Las putas de Renzo (novela de infidelidad, cornudo, hotwife) 4. EL CHOFER CORNUDO #4
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4. EL CHOFER CORNUDO #4

—Lo que a ti te falta entender, niña —siseó Mónica, con la seguridad de la amante veterana—, es que hay lugares que ya están ocupados. Renzo es un hombre ocupado. Así que guárdate tus escenitas de celos baratos para tu noviecito.

El rostro de Olga se puso rojo de furia. Soltó las bolsas de la boutique en el piso.

—¿Te crees su dueña, vieja estúpida? —atacó Olga, acercándose peligrosamente a Mónica—. ¿Tú, la sobra de ese pelmazo que carga las maletas? Yo soy la mujer que él desea. A mí me folla donde se le da la puta gana.

Mónica abrió los ojos desmesuradamente, pero no retrocedió.

—¡A mí me tiene cogiendo desde hace tres años, niñata ridícula! —gritó Mónica, perdiendo los estribos, dispuesta a defender su lugar de perra principal—. ¡A ti solo te usa para burlarse del idiota de su hermano!

El escándalo estaba a punto de estallar en golpes. La tensión era deliciosa, pero era momento de que yo interviniera y pusiera orden en la perrera.

Me interpuse entre las dos, levantando las manos, agarrándolas a ambas por los brazos con una fuerza que las obligó a callarse de inmediato.

—¡Silencio las dos! —ordené con voz ronca y autoritaria, clavándoles una mirada gélida.

Ambas mujeres se quedaron quietas, respirando agitadamente, pero sometidas instantáneamente a mi autoridad. Mi dominación sobre ellas era total.

Las miré a ambas. Mónica, la mujer madura, carnosa, la traidora adicta a mis humillaciones. Y Olga, la juventud espectacular, la zorra calculadora y perversa que profanaba su propio futuro matrimonio.

—Ustedes dos no van a pelear por mí como gatas callejeras —les dije, bajando la voz para que nadie en la plaza nos escuchara, salvo ellas y Arturo—.

Ustedes van a entender cuál es su maldito lugar.

Ninguna es la dueña. Ustedes dos son mis perras.

Las dos me sirven, las dos abren las piernas cuando yo trueno los dedos, y las dos tragan mi leche cuando yo lo decido.

Olga tragó saliva, pero el coraje en sus ojos verdes fue cediendo paso a una excitación oscura. Mónica bajó la mirada, asintiendo levemente. Ambas estaban tan enfermas de adicción por mí que la humillación de compartirme no les ofendía; las excitaba.

—Para que les quede claro que las dos me pertenecen y que van a compartir el territorio en paz... —continué, esbozando una sonrisa sádica—, van a sellar la tregua ahora mismo. Dense un beso.

Las dos levantaron la cara de golpe, sorprendidas por la orden.

—¿Qué? —balbuceó Olga, mirando a Mónica con asco.

—Renzo, no... —murmuró Mónica, resistiéndose.

—Dije que se besen —ordené con voz letal, apretándoles los brazos—. Un beso de verdad. En la boca. O se olvidan de mí las dos, y las devuelvo a sus vidas miserables y aburridas con sus pelmazos.

El miedo a perderme apagó cualquier resistencia. Mónica y Olga se miraron. La rivalidad seguía ahí, pero la lujuria por complacerme era mucho más fuerte.

Lentamente, Mónica cerró los ojos y se inclinó hacia adelante. Olga hizo lo mismo.

Sus labios se tocaron. Al principio fue un roce torpe, reacio.

Pero bajo mi mirada implacable, ambas abrieron la boca.

Mónica metió la lengua, buscando someter a la más joven.

Olga le respondió el beso, enredando sus lenguas en un intercambio húmedo y asquerosamente excitante en medio de la plaza, compartiendo el sabor a sometimiento que ambas llevaban tatuado en el alma.

Las solté, maravillado por la escena. Mis dos putas, besándose por obligación para no perder mi atención.

Miré por encima del hombro de ellas.

Arturo estaba a cinco metros de distancia.

Sujetaba mi portafolio. Tenía la mirada clavada en el beso de su esposa con la prometida de mi hermano.

Su rostro era una máscara de dolor inenarrable.

Estaba destruido. Su vida era una pesadilla viviente, una humillación constante de la que no podía despertar.

Me acerqué a él, dejando a las dos mujeres saboreándose los labios.

Arturo no apartó la vista del suelo cuando llegué a su lado.

—Mira qué bonito se llevan, Arturito —le susurré al oído, con un tono burlón, clavándole puñales en la poca masculinidad que le quedaba—.

Mónica y Olga compartiendo mis babas. Mónica nunca quiso darte hijos a ti, ¿verdad?

Llevan años casados y nada de crías. Mírala, con esas caderas inmensas, hechas para parir, desperdiciándose.

Arturo cerró los ojos, apretando los dientes, tragándose el llanto.

—A lo mejor tu problema, mi querido chofer, es que tú tiras con balas de salva —le solté, rematando su castración psicológica por completo—. No te preocupes. A lo mejor un día de estos, yo mismo le lleno la matriz de leche y te hago el favor de darte un hijo para que lo críes.

Arturo no dijo nada. El cornudo silencioso, aplastado por el peso de su propia inutilidad, asintió mecánicamente, aceptando su papel en este pinche desmadre de perversión que yo había construido a base de pisotear el orgullo de los hombres débiles.

Y mientras veía a Mónica y a Olga acercarse de nuevo a mí, suplicantes de atención, supe que el responsable de toda esta mierda era yo, y que nadie en este maldito mundo me iba a detener.