4. EL CHOFER CORNUDO #3
La Hacienda Los Arcos era el lugar que Pablo había alquilado para la recepción de la boda. Faltaban menos de tres semanas para el evento.
Arturo me llevó en la camioneta y le ordené que me esperara estacionado bajo el sol a que terminara mis asuntos.
Entré a la hacienda. Era un lugar inmenso, colonial, con paredes de piedra rústica, arcos antiguos y un jardín principal gigantesco donde ya estaban empezando a montar las estructuras para el toldo de la boda. Caminé hacia el salón interior, la zona destinada para la mesa de los novios.
Ahí estaba Olga.
Llevaba unos pantalones ajustados que le hacían un culo monumental, y una blusa escotada que dejaba asomar el inicio de esas inmensas ubres. Estaba anotando algo en una tabla con clip, parada justo en el centro del salón vacío.
Al escuchar mis pasos, se giró. Una sonrisa depredadora se dibujó en sus labios.
—Pensé que no ibas a venir, semental —me dijo, tirando la tabla con clip sobre una de las mesas de madera apiladas.
—Tengo una agenda ocupada, cuñadita. Pero me dijiste que necesitabas medir espacios. Aquí estoy —le contesté, cerrando la pesada puerta de madera doble del salón. El lugar quedó en penumbras, iluminado solo por la luz que entraba de los ventanales altos.
Olga caminó hacia mí, moviendo las caderas con una provocación venenosa.
—Específicamente, quiero medir qué tan bien se siente tu verga en el mismo lugar donde Pablito va a estar brindando por nuestro amor eterno —susurró, parándose frente a mí, agarrándome por el cinturón y jalándome hacia ella.
Esa hembra era el diablo disfrazado de porcelana. Le excitaba la profanación. Le excitaba manchar el recinto sagrado de su boda antes de siquiera celebrarla.
Y a mí me excitaba complacerla.
La agarré por el cuello, estampándole la boca con un beso furioso, besándola con lujuria, mordiéndole el labio inferior. Olga me abrió la boca al instante, metiéndome la lengua con desesperación. Sus manos bajaron velozmente, desabrochando mi pantalón y sacando mi miembro rígido y ardiente.
—¡Cógeme aquí mismo, Renzo! —jadeó ella, separándose apenas unos milímetros—. ¡Quiero que me llenes de leche donde voy a dar el 'sí, acepto'!
Sin perder un segundo, la agarré de la cintura y la empujé hacia atrás. La espalda de Olga chocó contra la inmensa mesa principal de madera rústica, la misma mesa que en tres semanas estaría adornada con flores blancas y las copas de los novios.
Le desabroché el botón de los pantalones y se los bajé junto con las bragas hasta las rodillas de un solo tirón violento. Su culo redondo, firme y celestial quedó expuesto, apoyado en la madera.
La levanté en vilo agarrándola de las nalgas y la senté sobre el borde de la mesa principal. Le separé las piernas. Su panocha húmeda e hinchada latía, brillante y lista para mí. Acomodé la cabeza de mi verga en su entrada y se la ensarté entera, hasta los huevos, con una estocada rápida.
—¡Aaaah, puta madre! —bramó Olga, arqueando la espalda, empujando sus enormes tetas hacia mi cara—. ¡Ah, ah, ah!
Empecé a follarla sobre la mesa de los novios con una violencia desmedida. No había cuidado ni romance. Mis embestidas eran profundas y rápidas. El choque de mi pelvis contra sus nalgas y la madera producía un sonido ensordecedor que rebotaba en el salón de piedra.
¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!
—¡Te encanta que te la meta así, ¿verdad, perra?! —le exigía entre cada estocada, agarrándola de los pechos por encima de la blusa, amasando la carne pesada—. ¡Trágatela toda!
—¡Aaaah... sí, sí, métela toda, Renzo! ¡Ah, ah! ¡Pablito no me la mete así! ¡Tu hermano no sirve para esto! ¡Qué grande la tienes! ¡Me fascina cómo me la metes, papi! —gritaba ella, desquiciada, enredando sus piernas alrededor de mi cintura para que entrara aún más profundamente.
Me agarraba de mis nalgas duras y me empujaba hacia ella para que la cogiera más rico. Menuda zorra.
La perversidad del acto me embriagaba. Me estaba cogiendo a la novia en el epicentro de su farsa nupcial.
