche dio un pequeño frenazo. Arturo me miró por el retrovisor con los ojos desorbitados.
—¿Usted sabe quién era? —balbuceó, con la voz quebrada.
—Por supuesto. Era Gerardo. El analista de riesgos. El que se sienta a tres módulos de la que era tu oficina. El cabrón grandote que siempre saludabas en las mañanas.
El silencio en la cabina de la camioneta fue total.
El ruido del motor parecía haber desaparecido.
Arturo procesó la información lentamente.
El tipo con el que se cruzaba todos los días en los pasillos de la empresa, el mismo que le daba los buenos días, era el cabrón que se había follado a su esposa en su propio cumpleaños.
—¿Gerardo...? —susurró Arturo, con los ojos crispados y llenos de odio, destruido por la revelación—. Ese maldito... él trabajaba para mí...
—Y trabajaba muy bien —le clavé la estocada final, saboreando el dolor ajeno—. Tan bien trabajaba, que Gerardo fue el responsable de mandarte a la mierda. Él fue quien se metió a tu cuenta en la terminal ciega y mandó los correos para que te corrieran, Arturo. Yo se lo ordené.
Arturo soltó un sollozo ahogado. Cerró los ojos un segundo, reflexionando en su desgracia.
—Pero he descubierto que sí había un desfalco real, Arturo, o sea que no me puedes atribuir toda la mierda que te pasó. Si somos realistas, sí eras un hijo de puta…
Esperé si me respondía algo, pero él sólo asintió, sabiendo que en realidad sí había cometido una estafa en la empresa, y que lo que yo había hecho, era sólo una muestra de sus perradas.
—Así que no me eches la culpa de tus pendejadas, ni a mí ni a Gerardo, porque al final, tú sí eres un puto corrupto.
Esperé, pero nuevamente se quedó en silencio.
—Y para que veas lo agradecido que soy con mis empleados..., y me refiero a Gerardo… —continué, recargándome en el asiento—. Pues lo voy a recompensar.
Arturo me miró con odio por el espejo retrovisor.
—Verás. Resulta que hoy Gerardo cortó con su novia y anda muy triste.
Así que lo invité a mi departamento esta noche.
Y le pedí a tu esposa que se diera una vuelta para consolarlo.
Mónica ya va para allá. Lo va a follar de nuevo, Arturito.
Se lo va a tragar enterito para pagarle el favor de haberme ayudado a quitarte tu puesto.
—¡No, por favor, Renzo, ya basta! —jadeó Arturo, golpeando el volante con el puño débilmente—. ¡Ya me quitaste todo! ¡Ya déjala en paz! ¡Se lo suplico!
—¿Que la deje en paz? Si a Mónica le encanta la verga ajena, imbécil.
Tú nomás fíjate en el semáforo y llévame a mi departamento, que tengo visitas que atender.
Y date de santos que te estoy ayudando para que no te lleve la chingada, porque lo hiciste con la empresa…
sí que es un pedote. Agradecido deberías de ser, porque yo seré un hijo de puta, pero jamás he hecho truculencias en la empresa.
Arturo condujo el resto del trayecto jadeando en silencio. De vez en cuando me veía por el espejo y seguramente quería tener balas en los ojos para matarme. Al llegar a la torre de mis departamentos, estacionó la SUV y bajó a abrirme la puerta.