—¡Eres una puta barata, Olga! ¡Una ramera que necesita verga de verdad! —le siseaba, frotándome contra su clítoris con cada estocada, sacándole gemidos que desgarraban el aire—. Me encanta que seas tan perra y que estés tan mojada y apretadita mientras te retaco mi verga. ¡Toma, toma!
—¡Ah, ah, ah! —Las paredes de su vagina me exprimieron con una fuerza brutal. Olga empezó a tener espasmos incontrolables. Su orgasmo llegó como un huracán, contrayéndose violentamente sobre mi miembro, llorando de placer, arañándome la camisa en su éxtasis.
—¡Me vengo, cuñado, me estoy viniendo! ¡Aaaah! —aulló, con la cabeza echada hacia atrás.
No me aguanté. La intensidad del momento me superó.
—¡Yo también, zorra, tómala toda! —gruñí, clavándome hasta lo más profundo que me permitía la física.
Me vine con una fuerza bestial. Le vacié toda mi carga directamente en el fondo del útero. Litros de leche hirviendo que empaparon las entrañas de la novia de mi hermano, manchándola en el lugar de su futuro matrimonio.
Me separé de ella jadeando, sacando la verga con un sonoro ¡slurp!. Un hilo blanco y espeso escurrió de su coño hinchado y goteó sobre la madera barnizada de la mesa principal.
Olga se quedó recostada hacia atrás, respirando por la boca, temblando, con los ojos cerrados y una sonrisa de satisfacción sádica en el rostro.
Me subí el cierre, me acomodé el saco y la miré desde arriba.
—Límpiate, cuñadita. Tienes trabajo que hacer organizando las sillas de los invitados —le dije burlonamente, y salí del salón, dejándola empapada de mi semen.
Tenía a mis dos marionetas bajo control. Pero mi instinto retorcido exigió dar un paso más allá. Quería ver arder el mundo. Quería juntar a mis dos putas y ver cómo se destrozaban entre ellas por mi atención.
Días después, organicé la colisión.
Le ordené a Arturo que llevara la camioneta al taller de una zona exclusiva para hacerle un servicio rápido. En la parte trasera viajábamos Mónica y yo.
El taller tenía una sala de espera de lujo, con paredes de cristal y sofás cómodos. Sabía, por la agenda de mi hermano, que Olga estaba exactamente en esa misma plaza, recogiendo unos vestidos en una boutique aledaña.
Hice que Mónica caminara conmigo hacia la entrada de la plaza, con Arturo caminando unos pasos detrás, cargando mi portafolio como el sirviente obediente que era.
Y ahí ocurrió el impacto.
Olga salía de la boutique cargando unas bolsas. Levantó la mirada y me vio. Una sonrisa iluminó su rostro angelical de porcelana, lista para acercarse a saludar a su cuñado.
Pero entonces, vio la mano de Mónica aferrada a mi brazo.
La sonrisa de Olga se borró de tajo. Sus ojos felinos, color verde intenso, se clavaron en la mujer que venía a mi lado. Olga era inteligente; notó de inmediato la forma en que Mónica se me recargaba, la sumisión en su postura, la propiedad con la que me tocaba.
Olga caminó directo hacia nosotros, con pasos firmes, ignorando el protocolo.
—Hola, Renzo —saludó Olga, con una voz cortante, clavando sus ojos en Mónica—. ¿No me vas a presentar a tu... acompañante?
Mónica, que tampoco era ninguna tonta, detectó la hostilidad al instante. Su instinto territorial se encendió. Mónica apretó su agarre en mi brazo y alzó la barbilla, escrutando a la joven de veinticuatro años de pies a cabeza.
—Mónica, ella es Olga. La prometida de Pablo, mi hermanito —hice las presentaciones con una voz calmada, disfrutando inmensamente de la tensión que flotaba en el aire—. Olga, ella es Mónica. La esposa de Arturo, mi chofer.
Señalé hacia atrás con el pulgar. Arturo bajó la mirada, humillado, aferrándose al portafolio de cuero, tragándose la escena sin decir una puta palabra.
—Vaya... la esposa del chofer —repitió Olga, escupiendo la palabra con un desprecio monumental—. ¿Y qué hace la esposa del chofer colgada de tu brazo, cuñado?
Mónica soltó una carcajada seca, venenosa, dando un paso al frente para enfrentarse a la niñita que intentaba intimidarla.